Actualizado: 26/09/2022 12:32
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EEUU, Miami, Policía

Exjefe de policía de la Ciudad de Miami contraataca

A la mayoría de los votantes de la Ciudad de Miami les importa un bledo las elecciones de su ciudad. Defienden la democracia, pero les complace el autoritarismo; claman por justicia, pero se conforman con el abuso

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Miami tiene un nombre casi mágico, indica un lugar tropical, acogedor, lejos del frío y la nieve; los colores se reflejan vivísimos bajo el sol implacable del verano y aun en invierno, el sol mantiene lejos las heladas. Miami, es un gran destino turístico y según los miamenses, también es un gran lugar para vivir.

Existen dos Miami. Uno el Gran Miami, con 2.750.000 habitantes, constituido por el condado Miami-Dade, con 62,97 km² de superficie, y otro la Ciudad de Miami con 143,1 km² y 193.346 votantes registrados, donde se desarrollan los más pintorescos y vergonzosos episodios que uno pueda imaginar. Como el caso de Art Acevedo.

El 14 de octubre pasado, la Ciudad de Miami echó al jefe de la policía Art Acevedo, calificado por el alcalde Francis Suárez como el “Michael Jordan de los jefes de policía” —cuando lo contrató— pero sin defenderlo un ápice mientras los comisionados Joe Carollo, Alex Diaz de la Portilla, y Manolo Reyes lo declararon enemigo del pueblo y lograron expulsarlo de su cargo.

En aquella parodia de juicio, Carollo, envuelto en un manto invisible de ética y justicia, conminó a Acevedo para que se defendiera. Pero Art no hizo nada. Durante cuatro horas y media, cocinaron al exjefe en una salsa condimentada con expulsión. Y Art, incómodo, pero también tranquilo en la salsa.

A mí me habría gustado que Acevedo se defendiera, y a muchos miamenses también. Pero eso pertenece al espectáculo, pariente lejano de la mesura y casi siempre tangente con la verdad. Acevedo se calló porque ya había hablado de más públicamente cuando denunció en el FBI la corrupción en la Ciudad de Miami. Por eso el FBI descartó su denuncia. Aquel intento fue para revelar graves irregularidades en la Ciudad de Miami para tal vez, solo tal vez, corregirlas.

Ahora Art Acevedo presenta una demanda federal de daños y perjuicios, en la que incluso, formalmente pide su difícil restitución al cargo. Y al mismo tiempo el gobernador de la Florida, Ron de Santis, ha solicitado una investigación estatal a Harold Pryor, Fiscal Estatal de Broward, sobre las denuncias de Acevedo.

De la investigación estatal depende si Carollo, de la Portilla y Reyes resultan culpables y merecen algún castigo. De la demanda no, porque en ellas, aunque los políticos metan la pata, el pueblo paga la plata. Acevedo acusa a la ciudad, al administrador Art Noriega, y los tres comisionados por infringir sus derechos de Primera Enmienda, y que su despido fue una represalia por querer mantener su independencia como jefe de Policía.

¿Qué pasará al final de esta vergonzosa situación de la política local miamense? “Habrá que esperar el nombramiento del fiscal de Broward que llevará el caso, y el tiempo que lleve terminarlo. No es lo mismo que concluya en meses que en tres años,” dice Luis Fernández, abogado criminalista en Miami de gran experiencia judicial y sagacidad política, “y recuerda —agrega—que el hecho de que una persona actúe inmoralmente no es igual a que una persona actúe ilegalmente”.

Entiendo a Luis Fernández, pero existe otra reflexión. Se trata del impacto moral de los escándalos y las conductas bananeras en la alcaldía de Miami, y el electorado miamense, responsable de mantener el carácter y dignidad en su ciudad. ¿Cómo se comporta ese electorado?

En las elecciones de 2021 en la ciudad de Miami, reeligieron a Joe Carollo con 4.001 votos, de un total de 193.346 votantes registrados. Lo eligió un 2 % del electorado. Francis Suárez obtuvo 21.485. Lo eligió un 11 % del electorado. En las anteriores elecciones el resultado fue parecido, Francis Suárez ganó por 21.856 votos, un 11 % del electorado y Joe Carollo por 2.409 votos, un 1,2 % del electorado.

Eso quiere decir que a la mayoría de los votantes de la Ciudad de Miami les importa un bledo las elecciones de su ciudad. Y que los políticos en ella podrán hacer y deshacer, porque la mínima población que los elige, al parecer, es semejante a ellos: defienden la democracia, pero les complace el autoritarismo; claman por justicia, pero se conforman con el abuso; y proclaman las buenas costumbres, pero se sonríen con las malas.

Por eso, los escasos electores que votan tienen el gobierno que quieren, y el resto de los votantes de la Ciudad de Miami, el que se merecen. ¿No es así, lector?


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