Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Venezuela, Chávez, Chavismo

El legado de Chávez

El retiro de la imagen del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez trae de nuevo a la actualidad el debate sobre su legado

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El retiro de la imagen del fallecido presidente Hugo Chávez de la Asamblea Nacional venezolana revive la pregunta sobre su legado. Porque indiscutiblemente de eso se trata. Si Chávez fue una figura que logró trascender su momento, marcar una pauta para el país o alterar definitivamente el rumbo de la nación, su figura trasciende el momento partidista. Si fue lo que podría considerarse un patriota, una categoría más cercana al siglo XIX que al XXI, pero que aún reclama cierta vigencia, sobre todo en Latinoamérica, hay razones para argumentar que la medida fue apresurada —algo cercano al reclamo de un botín de guerra— y que el tiempo se encargará de rectificar el error. Si Chávez, pese al poco tiempo transcurrido desde su desaparición física, dejó una huella tan honda en el país que merece la pervivencia, entonces el acto fue apresurado.

Por lo demás, el asunto trasciende el motivo —o la excusa— de diferenciar entre el poder legislativo y el ejecutivo. Mientras esta premisa es completamente válida si se estuviera hablando de un retrato del actual gobernante venezolano, Nicolás Maduro, lo que en última instancia se cuestiona con la salida de la imagen de Chávez es su carácter fundacional. De ahí que el desplazamiento adquiere un valor simbólico más similar al derribo de estatuas, en determinado momento de la historia de Francia, la desaparecida Unión Soviética o Cuba, que al simple cambio de fotografía de mandatarios que ocurre habitualmente en las dependencias gubernamentales de muchos países. Queda por lo tanto abierta de nuevo la pregunta sobre el legado de Chávez

Héroe nacional y latinoamericano, caudillo místico, mártir casi santo. Todo ello trató de abarcar Chávez. Todo lo logró en cierto momento. Todo lo dejó a medias. ¿Cuál de sus facetas prevalecerá cuando pase el tiempo? ¿Esa enorme popularidad en el momento de su muerte persistirá a lo largo de los años? ¿Esas imágenes de los miles de venezolanos que acompañaron a su ataúd, en un recorrido de más de cinco kilómetros tienen hoy día mayor valor que un valor instantáneo? Su popularidad de entonces puede ser un dato importante, sin que por ello garantice un legado. Así que al final la pregunta debe ser una sola: ¿fue Chávez algo más que una idea, un proyecto, para juzgarlo generosamente, o simplemente un mal pasajero? En cualquiera de los dos casos, la respuesta puede depender de factores diversos, incluso personales, pero en ambos siempre hubo una impronta personal, más que una huella definitiva.

Hacer coincidir al mártir y al héroe se convirtió en un empeño del poschavismo desde la muerte de Chávez. Por una sencilla razón. Porque a partir de ese momento se hizo más claro lo que ha culminado en nuestros días con la estrepitosa caída del precio del crudo, que siempre los objetivos del caudillo se cumplieron a medias, que el militar ganó elecciones pero no logró transformar al país y que el ideal bolivariano que impulsó se extingue a diario en Latinoamérica y Venezuela.

Ahora se puede afirmar que la enfermedad se convirtió no en el obstáculo que impidió a Chávez lograr sus objetivos, sino en el instrumento para su definición mejor: de guerrero a mártir será entonces una figura más cercana a Eva Perón que al admirado Simón Bolívar, aunque referente obligado para los pobres, objeto de culto, veneración y recuerdo.

¡Si Chávez viviera! El clamor ha vuelto a escuchar ahora entre sus partidarios, solo que convertido en ese algo de que están hechos los sueños, para los pobres que siguen existiendo, pero de poca sustancia para la historia y la policía.

Ello en buena medida debido a que siempre a su plan y a su actuación le faltaron consistencia y profundidad. Fue más espectáculo que acción.

Si algún legado dejó Chávez a sus seguidores fue la práctica de una idolatría que no llega a mucho y es incapaz de acciones decisivas. La impunidad del retiro de su imagen de la Asamblea Nacional es una muestra de ello.

Chávez, que siempre se creyó el continuador de Simón Bolívar y el heredero de Fidel Castro ¾hasta en enfermarse¾, terminó siendo la versión masculina de Evita. Mucha fanfarria y poca esencia. Migajas a los pobres y delirios de grandeza. Un carisma que obedeció a circunstancias políticas e históricas, y gestos altisonantes.

Al igual que con Evita, un cáncer se interpuso en una carrera política marcada por baños de multitudes.

