Actualizado: 20/08/2019 5:32
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Holocausto

El historiador, el lector y las víctimas

El verdadero mal comienza allí donde no alcanzan las palabras para nombrarlo y, por lo mismo, para pensarlo

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Fue un día de coincidencias. El 27 de Enero, día en que las tropas soviéticas abrieron los portones de Auschwitz (1945) ha sido elegido en Alemania como el día de conmemoración del Holocausto, día de recogimiento, dolor, y sobre todo, de perplejidad. Y ese mismo día recibí del por mí muy estimado historiador de Puerto Rico, Carlos Pabón, un sugestivo artículo dedicado a las dificultades que tienen algunos historiadores para interpretar la violencia cuando esta va más allá de sus propios límites. Naturalmente Carlos pensaba en el Holocausto.

1.

Carlos Pabón cita entre otros al afamado historiador Eric Hobsbawm, quien confesó una vez su imposibilidad para dar cuenta de las experiencias de los campos de concentración. Faltó agregar, tal vez, que esa “ausencia” no solo es un problema personal de Hobsbawm sino de su teoría de la historia. Pues según los historiadores marxistas los “actores” principales son “los procesos”, “las estructuras”, “el “desarrollo”, las “fuerzas productivas”. De ahí que para dichos historiadores los testimonios solo cumplen la función de confirmar interpretaciones que anteceden a los acontecimientos y a sus reales actores.

La reacción frente a la objetividad cientista ha llevado, apunta Carlos Pabón, a fortalecer el lado contrario, a saber: a intentar reducir la historiografía al simple relato testimonial. Así se explica por qué el rol de los historiadores ha sido ocupado muchas veces por literatos. Primo Levi, Imre Kertész, Alexandr Solzhenitsin y más recientemente Herta Müller, entre tantos, nos han proporcionado magistrales relatos testimoniales a los que ningún historiador debería renunciar.

Al fin, pareciera que el texto de Carlos Pabón se inclinara hacia la obvia solución salomónica, a saber: la de que no puede haber interpretación sin testimonio. Y evidentemente tiene razón cuando agrega que la historiografía no puede agotarse en la pura testimonialidad, la que en muchos casos proviene de escenarios traumatizantes y, luego, carentes de precisión historiográfica. No obstante, el problema persiste.

¿Qué sucede cuando el historiador no puede dar cuenta de determinados acontecimientos si estos sobrepasan su posibilidad de interpretación? Pabón cita en ese punto la acertada conclusión de Giorgio Agamben relativa a que el historiador también puede dar, en determinadas ocasiones, testimonio de su incapacidad de testimoniar, y eso es, sin duda, una parte importante del relato.

Y yo agregaría algo más: Hay momentos en los que el historiador, si ha de ser honesto, debe aceptar la posibilidad “objetiva” de su propia indecibilidad y como tal darla a conocer. Eso quiere decir que hay capítulos de la historia que no pueden ser explicados de acuerdo a una lógica racional, o por lo menos, no desde la lógica y la razón del historiador, sino desde la de los hechores, sean estos torturadores, verdugos o dictadores. Pero como el historiador no es ni lo uno ni lo otro, ha de tropezar siempre con el muro de su propia indecibilidad.

La indecibilidad puede ser, además, muy expresiva. Porque —y este es el punto— cuando la radicalidad del mal no puede ser explicada o interpretada, ahí, justamente ahí, estamos comenzando a entender la verdadera radicalidad del mal. Quiero decir: el verdadero mal comienza allí donde no alcanzan las palabras para nombrarlo y, por lo mismo, para pensarlo. Ese también es el momento en que el historiador debe ceder, a través de su silencio, la palabra al lector.

La escritura y la lectura de un texto son dos fases del mismo problema. Nadie, o muy pocos, escriben para sí mismos. A la vez, el mismo texto puede ser entendido por dos lectores de un modo muy distinto. Recuerdo, por ejemplo, a un conocido, pero también fatuo crítico literario quien al referirse al Archipiélago Gulag de Solzhenitsin, no tuvo mejor idea que comparar los múltiples relatos de tortura, desaparición, prisión y muerte, con una guía telefónica. “Póngase usted mismo en un solo caso de los cientos que relata Solzhenitsin” —contestó el moderador del programa— y quizás pensará diferente”.

Hay, evidentemente, historiadores y lectores que carecen de esa mínima sensibilidad que lleva a uno a “ponerse en el lugar del otro”. De ahí su incapacidad interpretativa. Pero también hay quienes puestos en ese lugar no encontramos las palabras para decir lo que sentimos.

La imposibilidad de interpretar la extrema radicalidad del mal es también una incitación a pensar sobre lo impensable.

2.

Fue quizás la intención de pensar sobre lo impensable, la razón que llevó al Parlamento alemán a invitar el mismo día 27 de enero de 2012, al “Papa de la literatura alemana”, Marcel Reich-Ranicki, a pronunciar el discurso central. Mas, como era de esperarse, el de Reich-Ranicki no fue un discurso. Fue un testimonio. Así lo dijo el mismo: “No hablo como historiador sino como un testigo del tiempo; mejor dicho: como un sobreviviente del Gueto de Varsovia”

Marcel Reich-Ranicki cuyos padres y hermano fueron asesinados en los campos de concentración nazi, se limitó a relatar un día, un solo día de los muchos que vivió en el Gueto, donde era utilizado como traductor por las autoridades. Entre otras funciones, el joven Reich-Ranicki debía traducir en voz alta el expediente de la ejecución a los presos que iban a ser asesinados.

Con voz entrecortada por la edad (91) y la emoción, Reich-Ranicki fue relatando punto por punto los acontecimientos de ese día 22 de Julio de 1942 cuando, con eficacia burocrática, los nazis realizaron el traslado de cientos de habitantes judíos desde el Gueto hacia el campo de concentración de Treblinka.

Fue solo al llegar al final de su relato, en medio de un casi aterrante silencio, cuando Reich- Ranicki dijo lo que todos sabían. “Esa operación tenía un objetivo; solo un fin: la muerte”.

3.

Ese mismo día de recogimiento y dolor, 27 de Enero de 2012, las organizaciones fascistas y fascistoides de Europa asistieron a un baile de gala en Viena. Ahí, danzando, estaba también Marine, la hija de Le Pen. Al saberlo, fue inevitable que me pusiera en el lugar de “otros”: En el de los ciudadanos judíos que viven en Viena, por ejemplo.

Si como historiador hubiera tenido que narrar los acontecimientos de ese agitado día ¿habría encontrado las palabras adecuadas para tratar de entender esos bailes de la muerte? Sí, creo que sí. Pero esas palabras no son publicables.



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