Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Genocidio, Krauze, Fútbol

El racismo “menos grave” de Enrique Krauze

Los episodios de genocidio no son la regla en ninguna parte del mundo, pero dentro de esa excepcionalidad, América Latina tiene un tejado de vidrio como para que Krauze tire piedras

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Enrique Krauze es el director de la revista Letras Libres y uno de los intelectuales mexicanos más conocidos. Tiene el privilegio de ser uno de los pocos latinoamericanos fichados como columnistas contribuyentes al New York Times. Esta oportunidad de acercar las distancias entre las dos mitades de las Américas, y entre América Latina y el mundo, Krauze la desperdicia con frecuencia. En lugar de ser un latinoamericano universal como José Martí, Gabriel García Márquez, o Carlos Fuentes, Krauze vocaliza los mitos que las derechas locales han construido a su conveniencia sobre la región.

Su columna de la pasada semana Latin America’s Talent for tolerance” es ejemplo de esa posición. Krauze aventura la teoría del talento latinoamericano para un racismo ligero, supuestamente “suave”, frente al racismo “duro” de Europa. El desaguisado comienza por el fútbol cuando afirma que el fenómeno racista es casi inexistente en ese deporte si de la región se trata. ¿De veras? Parece que Krauze no ha contrastado las razas en los segmentos donde se sienta el público ni comparado la composición étnica de los ejecutivos y mánagers de los equipos con la de los jugadores y el pueblo en general.

Quizá Krauze no sabe que este febrero en el estadio Inca Garcilaso del Perú hubo un sarao racista contra el jugador brasileño Tinga, cuando una parte del público hizo burlas que lo comparaban con un mono. Incidentes similares han ocurrido en la cancha o desde la fanaticada afectando a jugadores negros en Colombia, Uruguay, Argentina, y la liga mexicana. Multas de miles de dólares han sido impuestas por ese motivo. Tinga, quien tuvo el respaldo de la presidenta Dilma Rouseff y jugó más de 99 partidos con el Borussia Dortmund en Alemania, dijo: “Jugué cuatro años en Alemania y esto nunca me ocurrió, ahora ocurre en un país con diversidad racial. Tenemos que avanzar en términos de igualdad racial y respeto”.

Pero lo del futbol es apenas el comienzo en la ponderación perdida de Krauze sobre el racismo latinoamericano. El ensayista mexicano dice que en América Latina los episodios de genocidio, a diferencia de Europa, han sido la excepción más que la regla. Sorprendente teoría para una región en cuyas raíces colonizadoras está la continuación de los episodios de intolerancia que fueron la inquisición católica y la expulsión de judíos y musulmanes de la península Ibérica.

Para empezar, los episodios de genocidio no son la regla en ninguna parte del mundo, pero dentro de esa excepcionalidad, América Latina tiene un tejado de vidrio como para que Krauze tire piedras. No solo en Argentina, también en Chile hubo una guerra estatal contra los indígenas. En Cuba, en 1912 hubo la llamada “guerrita de los negros” donde fueron asesinados entre 3.000 y 5.000 negros, en un episodio de claro contenido racista, incluyendo la quema del pueblo de la Maya en el oriente del país. En Brasil, el informe Figueiredo reportó que tribus indígenas enteras fueron aniquiladas entre los años 1940 y 1970.

En México, donde reconoce episodios de persecución y matanzas contra inmigrantes chinos en el norte del país, Krauze se olvida del tono racista del liberalismo mexicano del siglo XIX, cuya tradición exalta. A partir de 1847, varios gobiernos mexicanos —de “libro importado” los llamaba José Martí— reprimieron con saña a la población maya de Yucatán, arremetiendo contra su cultura y sus propiedades comunales, llegando a venderlos como siervos en Cuba. Despojos de claro contenido étnico contra las comunidades indígenas durante el porfiriato están en la raíz de las rebeliones campesinas durante la revolución. En Guatemala el racismo “ligero” de Krauze fue parte integral del genocidio contra el pueblo maya. Para enfrentar a la guerrilla, varios gobiernos militares de derecha, particularmente el del general Efraín Ríos Montt, destruyeron centenares de poblados, aniquilando a más de 150.000 habitantes de la mayoría maya. Quizás Krauze no los vio pero más de un millón de mayas guatemaltecos cruzaron a México como refugiados.

