Actualizado: 01/07/2022 16:17
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Biden, China, EEUU

Estados Unidos: ¿defensor de la democracia mundial?

Biden, Beijing y el problema de Taiwán

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El presidente Joe Biden ha dicho, o lo que dijo implica, que Estados Unidos irá a la guerra con China si invade Taiwán. Es al menos la tercera vez que lo menciona y la tercera vez que la Casa Blanca debe rectificar lo que dijo.

Son gaffes o meteduras de pata, ha admitido el presidente: “Soy una máquina de metidas de pata —dijo en 2018—, pero, Dios mío, qué cosa tan maravillosa comparada con un tipo que no puede decir la verdad”, haciendo constar la ritual alusión a Donald Trump cuando algún político demócrata dice o hace una estupidez.

Pero ahora Trump no está en la presidencia. Y ese tipo de declaraciones pueden ser peligrosas, como en este caso, cuando no inoportunas y embarazosas, aunque solo le resten seriedad al presidente de un gran país como Estados Unidos. Como le sucedió, sí, al presidente Trump en su mandato. Pero ¿no será también otra exuberante tontería justificar las propias metidas de pata, solo porque las de otro presidente fueron peor?

La Casa Blanca, después del comentario público del presidente Biden, aclaró que no había cambio de política respecto a China. Dicha política es denominada “Una China”, y significa que todo el territorio chino, incluido Hong Kong y Taiwán, constituye un solo país, y que el gobierno de ese único país, es el de Beijing, regido por Xi Jinping y el Partido Comunista Chino. Y forma parte de los acuerdos internacionales de Estados Unidos de América. De la misma forma que la Ley de Relaciones con Taiwán.

Dicha política comenzó a tomar forma en 1972 con la visita del presidente Richard Nixon y su asesor Henry Kissinger a Beijing y sus entrevistas con Mao Zedong y Zhou Enlai. Todo había sido delineado en 1971 durante la visita secreta a China del asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger. Esos fueron los primeros pasos que, con el tiempo, y hasta la actualidad, resultarían en tres hechos de enorme trascendencia política, económica y geopolítica.

El reconocimiento de Washington a Beijing, rompiendo relaciones diplomáticas con Taipei, en enero de 1979

La enorme oportunidad comercial para el capital estadounidense a finales del siglo XX, y el ascenso de China a la categoría de superpotencia económica y militar en el siglo XXI.

Y finalmente, el reclamo actual de Beijing (y de Moscú) por un nuevo orden mundial, multipolar, diferente al actual, unipolar, donde Estados Unidos es totalmente hegemónico desde que la Unión Soviética se disolvió, en 1991.

Al parecer, Richard Nixon tenía la vista puesta en China desde 1967, cuando publicó un artículo sobre el tema en Foreign Affairs Magazine, donde expresaba “simplemente no podemos permitirnos dejar a China fuera de la familia de naciones”.

Cuatro años después, en 1971, y coincidiendo milagrosamente con los preacuerdos de Kissinger en China, Taiwán era expulsado de la ONU y su lugar se otorgó a China comunista, con un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En realidad, cuando vemos las actuales tensiones entre Estados Unidos y China respecto a Taiwán, estamos viviendo las consecuencias del marco de referencia diseñado por Nixon y Kissinger hace 50 años. Eso es un hecho.

Nixon no era nada tonto. Su objetivo geopolítico era alimentar las diferencias tradicionales entre los dos grandes países comunistas: la URSS y China. Y que China, además, se volviera graciosamente anticomunista y democrática nada más probar las delicias del consumo. Pero, maravillas y sorpresas de la vida, 50 años más tarde, Beijing sigue siendo comunista; Moscú, capitalista, con una economía mixta de mercado y las dos han acordado una alianza estratégica contra Estados Unidos, por el cambio hacia un mundo multipolar.

En esa alianza estratégica hay dos puntos de confrontación primordiales: Ucrania, donde ya se libra una guerra donde la administración Biden se encuentra entusiasmada y Taiwán, donde el presidente Biden comete sus posibles “metidas de pata” intencionales. No hay más que echar una hojeada a las pocas páginas de la Ley de Relaciones con Taiwán, que norma las relaciones entre Washington y Taipei desde hace medio siglo, y donde no se menciona el compromiso de intervención de Estados Unidos ante la invasión china de Taiwán.

Para lo anterior tal vez haya una explicación. La política estadounidense mantenida con Taiwán, se denomina comúnmente política de ambigüedad, es decir, confusa e indeterminada. Washington reconoce la soberanía de Beijing sobre la isla de Taiwán, pero cuando Beijing quiere ejercer dicha soberanía, Washington tiene su opinión sobre un asunto que debería ser interno. El pasado lunes, el gobierno chino advirtió: “Estados Unidos está ‘jugando con fuego’”, luego de que el presidente Joe Biden prometiera defender a Taiwán si China intenta tomarla por la fuerza.

Es impensable que el presidente Biden no conozca el texto de la Ley de Relaciones con Taiwán y diga erróneamente en su última metida de pata, en Tokio, “ese es el compromiso que hicimos”, refiriéndose a la intervención militar cuya posibilidad no se contempla en dicha ley. Si no es así, con las repetidas menciones al asunto, matizadas después por la Casa Blanca, debía dudarse seriamente de su capacidad mental. Porque puede meternos —sin quererlo— en una guerra.

Pero el asunto es más serio, el presidente Biden puede, y creo que entiende perfectamente la realidad que lo rodea, y que se reta el papel hegemónico de Estados Unidos en el mundo; y aunque sea un disparate lo que dice en Tokio y lo que hace en Ucrania, está dispuesto a darle pelea, como un valiente, en cualquier ámbito, a Rusia y a China. El poder hegemónico es, en esencia, la principal causa histórica de las guerras, tal vez el único.

Aunque siempre nos quedará la duda, hasta que sintamos el primer bombazo nuclear, de si el presidente Joe Biden manejó el asunto como un valiente paladín de la democracia, o si nos fuimos por el tragante porque no se daba cuenta.


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