Actualizado: 28/02/2020 12:12
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Chile

El parto de la democracia

Más allá de las elecciones: Los problemas que debe enfrentar el país son mayores que la cuestión de quién esté en el poder.

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Chile es una historia de éxito en América Latina. El ingreso per cápita creció de $4,720, en 1990, a $13,936, en el año 2007. Al no perturbar las políticas económicas de mercado que se instituyeron en la década de los años ochenta, la Concertación —la coalición de centro-izquierda en el poder desde 1990— ha llevado a Chile a ser lo que hoy es. El próximo escalón sería alcanzar la cifra de $20.000 en el ingreso per cápita, que anunciaría ya el paso total del país al desarrollo.

Será escalar una cuesta mucho más pronunciada. Los resultados de las encuestas hechas por Latinobarómetro y CERC —dos firmas encuestadoras en Santiago de Chile— muestran un panorama complejo en la opinión pública chilena, que ilustra la causa para esa afirmación.

Tómese, por ejemplo, la economía. En el año 2007, el 30% de los encuestados dijo estar muy satisfecho o algo satisfecho con ella. Alrededor de un 80% persiste en decir que el crecimiento económico ha beneficiado, principalmente, a los ricos. Casi un 90% considera que el sector privado es demasiado poderoso y la mayoría tiene una opinión desfavorable de los empresarios.

Estas opiniones, que no reflejan el impresionante progreso alcanzado, se afianzan por las desigualdades que la democracia no ha podido modificar.

-Aproximadamente un 85% descarta que haya igualdad ante la ley.

-Más del 80% ve a Chile sumido en la trampa de los intereses especiales.

-A comienzos de la década de los años noventa, la diferencia de percepción entre la legitimidad de la democracia y su eficacia era muy pequeña: un 85% y un 75%, respectivamente.

-Desde entonces, ambas percepciones positivas sobre la democracia han ido a menos: la legitimidad, a un 74%, y la eficacia, a un 55%, por lo que la diferencia entre ambas cifras se duplicó.

Resultado del éxito

Consideremos otra perspectiva. Desde 1987, el índice de pobreza cayó del 40% al 16%. Aun así, si Chile tuviera niveles de desigualdad comparables a los de Corea del Sur, más de un millón de chilenos habrían salido de la pobreza. No es tarea fácil reducir la desigualdad al mismo tiempo que se mantiene el crecimiento económico, pero eso es precisamente lo que Chile tiene por delante.

Si rompiera el síndrome de la desigualdad que, en parte, quiere decir aumentar considerablemente los ingresos promedio a través de una mayor productividad y una mejor distribución, Chile también lideraría a América Latina en un asunto que atormenta a toda la región.

Es irónico que el aumento de la prosperidad haya complicado el asunto. En 1998, el 60% de los encuestados creía que una economía de mercado era la mejor para Chile; en el año 2007, sólo el 46% lo consideraba así. Entre los años 2005 y 2007, el porcentaje de entrevistados que consideraba que la economía de mercado guiaba el desarrollo cayó en picada, de un 62% a un 41%. Los que juzgaban que la empresa privada era indispensable también se redujeron del 72% (en el año 2004) al 59% (en el año 2007).

La economía chilena aminoró su velocidad. Sin embargo, no imagino a la opinión pública en Corea del Sur, Irlanda o Nueva Zelanda restando importancia al mercado, con tal presteza, en el caso de una desaceleración económica. Lo más probable es que culpara a los políticos, algo que los chilenos también hacen —con suma vehemencia—.

-Mientras que en 1991 el 63% de los encuestados afirmó que los políticos eran indiferentes o no se ocupaban de personas como ellos, el 85% lo señaló así en el año 2007.

-Al formularse la pregunta de si los políticos sólo pensaban en la población en tiempos electorales, el 73% dijo que sí en 1991 y el 93% lo ratificó en el año 2007.

-En 1991, el 66% de los entrevistados dijo que, más allá de la consideración de quién estuviera en el poder, los intereses personales siempre se imponían al bienestar público. En el año 2007, el 83% dio la opinión por cierta.

La política, históricamente un campo que los chilenos saben manejar como pocos, necesita abrirse paso en medio del actual atolladero. Hace veinte años el país aprobó, con excelencia, la asignatura de la transición. La Concertación —un pacto entre los demócrata-cristianos, los socialistas y dos partidos más pequeños— ganó galardones de primera, pero la oposición conservadora también se anotó méritos. Hasta Augusto Pinochet consigue un reconocimiento por haber abandonado la escena de forma pacífica.

El umbral que hay que atravesar ahora es la consolidación de la democracia. La clase política debe concordar para hallar un terreno común sobre una serie de temas como el amortiguamiento de la desigualdad, la creación de empleos, el mejoramiento de la educación, la energía, el medio ambiente, el aumento de las inversiones y la modernización del aparato estatal.

La Izquierda y la Derecha necesitan mirar más allá de las próximas elecciones —las municipales en octubre y la presidencial en diciembre del año 2009—, porque los problemas que Chile debe enfrentar son mayores que la cuestión de quién esté en el poder. Un cambio de guardia no es una gran tragedia, pero ignorar el peligro que se cierne, lo sería.

De paso, todo lo anterior es, en realidad, una buena noticia. Los problemas de Chile son el resultado de su éxito, no de su fracaso.


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