Actualizado: 21/11/2017 14:51
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Weinstein, EEUU, Cine

Harvey el aceitoso

Lo de Harvey Weinstein ha sido, independientemente de su posible responsabilidad criminal, un linchamiento a cargo de su propia ganga profesional, en un frenesí que pretende exorcizarlos de ellos mismos

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En Demolition Man resuelven el problema. Cuando Stallone y Sandra Bullock van a tener sexo lo hacen a través de la realidad virtual. Se ponen dos aparatos en la cabeza y sentados a unos cuatro pies de distancia en una sala futurista, disfrutan por unos segundos del amor, casi gimen de placer. Pero de pronto Stallone, que había estado congelado como un popsicle durante muchísimos años en una cárcel criogénica, se desconecta y le pregunta entre perplejo e insultado, “¿Por qué”? Entonces la Bullock le responde, todavía un poco atontada por el coitus interruptus: “¡Ahgg…! es que aquello de intercambiar fluidos corporales era asqueroso”[1].

A John Spartan, el duro policía interpretado por Stallone, lo descongelaron en un mundo perfecto donde un grupo de sacerdotes de lo políticamente correcto domina la situación. No se pueden pronunciar las palabras equivocadas porque unas maquinitas situadas dondequiera te ponen una multa; ciertas comidas se han convertido en inmorales; a cualquier tipo de agitación se le llama violencia —la que es por supuesto condenable y de mal gusto— mientras los niños solamente se pueden fabricar en los laboratorios del Estado.

A la velocidad que vamos, en cualquier momento borran Demolition Man de la historia del cine americano. Alguien, o algunos, se ofenderán por su existencia. En la constitución de este gran país tal vez falte una enmienda que de hecho ya funciona. Es el derecho a sentirse ofendido. Yo me ofendo, tú te ofendes, él se ofende, nosotros nos ofendemos y entonces partimos dispuestos a cortar una cabeza o a derribar una estatua. Como hicieron los talibanes afganos con los Budas de Bamiyan en 2001. Entonces la gente repudió aquel pecado histórico y lejano en nombre de la religión, pero ahora florecen las justificaciones para en nombre de la ofensa borrar estatuas e historia. Como si con eso el horror cotidiano del humano se borrara y no siguiera existiendo —aunque a veces edulcorado por la pasión y la luminaria del triunfo— como es en el caso de Harvey Weinstein y de todos esos hombres, mujeres, travestis y transgéneros —de cualquier y toda preferencia sexual— que han usado y usan su poder para beneficiar o perjudicar a otro tras una exigencia erótica. Pero de ese horror, ¿será también víctima quien estuvo consciente de que para lograr su objetivo debía pagar con su cuerpo y pagó? Una forma refinada de prostitución.

Si abyecto es romperle desde el poder la posibilidad de progreso a cualquiera si no paga con su cuerpo, abyecta es la jauría de muertos vivientes hollywoodenses —lelos generalmente por la contemplación de su propia figura— que ahora se convierten en santos perseguidores del sucio Harvey. El aceitoso es culpable de haber perjudicado a quien no aceptó hacer cuchi cuchi por un papelito, pero quien lo logró solo hizo con Harvey una transacción comercial.

Lo simpático es que a Stallone lo descongelan en la película porque hay un maloso muy violento que antes logró descongelarse de la misma cárcel y está armando la del diablo en San Angeles, una ciudad tan perfecta que ya no necesita el papel sanitario. Los policías —Sandra Bullock es una de ellos— son incapaces de lidiar con el fugado y la única solución es combatir fuego con fuego. Pero el gobierno políticamente correcto del Dr. Cocteau tiene un problema: una resistencia que medra bajo la ciudad, gente vulgar que todavía se limpia el trasero, dice palabras prohibidas e ingiere comidas inmorales. Gente libre, podría decirse. Al final se sabe que Cocteau fue quien liberó al maloso Simón Phoenix para que matara, por supuesto violentamente, al jefe de la resistencia. La hipocresía políticamente correcta.

Lo de Harvey Weinstein ha sido —independientemente de su posible responsabilidad criminal— un linchamiento a cargo de su propia ganga profesional, en un frenesí que pretende exorcizarlos de ellos mismos. A veces da risa, cuando no tristeza, y la singular preocupación de que algún día nuestros nietos lleguen a padecer, real y efectivamente, de una endémica nostalgia por los exquisitos fluidos sexuales, porque con ellos también habrán sido eliminados, entre demandas judiciales y prevaricaciones, el arte de la seducción y la conquista.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=k80UQWWUIYs


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