Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Gadafi, Libia

Gadafi

Gadafi ha envejecido reinando sobre arenales sobrados de gas y petróleo y seguido de una guardia pretoriana femenina, una suerte de gineceo portátil de top models con metralletas

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Lo primero que me vino a la mente al ver, hace tiempo, una foto de Gadafi en uniforme de gala fue la imagen de un maestro de ceremonia que, siendo yo niño, vi en un circo cubano, no recuerdo ya si en el Santos y Artigas o en el Pubillones. Después de Rafael Leónidas Trujillo, el inolvidable Chapita, no había visto yo tanto embrollo de colgajos y chatarra sobre una criatura humana. Apostaría a que este hombre arrastra una ingobernable afición infantil a los muñequitos: solo un abducido por los cómics, digo yo, es capaz de mostrarse en público vestido de esa manera. Pero en realidad no sé por qué me perturbó verlo así, porque si alguien debería tenernos acostumbrados a sus disfraces, más que el fantasma de Canterville a sus irreverentes inquilinos gringos, es el cinematográfico señor Gadafi.

Este individuo, notorio por su ropero hollywoodense tanto como por su empaque de califa (no admite elecciones ni para ganarlas), lleva 42 años ocupando en Libia la jaima presidencial. En ella recibe, teatralmente, a los mandatarios demócratas que van a visitarlo y le ríen las gracias, y se diría que la lleva puesta como una chilaba cuando viaja allende sus fronteras.

Gadafi ha envejecido reinando sobre arenales sobrados de gas y petróleo y seguido de una guardia pretoriana femenina, una suerte de gineceo portátil de top models con metralletas. Su tiranía es la más colorida del universo sarraceno. Es también la más férrea del norte de África, marca olímpica que revela el virtuosismo del coronel en su oficio de tirano y que no le ha impedido presidir, por vicario interpuesto, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Incluso él anima un Premio Gadafi de Derechos Humanos, que estrenó concediéndoselo a su congénere Fidel Castro, por lo cual, además de por su propia conducta, es imposible saber qué entiende este hombre por tales derechos.

Puede decirse que al coronel no le ha ido mal mangoneando Libia —es el más añejo de los sátrapas musulmanes—, pero ahora hay signos de que su rutilante estrella comienza a empañarse, o a apagarse definitivamente, bajo la polvareda del terremoto popular que sacude a las castas gobernantes árabes. Este sismo serpea ya por calles y plazas libias, y el coronel está decidido a pararlo en seco, cueste la sangre que cueste, como corresponde a su estirpe cuartelaria y a su interés personal en peligro. Las brutales cargas de sus genízaros contra la multitud que le exige la dimisión han dejado un rastro pavoroso de muertos y heridos. Detrás de sus gafas de sol, Gadafi amenaza con que habrá más genízaros y cargas mientras la molesta muchedumbre no desista de zaherir su ego. Cuando habla, las sombras de sus antiguos vecinos Ben Alí y Mubarak planean sobre su gorra de utilería.

El mundo entero sabe que Gadafi está triturando a los libios —hartos de cuanto él representa— usando contra ellos hasta aviones de combate. Para Fidel Castro, sin embargo, el crimen contra los libios lo va a cometer la OTAN “en cuestión de horas o en muy breves días”. Como el Comandante últimamente está ejerciendo de profeta —solo percibe el futuro—, lo ha vaticinado en una de esas “reflexiones” que nos inflige con sañuda frecuencia desde su mastaba tropical. Bueno sería que una comisión de psiquiatras y juristas determinara si Castro y Gadafi deben comparecer ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya o ingresar en un manicomio.

El premier ruso Vladímir Putin, un político formado en los redaños del KGB y que apoyó al genocida Milosevic cuando éste se propuso borrar del planeta a bosnios y kosovares, dijo hace unos días en Bruselas, mostrando su rechazo a una posible acción internacional en Libia para detener el genocidio ordenado por Gadafi, que “los pueblos tienen derecho a construir su futuro sin intervención exterior”. Y sin intervención interior, digo yo. Los pueblos tienen derecho a recibir ayuda internacional, y las democracias tienen el deber de dársela, cuando, dentro de su propio país, un déspota despiadado les impide construir el futuro que desean y por el cual luchan. Las fronteras no deben proteger a las tiranías que los oprimen y masacran.

Los Castro, curándose en salud, han hecho saber en la ONU que se oponen a cualquier intervención militar en Libia. Es de general conocimiento que en ese país está operando, con resultados letales para la población, una fuerza armada extranjera, constituida por mercenarios subsaharianos pagados por el Gobierno libio con el dinero de los mismos ciudadanos que son asesinados. La Habana no debería perder la ocasión de protestar por ello. O sea, de ser coherente.


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