Actualizado: 22/05/2019 9:03
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El valor de la noticia

Lo que está en peligro es la función social de la prensa, como órgano de vigilancia y denuncia

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A comienzos de este mes apareció la noticia de la inminente transformación del diario español El País en un medio esencialmente digital. Desde hace algún tiempo el periódico estadounidense The New York ha dejado en claro que un día, quizá no muy lejano, desaparecerá la edición en papel. El rumbo parece inevitable para la mayoría de las publicaciones diarias.

A veces queda tiempo para la esperanza. La posible desaparición de los periódicos impresos, un asunto que se debate cada vez con mayor preocupación en todo el mundo, es algo al parecer muy lejano cuando uno llega a un aeropuerto como el Charles de Gaulle de París. Algunos de los principales diarios europeos y estadounidenses están apilados en un largo mostrador, a la disposición de cualquier pasajero. Basta tomarlos y sentarse a leer y casi todo el mundo lo hace.

Sin embargo, esta imagen no debe engañar. Quienes viajan no representan una muestra significativa y la crisis es real y presente. Lo malo no es solo el problema. Lo peor, en muchos casos, son las soluciones.

Basta leer un periódico como el Financial Times, para encontrar un rigor que, cada vez más, tiende a estar ausente de un buen número de publicaciones estadounidenses, las cuales han confundido la búsqueda de lectores con el facilismo y la complacencia.

En cierta medida, el origen del problema que confrontan muchos diarios en Estados Unidos no está en una crisis del periodismo sino en lo contrario.

La cantidad de información que se lee a diario es mayor que nunca. Solo que por una parte ha cambiado la forma en que esta se lee, y por la otra se ha afianzado el criterio de adquirirla de forma gratuita. En ambos casos, se trata de fenómenos derivados de la existencia de Internet.

Por supuesto que este no es todo el problema, ya que no se puede pasar por alto la disminución de los ingresos por publicidad, algo que ha ocurrido no solo por el creciente uso de Internet, sino además por la crisis mundial que no acaba de concluir, sobre todo en Europa.

Pero las que sí están en crisis son las organizaciones periodísticas, dominadas en la actualidad por contadores públicos, accionistas y ejecutivos que durante años —y con una mentalidad no superior a la de los vendedores de baratijas— hicieron todo lo posible por sacar más invirtiendo menos, mientras diversificaban sus ganancias —en los mejores momentos bastantes elevadas— en sectores ajenos al ramo.

Lo que está en peligro es la función social de la prensa, como órgano de vigilancia y denuncia: la existencia de reportajes e investigaciones de fondo que descubren casos de corrupción, violaciones de derechos y situaciones críticas.

El problema es que en este tipo de labor, la relación costo/ganancia no está a la altura de las exigencias del mercado de inversiones. Estas exigencias pueden ser catalogadas como eficiencia, productividad o avaricia, pero en cualquier caso se miden de forma similar, y es en los términos de los resultados inmediatos. Al final, lo que cada vez se impone con mayor fuerza es la fórmula de sacar más con menos. Resulta imposible en estas circunstancias intentar ofrecer un producto cercano a la excelencia, pero en la práctica también importa poco. La calidad se ha sustituido por brindar una satisfacción instantánea: dirigirse a un supuesto lector que se conforma con poco, siempre que ese poco no lo saque de su rutina y le refuerce sus creencias y opiniones. De esta forma, el periodista se convierte en curandero.

En la actualidad es ilusoria la afirmación de que determinado periódico o revista se debe solo a sus lectores, cuando hay una junta de accionistas que determina el tipo de ejecutivos que coloca al frente de la empresa.

El modelo, reducido a un propietario o familia propietaria —más o menos ignorante, siempre rico—, que se enfrentaba o apoyaba al director del diario, quien estaba encargado de trazar el difícil y justo equilibrio entre la ganancia, la integridad, la denuncia y la información valiosa, se limita ahora a la trama de las viejas películas, que se ven después de medianoche por televisión.

Tampoco se pueden equiparar el Estado con las instituciones no lucrativas, que particularmente en Estados Unidos forman parte de la sociedad civil, encargada de funciones y objetivos que en otros países son cumplimentados en gran parte por organizaciones estatales.

No hay duda que la tendencia actual —sin freno hasta el momento— representa un mayor peligro para la prensa que cualquier plan de ayuda, ya sea por parte del Estado o de organizaciones no lucrativas privadas. De los grandes periódicos para abajo, el recurso más socorrido en Estados Unidos y Europa ha sido cerrar oficinas en el extranjero, reducir corresponsales, cortar páginas y secciones, suprimir servicios cablegráficos y de fotografía, y despedir editores, redactores e investigadores.

Este círculo vicioso solo contribuye a que en general los periódicos sean cada vez más malos, se compren menos y se produzcan menos reportajes investigativos, para beneficio de políticos y empresarios corruptos.


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