Curiosa también es su lectura sobre la historia colonial y su impacto en la población indígena y afro-latinoamericana en México hoy. Como antecedente del racismo benévolo, Krauze sostiene que en la Nueva España hubo una esclavitud latinoamericana “menos degradante”, como consecuencia de una “corriente subterránea de igualdad entre las diferentes etnias”. ¿De dónde salió esa corriente que hizo la esclavitud más agradable? Quizás la corriente este sumergida porque ni existe ni existió. La esclavitud era cualitativamente degradante para el esclavo y el amo, punto. No es una cuestión de grados de degradación.

Es curioso, pero Krauze que tuvo pocos elogios para el presidente Chávez en vida, ahora quiere arrimar al venezolano a su brasa. “Uno de los logros de Hugo Chávez (el presidente fallecido era de composición racial mixta) —dice Krauze— fue afirmar las reclamaciones por un trato justo a la mayoría, de tez oscura, al punto de inventar un linaje afro-americano para Simón Bolívar, el libertador criollo de una gran parte de América Latina”. Chávez trabajó para obtener la igualdad racial, pero los efectos de sus políticas populistas fueron bastante limitados. La televisión venezolana se parece mucho, en imagen a Televisa donde Krauze es miembro de su consejo editorial. En términos de pluralidad racial, de patrones de belleza, de papeles protagónicos, de ejecutivos, y presentadores, estos medios son abrumadoramente blancos, más unicolores que la mayoría de las televisoras estadounidenses.

Si de falta de espacios para discutir el tema de la igualdad racial se trata, Krauze solo tiene que mirar a su revista Letras Libres. Allí el tema brilla por su ausencia en la mayoría de los ensayos sobre transición y consolidación democrática en México y América Latina. En lugar de darnos golpes de pecho presumiendo de una historia de esclavitud “menos degradante” o de un racismo más benévolo que el de los europeos o los norteamericanos, los latinoamericanos deberíamos centrarnos en la opresión que tienen lugar en nuestros países contra los grupos raciales subalternos en la estructura de poder político, cultural y económico: indígenas, afrodescendientes y mestizos. En términos de compensación y reparación de injusticias históricas deberíamos tener en cuenta el relegamiento de aquellas sufridas por esos sectores.

¿Por qué la derecha cubana que Krauze apoya desde Letras Libres selecciona injusticias favoritas para reparar y reclama compensar selectivamente la nacionalización de propiedades post-1959, olvidándose de la esclavitud de los negros en Cuba para cuyos descendientes nunca se ha pedido reparación, ni siquiera en la forma de programas sociales? ¿Qué dice el silencio de la Ley Helms-Burton sobre la esclavitud y otras tantas injusticias que ocurrieron en el periodo anterior? ¿Por qué la discusión sobre gobernabilidad democrática a nivel del continente es tan hueca en torno a los temas raciales, de género, culturales y clase centrándose casi exclusivamente en una visión liberal, ajena al paradigma de la Declaración Universal de Derechos Humanos para la cual todos los derechos, incluidos los culturales, económicos y sociales son interdependientes e indivisibles?

América Latina debe aprender de las experiencias en el enfrentamiento al racismo en cualquier latitud. Iniciativas como Comisiones nacionales de derechos raciales, programas de acción afirmativa, becas universitarias y entrenamientos de liderazgo para las minorías, (un eufemismo pues en el caso de varios países de la región son mayorías) meses de recordación dedicados a la herencia especifica de grupos deben ser emuladas. Europa, por ejemplo, tiene una historia institucional en torno a la Comisión Europea de Derechos Humanos muy respetable de la cual pueden tomar experiencia organizaciones internacionales de América Latina como el SICA, la UNASUR o la CELAC.

En EEUU, donde la segregación racial tuvo un carácter legal institucionalizado, la lucha por los derechos civiles consagró el racismo como delito. Las personas o instituciones que discriminan son llevadas a tribunal y se exponen a pérdidas monetarias en dependencia del daño causado. En América Latina, los criterios de las elites como el expuesto por Krauze han llevado a una dinámica “cultural” donde a los racistas con poder se le trata como niños descarriados, necesitados de educación. Sin demeritar la importancia del esfuerzo educativo, sería conveniente también aprender de los vecinos del norte como usar la herramienta legal para castigar el racismo, por menos grave que a Enrique Krauze le parezca.


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