Representó la versión actualizada del caudillo. Fue el mandamás, alguien que recibía los reclamos, las súplicas, las peticiones simples y absurdas; una persona caprichosa y volátil, despiadada e injusta: un ser humano que actuaba con la omnipotencia de un dios, que aunque no deja tras sí centenares de cadáveres ni miles de torturados, tampoco nunca se detuvo a la hora de ser dictatorial, e incluso amenazar de muerte a un periodista extranjero cuando le resultaba incómodo, para citar solo un ejemplo. Aspiraba a convertirse en mito, a continuar cercano y presente en Latinoamérica con un mandato hasta 2030, año en el que se cumplen 200 años de la muerte de Simón Bolívar. Terminó falleciendo el mismo día que lo hizo Josef Stalin, 60 años antes.

Si, como nos advirtió Isaiah Berlin, la revolución rusa apartó violentamente a la sociedad occidental de lo que, hasta entonces, parecía a casi todos los observadores un camino bastante ordenado, y le impuso un movimiento irregular, seguido de un impresionante desplome, los populismos latinoamericanos no han servido más que para dilatar o impedir el avance económico y social. Al amparo de la imperfección y el fracaso neoliberal en la región, ha prosperado una práctica que se limita a medidas que prometen distribuir hoy el pan, para terminar mañana aumentando la miseria e impidiendo la puesta en marcha de un plan efectivo de reformas.

Chávez resultó nefasto no sólo para Venezuela, sino también para Cuba, y su intromisión y petrodólares sirvieron para retrasar cualquier intento de “reformas”.

No fue poco el dinero que el fallecido mandatario venezolano destinó a Latinoamérica, para así lograr aumentar su influencia en la región, en la época de bonanza de los precios, en vez de dedicar buena de esta riqueza al mejoramiento de dicha industria y el avance económico del país. Se calcula que desde que llegó al poder en 1999 al 2011, destinó entre $18.000 millones y $25.000 millones a proyectos internacionales, en los cuales siempre se mezclaron los intereses económicos con objetivos políticos. La grandeza y el afán de dominio político unidos a la cursilería: desde pagar la deuda de Argentina y Ecuador al Fondo Monetario Internacional hasta financiar un popular festival de zamba en Brasil. Incluso en Estados Unidos, subsidió un plan para brindar combustible para la calefacción a los residentes pobres de Filadelfia. A veces la intromisión en los asuntos de otras naciones fue grosera, como en Perú, donde amenazó con la ruptura de relaciones si volvía a salir electo Alan García.

En casos como el del Perú, esa intromisión resultó contraproducente, para decir lo menos.

Una encuesta realizada por aquel entonces por la firma Apollo, según The Economist, encontró que solo el 17 % de los peruanos tenían una opinión favorable de Chávez, el 75 % rechazaba los comentarios hechos por éste durante la contienda electoral y el 61 % objetaba que llamara “traidor” a Toledo por firmar un acuerdo de libre comercio con EEUU. Perú la tercera nación en tamaño de Latinoamérica, tiene una población de 27 millones, de la cual el 80 por ciento es india o mestiza y el nivel de pobreza es del 52 %. Los índices demográficos demostraban a las clara que el rechazo comprendía a la mayoría de los pobres, a los cuales el mandatario venezolano decía defender.

Más allá de sacar provecho a los elevados precios del petróleo, Caracas siempre careció de un proyecto económico viable para la región. Chávez siempre fue una fuerza circunstancial que frenaba el desarrollo económico y político y dividía a las naciones. Mientras Chávez continuaba vendiendo su petróleo en el mercado norteamericano, acusaba de traidores a los gobiernos que buscaban comerciar precisamente con su principal fuente de divisas. La bonanza petrolera en Venezuela hizo que aumentaran las exportaciones de bienes de consumo Made in USA o procedentes de alguna de la filiales que tienen regadas por el mundo las grandes firmas norteamericanas, para enriquecimiento de comerciantes nacionales y extranjeros. El “socialismo del siglo XXI” se proclamaba a gritos en las manifestaciones chavistas, mientras de Miami salen cada vez más aviones cargados de mercancía hacia Caracas.

Todo esa farsa de algarabía antiimperialista y ausencia de desarrollo económico, que permitiera un mejoramiento de la población más allá de una limitada distribución de riquezas y un mejoramiento de los servicios entre los sectores más desfavorecidos de la población —que no hay que dejar de reconocer como uno de los pocos logros del chavismo— comenzó a derrumbarse desde los inicios, cuando aún el petróleo estaba por las nubes, debido a la corrupción, el latrocinio y la inexperiencia. Se agudizó con el paso de los años y la enfermedad de Chávez y al llegar Nicolás Maduro al poder adquirió la naturaleza de desastre nacional. La caída del precio del petróleo solo ha evidenciado lo absurdo de un modelo, económico, social y político insostenible.

Chávez entonces solo merece un destino inevitable; quedar como un momento nefasto en Venezuela. Su imagen convertida, más que en recuerdo idolatrado y añoranza, en una necesaria advertencia para el futuro del país.


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