Actualizado: 07/08/2020 16:54
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EEUU, Coronavirus, Estadísticas

El Estirador y la plaga

Quien a números mata, a números muere

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La mucha luz es como la mucha sombra:
no deja ver.
Octavio Paz

Vivimos en y por los números. Olvidados a veces de su frialdad, y la manipulación que de los guarismos hacen los hombres calientes, damos a las cifras valor de absoluto, de verdad incontrovertible. En esa joyita metafórica que es El Pequeño Príncipe aparece la superstición por los números y la belleza que son incapaces de reflejar. Escribió el piloto francés Antonie de Saint-Exupéry: “Si les decimos a las personas mayores: ‘He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado’, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: ‘He visto una casa que vale cien mil pesos’. Entonces exclaman entusiasmados: ‘Oh, ¡qué preciosa es!’”.

Nadie puede dudar que el avance de la ciencia y la técnica hubieran sido imposibles sin el cálculo y las estadísticas. Que, desde la época de la matemática griega, el hombre progresó como nunca antes en el dominio de la naturaleza. Como en la medicina las pruebas de laboratorio orientan y confirman el diagnóstico clínico, la data y su análisis permiten hacer pronósticos, enrumbar investigaciones que de otro modo serian fracasos, palos a ciegas.

Sin embargo, desde los primeros tiempos de la Modernidad comenzó una fascinación desmedida por tabularlo todo, explicar el mundo encasillándolo en columnas y gráficas. En época de la Posmodernidad, el encantamiento se hizo una religión. Lo que no digan los números, no existe. Octavio Paz en, en El Ogro Filantrópico —Thánatos y sus trampas— hace una fina observación: “Una idea que habría escandalizado no sólo a los orgullosos espartanos sino a la mayoría de los filósofos de la Antigüedad: ni griegos ni romanos padecieron la idolatría del número”.

Si el fetichismo numérico fuera inofensivo, un delirio pacífico, todo estaría bien. El problema surge cuando las estadísticas son usadas para crear matrices de opinión capaces de movilizar voluntades, torcer destinos, confundir pensamientos y emociones. De aquí la comparación hecha hace algunos años por el autor con Procusto —el Estirador— también llamado Damastes —el Controlador— y aquellas estadísticas con un evidente propósito manipulador.

En la mitología griega el Estirador era un bandido que invitaba a los viajeros solitarios a descansar en su cama de hierro. Una vez allí, si la víctima era más pequeña que la cama, la descoyuntaba para que ajustara al lecho. En cambio, si el secuestrado era mayor que la cama, Procusto le cortaba las manos y los pies. Al Estirador-Controlador poco o nada interesaba la vida de la persona. Lo importante era que quedara justo en su cama-capricho.

La plaga nos está dando la oportunidad de ver el uso, abuso y desuso de las estadísticas. Probablemente la mayoría de los lectores de estas páginas lo primero que hacen después de prepararse un café —y llevárselo a la esposa o esposo a la cama— es revisar como amanecieron las cifras de covid-19. Leen con estupor la cantidad de nuevos casos, fallecidos, hospitalizados, y quizás con menos interés los recuperados, la cantidad de pruebas hechas, y los positivos que no han enfermado —cifras mayores a un 80 %. Es lógico. De todas las amenazas a la vida humana en el siglo XXI hasta ahora esta es la peor.

Curiosamente, si tuviéramos dos canales de televisión en dos televisores al mismo tiempo —ahorraré, por ausencia de paga, sus bien conocidos nombres— en uno veríamos estadísticas de un desastre apocalíptico, un evento incontrolable y mal manejado por el gobierno. En el otro, todo está under control, no hay razones para alarmarse y el gobierno ha tenido un enfrentamiento ejemplar. Es el Dilema del Estirador: los números inclinan, pero no obligan.

En la última conferencia de prensa la Dra. Deborah L. Birx, quien se ha ganado el respeto y la simpatía por sus muy comedidas presentaciones, declaró en junio 26 pasado durante una conferencia de prensa que no estamos frente a una “enfermedad” sino ante un espectro de enfermedades causadas por el covid-19 y que la mayoría tienen complicaciones con un alto riesgo para la vida.

