Actualizado: 19/10/2018 10:27
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EEUU, Economía, Trump

Hacer grande a América… y a Detroit pequeño

Si Donald Trump resulta elegido gobernador del estado de Nueva York y al llegar a Albany establece una tarifa proteccionista contra la importación a ese estado de cerdos criados en Iowa, ¿eso haría a Nueva York grande de nuevo?

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Es el secreto mejor guardado por la actual administración estadounidense: al presidente Donald Trump no le gusta el capitalismo, al menos en su versión actual. Quiere no solo hacer retroceder al país a las décadas de 1920 y 1930, sino a otra época y otra geografía: la Francia de Luis XIV. Solo que él no es “el Rey Sol”.

De acuerdo al mercantilismo —el conjunto de ideas económicas que imperó durante las monarquías absolutas, entre los siglos XVI y XVIII— el capital de una nación, en especial su riqueza en metales, se incrementa gracias a una balanza comercial positiva con las otras naciones, lo cual se traduce en que las exportaciones sean superiores a las importaciones. Para lograr ello, el gobierno debe ejercer una política proteccionista sobre la economía, particularmente en el comercio, mediante el establecimiento de aranceles.

Durante la época del mercantilismo, la imposición de altos aranceles a los productos extranjeros evitaba la entrada de la competencia externa y beneficiaba a las industrias nacionales. También se buscaba la inversión en nuevas industrias a través de subsidios, el limitar la inmigración a personas extremadamente calificadas o con recursos económicos y el mejoramiento de los sistemas de transporte, con la construcción de carreteras, puentes, canales y vías férreas.

Con sus ideas económicas simples, el mercantilismo incrementó el desarrollo económico en determinados sectores —por ejemplo, en Francia la industria del hierro, las tapicerías, sedas, paños, encajes y espejos— aunque a la larga la libertad comercial patrocinada por los ingleses resultó más estimulante y eficiente. A todo ello hay que agregar que las guerras comerciales muchas veces terminaron en guerras a secas (o a sangre) y la existencia de colonias favorecía este tipo de comercio.

Asumamos por un momento que Trump hubiera sido elegido gobernador de Nueva York, plantea Walter E. Block, profesor de economía de la Loyola University en Nueva Orleans y de ideología libertaria, y que al llegar a Albany establece una tarifa proteccionista contra la importación en ese estado de cerdos criados en Iowa. ¿Eso haría a Nueva York grande de nuevo?, se pregunta en un artículo en The New York Times.

Por supuesto, los criadores neoyorquinos de carne de cerdo resultarían beneficiados, pero la medida contribuiría a la ruina de la economía estatal. Los aranceles no facilitan una mejor distribución de la fuerza laboral, en última instancia no llevan ni a la creación ni a la disminución del empleo. Es más, por sí sola la creación de empleos —particularmente si son empleos no calificados— no lleva al fortalecimiento económico: para ello es necesario el aumento de la producción mediante el incremento de la productividad.

Lo mejor para la economía estadounidense, y para sus ciudadanos, es la creación y estímulo de centros de estudio, tecnológicos, informáticos y avanzados, pero eso no le interesa a un mandatario que desprecia la educación y la cultura, que nunca ha leído y al que tampoco le interesa contar con partidarios instruidos, más bien todo lo contrario.

Aunque el acuerdo alcanzado el pasado miércoles, entre Trump y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, supone una tregua momentánea en la guerra comercial entre EEUU y Europa —así como un posible incremento de la compra de soja por parte de los europeos—, un resultado final y definitivo de reducción de barreras es aún incierto. Mientras tanto, las tensiones comerciales entre Washington y Pekín se mantienen en alza.

Desde el punto del crecimiento económico nacional, nada resuelve el presidente Trump otorgándole a los granjeros de Iowa subsidios por $12.000 millones, salvo el objetivo electoral de tratar de contentar a su base de votantes. Con ello se limita a repetir una vieja práctica común en Latinoamérica. Más bien recuerda una escena del filme brasileño Antonio Das Mortes, en que el hacendado —ciego, viejo y enfermo— reparte granos a una población hambrienta mientras grita inclemente que recuerden todos que es “una caridad” que él otorga.

Solo que Trump va a tener que repartir aún más, entre pidientes y pudientes.

General Motors calcula un impacto de $1.000 millones en sus cuentas este año, debido al alza en los aranceles a las importaciones de acero y el aluminio y la apreciación del dólar. Su valor bursátil se desplomó la semana pasada, víctima de la guerra comercial de Trump, que también daña a Ford Motor y Fiat Chrysler.

Las ganancias netas de la GM han sufrido una caída del 3 % en lo que va de año. El beneficio operativo se redujo en un 13 %. El grupo Fiat Chrysler ha visto reducido su beneficio operativo en un 11 % en el segundo trimestre. La ganancia neta en un 35 %, lo que significa $880 millones menos. Ford Motor ha recortado sus previsiones, según datos publicados en el diario español El País.

Los fabricantes de automóviles de EEUU advierten que los aranceles les obligarán a elevar precios y a ajustar sus plantillas para reducir costes. Es decir, automóviles más caros y despidos en las empresas.

¿Seguirá entonces el presidente Trump repartiendo subsidios, a cuenta de los contribuyentes, mientras su política comercial continúa acumulando fracasos?


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