Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Rusia

El legado de Boris Yeltsin

Redactó una constitución democrática, privatizó radicalmente, enterró a la URSS y provocó la riqueza y la pobreza, todo al mismo tiempo.

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Tomó el mando de manos de Gorbachov, fue elegido en las urnas primer presidente democrático de Rusia, prohibió el Partido Comunista Ruso, redactó una constitución plural y democrática, inició un programa radical de privatizaciones, enterró a la URSS y provocó la riqueza y la pobreza, todo al mismo tiempo. Ese es el legado de Boris Yeltsin, quien murió hace unos días de un infarto a los 76 años de edad.

Tanto sus admiradores como sus detractores reconocen en Yeltsin al hombre que hizo en el momento oportuno lo que correspondía; es decir, evitar que después de la caída del Muro de Berlín y la transición iniciada en Europa del Este, la extrema izquierda comunista dentro del PCUS frustrara el destino democrático de la Federación.

Uno de los momentos cumbre de su carrera fue cuando en agosto de 1991 convocó al pueblo ruso contra el grupo extremista que intentaba en esos momentos dar un golpe de Estado contra Gorbachov y su política de Glasnost y Perestroika. Tampoco le tembló la mano cuando en octubre de 1993 ordenó a los tanques disparar contra el edificio del Parlamento que había sido ocupado por sus oponentes de extrema izquierda.

También hay que decir que en los últimos años de su mandato se caracterizó por una política errática que hundió su popularidad y llevó el país casi a la ruina. Se le reprocha en especial la invasión a Chechenia (diciembre de 1994), de donde pensó salir en días pero se empantanó provocando muerte y desestabilización en toda la región del Cáucaso.

Los analistas estiman que Yeltsin tampoco supo detener la debacle económica que se originó con la desintegración de la Unión Soviética y con su manía de gobernar por decreto creó una clase oligarca cuyo legado sigue siendo una amenaza para el país.

Para Mijail Gorbachov, Yeltsin fue "el creador de muchos grandes y positivos momentos para la patria", aunque reconoce que "cometió grandes errores". Su heredero en el Kremlin y actual presidente ruso, Vladimir Putin, dijo de él: "Yeltsin fue una figura histórica que sirve como ejemplo para todos". El líder del Partido Comunista Ruso, Gennady Zyuganov, comentó por su parte: "No tengo nada bueno que decir de él".

Legado político

Los biógrafos de Yeltsin coinciden en que durante sus ocho años de gobierno Rusia experimentó inmensos cambios. Por ejemplo, en 1990, prohibió el Partido Comunista y redactó una nueva Constitución donde se favorecía el pluripartidismo, concentraba el poder en manos del presidente e implantaba la propiedad privada sobre los medios de producción.

El experto Vladimir Votapek estima que bajo el liderazgo de Yeltsin los rusos alcanzaron la mayor libertad política y civil de toda su historia, los ciudadanos adquirieron el derecho a criticar a sus gobernantes y administradores y utilizaron estos derechos para oponerse a la desastrosa intervención en Chechenia en 1994.

Yeltsin se equivocó al pensar que la guerra en Chechenia sería un paseo militar y que la resistencia de los independentistas duraría sólo unos días. Muy por el contrario, lo que hizo fue desatar una campaña sangrienta e inútil, en la que miles de personas inocentes han muerto y que ha llevado la desestabilización a todo el norte del Cáucaso.

En el año 2000, Yeltsin declaró ante la televisión rusa: "La carga mayor que llevo en mi conciencia son los muertos en Chechenia… no tenía alternativa, tuve que atacar, pero la responsabilidad del desastre es mía".

Legado económico

Boris Yeltsin creó riqueza y pobreza. Llegó al poder con las consignas "libre empresa" y "reformas económicas". En 1991, cuando la URSS se derrumbaba y todavía no habían sido creadas las Bolsas de Valores, los bancos privados, ni las tiendas se habían llenado de mercancías, Yeltsin no pudo evitar la crisis económica.

Comenzó a escasear la comida, el jabón y hasta los cigarrillos. La industria nacional entera quedó al borde de la quiebra y, como ya había pasado en otros países ex comunistas, las empresas productivas pasaron a manos de sus directores, quienes cambiaron su chaqueta por un capitalismo desenfrenado: se hicieron ricos de la noche a la mañana dejando para los trabajadores el coste de una inflación de miedo que debilitó la moneda y lanzó los precios al cielo.


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