Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Perú, Humala, Elecciones

Entre el voto del miedo y el voto del espanto

En las elecciones peruanas se impuso el recuerdo del espanto, que provocó tanto horror y tanto delirio, y Keiko Fujimori fue derrotada

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Cuando se celebraba la campaña por la primera vuelta de las elecciones peruanas, y de esto hace ya una eternidad, Mario Vargas Llosa dijo que si la segunda ronda enfrentaba a Ollanta Humala y Keiko Fujimori, todos sus compatriotas, él incluido, deberían elegir entre el cáncer y el sida. Nunca aclaró quién era cuál pero finalmente cambió de parecer. No solo cambió de opinión sino también tomó partido, ardientemente, por uno de los dos candidatos en liza.

Junto a él lo hizo la parte de la sociedad peruana que hasta entonces no se había inclinado ni por el uno ni por la otra. En realidad, rechazaba a ambos. El problema de fondo es que a diferencia de lo ocurrido en Francia en 2002, cuando la segunda vuelta de las presidenciales enfrentó a Jacques Chirac con Jean-Marie Le Pen, buena parte de los peruanos no fue a votar tapándose la nariz como sí hicieron los franceses, sino que previamente habían tomado partido. Para no votar por uno terminaron embanderándose con la otra o viceversa. Votaron, pero también optaron.

De esta forma el voto del miedo se terminó enfrentando al voto del espanto y ganó este último, el del “Fujimori nunca más”. El voto del miedo era el voto de los sectores medios emergentes, de los habitantes de Lima y de parte del norte que no querían arriesgar lo obtenido en los últimos años. Era el voto del miedo frente al cambio de modelo, el temor a que se pudieran hipotecar los logros alcanzados con demasiado esfuerzo. En la acera opuesta estaban los que se movilizaban por el recuerdo del espanto que supuso la dictadura fujimorista, los ataques contra los derechos humanos, el desarme institucional y la corrupción. El recuerdo del espanto que provocó tanto horror y tanto delirio.

El resultado ha sido muy estrecho. Todo indica que cuando termine el escrutinio no habrá dos puntos porcentuales de diferencia entre el candidato más votado, Humala, y Keiko Fujimori. Nunca en los tiempos recientes conoció Perú un resultado tan ajustado. Si cualquier segunda vuelta al reducir el número de opciones elegibles a solo dos termina polarizando a la sociedad, en este caso la polarización fue mucho mayor, ya que fueron numerosos los peruanos que quisieron cargarse de razones para votar por uno y no por otro y al final terminaron identificándose con uno de los dos. Ésta es, precisamente, una de las causas de la gran polarización presente en Perú.

Con todo, lo más importante es responder a la pregunta de ¿y ahora qué? Para hacerlo es necesario saber que esta elección peruana se jugaba al menos en dos escenarios distintos. El primero, obviamente, el peruano. El segundo el de América Latina y el de la gran fragmentación que la está marcando. Si las acusaciones contra Humala de ser un peón chavista tenían importancia en el plano nacional la tienen todavía más a escala regional y aquí las conductas del nuevo presidente serán analizadas con lupa a lo largo y ancho del continente.

Internamente hay dos aspectos que resultan sumamente preocupantes: la economía y el funcionamiento del sistema democrático. Con la fe del carbonero, Vargas Llosa dijo que no pensaba que el triunfo de Humala, contrariamente a lo que dicen sus adversarios, amenace el desarrollo económico peruano, ya que cree que Humala “ha dado bastantes pruebas, sobre todo en segunda vuelta, de que va a respetar la democracia política, la economía de mercado, la propiedad privada y que no va a poner en peligro aquello que ha hecho que el Perú crezca en estos años de una manera muy notable, aunque claro, sin que los frutos de este desarrollo llegaran a todo el país”.

Si bien es cierto que los márgenes de maniobra que tiene Humala, tanto desde la perspectiva política como económica, son muy limitados, y todo indicaría que para ganar esta elección ha debido asumir una gran cantidad de compromisos con diferentes sectores y grupos, su grado de discrecionalidad en tanto presidente es enorme. No se olvide las promesas hechas por Hugo Chávez antes de llegar al poder, o los enormes condicionantes que debió enfrentar Rafael Correa cuando se impuso a todos sus rivales, pese a no tener representación parlamentaria. En ambos casos, los dos presidentes vinculados actualmente al ALBA terminaron poniendo patas arriba el sistema institucional de sus países.

Por eso Humala debe designar urgentemente a su gobierno, de forma de tranquilizar a los mercados y a los peruanos. Conocer la identidad del nuevo ministro de economía será útil para llevar un poco de calma a unos mercados sumamente inquietos. De hecho, al día siguiente de las elecciones, la Bolsa de Lima suspendió sus operaciones por unas horas tras caer en una jornada casi un 11 %. Pero también será decisivo saber cómo se compondrá el resto del gabinete, de forma de poder determinar cómo y por dónde quiere conducir Humala a su gobierno. En pocos días Humala debería dejar de ser el candidato de una parte de los peruanos para convertirse en el presidente de todo Perú. La convocatoria, o no, de una asamblea constituyente será crucial para predecir un futuro de momento demasiado incierto.

Regionalmente las cosas no son diferentes, ya que aquí también son mayores los interrogantes que las certezas. Hay quien se siente tranquilizado por la cercanía a Lula y se menciona el ejemplo del presidente salvadoreño Mauricio Funes. Humala se debe esforzar por disipar las numerosas dudas que planean sobre sus actitudes futuras y sobre sus alineamientos en un continente demasiado fraccionado. La existencia de un proyecto hegemónico cubano-venezolano no facilita las cosas. Su mayor o menor sintonía con el ALBA indicaría unas cuantas cosas acerca de su proyecto de gobierno y su gestión concreta. Sería bueno que Vargas Llosa tuviera razón una vez más.


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