La Dra. Birx, dijo, además, que hay mejor preparación que cuatro meses atrás para tratar la infección a través de protocolos bien establecidos, y prevenir los contagios. Inmediatamente la prensa atacó con las crecientes cifras de casos positivos, y la precipitación en la apertura de varios estados —algo que compete solo a los políticos. La coordinadora del staff respondió que a mayor cantidad de test debemos esperar un incremento de la positividad, entre otras cosas. Las redes sociales estallaron en críticas: “ya suena como política”… “que triste”… “ella no respondió ninguna pregunta”. Llegados a este punto donde cada cual interpreta las estadísticas según su conveniencia: ¿es la Dra. Birx la “estiradora” al servicio de un Estirador Mayor, o simplemente es un médico colocado más allá de la data?

De lo que no cabe duda es que los políticos si son “estiradores” profesionales. Al Difunto le fascinaba en sus maratónicos discursos dar estadísticas que le desencajaban la mandíbula a cualquiera, de risa o estupor. En medio del mal llamado Periodo Especial, es inolvidable la ocasión donde dijo que Cuba producía alimentos para 20 millones de personas, el doble de la población de la Isla. Probablemente consideraba al camarón, la langosta y el azúcar que exportaba parte de esos cálculos.

Las cifras cubanas más difíciles de tragar son las de la mortalidad infantil. Es un enigma, y no de Santo Domingo, como estiran y acortan el dato. Algo hay en verdad: en la Isla se discute el fallecido hasta en la tumba. Se sabe con tiempo quienes van a vivir, y también quienes, a morir en una mesa ginecológica, pues el aborto es un método anticonceptivo. Los cubanos que han nacido en el último medio siglo son campeones de un neomaltusianismo conscientemente programado.

Por acá, en Estados Unidos, los “estiradores” están de fiesta con la plaga. Sobre todo, los opositores a la relección del presidente. El, un controlador cujeado en los medios basaría su campaña electoral en una economía boyante, y estadísticas de negros y latinos casi con pleno empleo. La covid-19 ha hecho que todo deba rediseñarse: la memoria popular es muy corta y negros y latinos están llevando la peor parte de la pandemia. Tal vez deba usar otra estrategia: promesas de una reforma migratoria integral con un congreso republicano, la terminación del muro fronterizo, un convocado Trupmcare que sustituya Obamacare y la pospuesta reforma policial.

El estirador Biden cree que las estadísticas lo favorecen. Olvida que por esta época Hilaria pensaba lo mismo, y que el país no elige por voto popular. Pero todavía tienen los demócratas algunas oportunidades: el impacto social y económico de la covid-19 y el desorden en lugares donde la policía está en retirada, literalmente hablando —se han duplicado las jubilaciones en algunas ciudades. Solo que los norteamericanos no suelen cambiar de comandante en medio de la batalla, y la anarquía podría ser contraproducente: la gente escoge lideres fuertes en esas circunstancias, un perfil en el que no encaja el vice.

Con preocupación el mundo instruido y decente observa las estadísticas cubanas: se han detenido en 85 muertos. Apenas reportan uno o dos casos positivos por día. Los estiradores cubanos, nuevos en estas lides de descoyuntar y serrar manos y piernas, están jugando con fuego si pretenden que el turismo regrese a la Isla cuanto antes. De hecho, el veto a los viajes a Cuba se mantiene en la Europa comunitaria. Algo sospechan. Un solo turista que pruebe haber contraído el coronavirus en Cuba, no de hierro será la cama donde truciden al Designado y su tropa de controladores.

En efecto, las cifras cubanas son enigmáticas para quienes hemos vivido y trabajado allí. Con esos datos demuestran al planeta poseer un sistema de salud envidiable. Además, un lugar seguro para vacacionar. También los números insulares invitan a que otras naciones contraten sus servicios médicos, expertos en desastres y graves epidemias. Típica paradoja de Teseo: ayudar a otros y ser, a la misma vez quienes habitan ciudades que se derrumban, sin agua ni recogida puntual de desechos sólidos, y donde la chikunguña, el zika, y el dengue se han hecho endémicas ante sus ojos

La historia del Estirador termina precisamente con Teseo dándole de su propia medicina a Procusto. Lo ajusta a su cama tras cortarle los pies y las manos. Nada, que quien a números mata, a números muere.

Cuando estaba terminado este trabajo, el el exavispa Gerardo Hernández Nordelo, actual vicepresidente de los Comités de Defensa de la Revolución dijo que si cada CDR produjera una calabaza, y son 138.000 en el país, entonces serían 138.000 calabazas más. O sea, que, estadísticamente para 11 millones de habitantes, a cada cubano tocaría 0.012 partes de una calabaza cederista.

Publicado en Habaneciendo.com. Blog del autor.


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