Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Chavismo, La denuncia de hoy, Venezuela, Maduro

Heinz Dieterich Steffan, sociólogo alemán

A Heinz Dieterich Steffan se le puede comparar con esos generales que, desde lejos, mandan a sus hombres al combate, a la muerte inevitable

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En ninguna universidad del mundo enseñan alguna materia que se llame Decoro, o Dignidad, o algo así. De modo que existen hombres, que, además de una mente brillante de nacimiento, más brillo le han destinado gracias a sus estudios y a su fogueo en convenciones, foros, cursos y todo lo que falte. Tampoco en universidad alguna imparten algo que se titule, justamente, Imparcialidad. Aunque podríamos deducir que si hay ética, habrá toda la imparcialidad posible para el ser humano, quien, ya lo sabemos, es parcial de nacimiento. Pero la imparcialidad debe resultar asequible cuando se trata de ponderar causas, sucesos evidentes; ese famoso 2 x 2 = 4. Mas, esta ecuación no funciona para quienes, por una aberración, un “no dar su brazo a torcer”, el razonamiento supeditado a la pasión, o algo así, deciden avanzar contracorriente.

Heinz Dieterich Steffan es un sociólogo alemán nacido en 1943 y que vive en México desde hace décadas; profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Un hombre de izquierda. Un teórico muy frecuentado, autor de más de 30 libros en su especialidad. Es anticapitalista (sea esto lo que fuere). Son relevantes sus obras acerca del “Socialismo del Siglo XXI”, una propuesta que aboga por “la planeación y ejecución democrática (autogestión coordenada) de la economía, la valorización de productos y servicios por los insumos de tiempo (valores) y el intercambio de equivalencias”. Heinz Dieterich fue asesor del fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez. Pero de un tiempo a esta parte, al parecer un poco dolido con el curso de los acontecimientos en Venezuela, ha publicado algunos textos donde rezume esa preocupación del amante que advierte debilidades en el objeto amado. Así, en su artículo “Cómo salvar la economía venezolana y el Bolivarianismo”, publicado en Aporrea.org (21-10-13), donde se queja de la deriva de lo que él llama “bolivarianismo”, afirma que “cambiar el rumbo y salvar al Titanic [la revolución chavista] no es un problema de conocimiento, sino de poder. Todo economista venezolano bueno —keynesiano, neoliberal o marxista— sabe que hay sólo dos o tres opciones posibles. Pero, la actitud de autosuficienca del círculo gobernante [el actual gobierno de Venezuela] es tal que no escucha razones científicas ni de sentido común. Sóloun peso pesado como [Rafael] Correa [presidente de Ecuador] o Fidel Castro pueden romper tal locura”, (el resaltado en cursivas es mío). Como suele decir ante expresiones de este tipo un conocido mío: agárrame esa ballena por el chorrito.

En otro texto, publicado en Rebelion.org el 23 de junio de 2010, “El plan para destruir a Cuba” (uno hasta creía que ya estaba destruida, se entiende Cuba, su sociedad, sus riquezas, todo lo demás), el sociólogo alemán expresa: “El plan para destruir a la Revolución Cubana es una combinación del modelo de subversión que se usó para terminar con el ´socialismo realmente existente´ en Polonia y en la Alemania socialista (RDA). Ese plan, que está en plena ejecución, cuenta con cuatro elementos: la crisis interna de Cuba, la campaña mundial de presión y chantaje, la liberalización mercantil subversiva de Obama y, la Iglesia Católica”. Esto, aunque fue publicado en 2010, como ya vimos, ¿no parece una arenga más vieja, como de 20, 30, 50 años atrás?

Por momentos, uno podría comparar a Heinz Dieterich Steffan con esos generales que, desde lejos, y por tanto sin tener la más remota idea del estado de las tropas —malcomidas, sin ropas, agotadas, cansadas de una guerra estéril, asqueadas de la batalla— mandan a sus hombres al combate, a morir ineluctablemente.

Y ahí tienen que en estos días, a raíz de los tristes sucesos en Venezuela, el científico alemán, entrevistado por la cadena CNN en el espacio “Conclusiones”, el pasado 21 de febrero, responde al entrevistador Fernando del Rincón lo que podríamos resumir así (con raya inicial y cursivas, y a continuación mis observaciones):

—Para llegar a una conclusión habría que determinar primero de qué lado viene la violencia [durante las manifestaciones en Venezuela] y luego actuar legalmente.

La violencia, en mayor parte, como habrá podido apreciar Heinz Dieterich en los videos y otras informaciones que circulan, proviene del lado de la Guardia Nacional Bolivariana, de los grupos chavistas de apoyo y de la Policía. ¿Andan los estudiantes y demás protestantes con armas y garrotes? ¿En algún momento han sido los manifestantes los agresores físicos; se ha visto algún video que así lo demuestre? ¿De qué lado son los muertos, 14 hasta ahora?

—Leopoldo López quiere tumbar al gobierno por la fuerza.

¿Tendrá pruebas de esto? ¿Se puede tumbar a un gobierno “por la fuerza” sin contar con “fuerza” militar, solo desfilando pacíficamente? En caso de que esto fuera posible, ¿no sería demasiado débil, y con poco respaldo popular por tanto, un gobierno que sea “tumbado” de esta manera?

—Hay que buscar un gobierno nacional [en Venezuela] de concordia. La renta petrolera Capriles y la derecha la quieren para la oligarquía, los bolivarianos para el pueblo.

Son inspiraciones de Heinz Detrich, sin dudas. Porque de esto no debe tener pruebas tampoco. De esas inspiraciones que hacen saber los comunistas en cualquier esquina o en uno de esos banquetes a los que suelen asistir, cuando, a estómago lleno y el cerebelo enaltecido por el whisky, comienzan a clamar por el “pueblo”, esa cosa de la que ellos se han valido por casi un siglo para convertir en unos casos, y querer convertir en otros, a las individualidades en una suerte de ratones de laboratorio.

—El actual gobierno de Venezuela es democrático, fue legítimamente elegido.

Uno no entiende bien a estas personas de izquierda: a veces afirman que, por ejemplo, en Estados Unidos no hay democracia puesto que los gobiernos de aquel país, aunque elegidos en las urnas, no actúan democráticamente, no dan a la población las facultades que deberían tener.

En el caso de la Venezuela de hoy, son obvias estas preguntas y sus respuestas. ¿Es demócrata un gobierno que durante 15 años se haya dedicado a cosechar el odio, la división entre la población? ¿Hay democracia en un país en el cual las instituciones todas están bajo la égida del gobierno? ¿La hay en una nación donde sus gobernantes se dediquen a ultrajar, vejar, encarcelar a quienes no piensan como ellos? ¿Se puede llamar demócrata a un gobierno que censura a la prensa por todas las vías que le resulten posible? ¿Existe la democracia allí donde los miembros de la oposición en el Congreso han sido golpeados salvajemente por el oficialismo, sin que nada suceda? ¿Es demócrata un gobierno que ha empobrecido de manera general a su nación mientras desangra su economía para poner a salvo a la dictadura más vieja de América Latina, la existente en Cuba, sin que se sienta obligado a darle cuentas de ello al “pueblo”? ¿Serán elecciones “democráticas” esas en las cuales el gobierno derrochó a su antojo infinidad de recursos materiales, del “pueblo”, insultos y graves amenazas, contra el “pueblo”, para, finalmente, obtener una risible ventaja de 1 %? Un ejemplo: ¿es demócrata el primer mandatario que amenace e insulte en público y de esta manera a uno de sus oponentes: “El exalcalde de Chacao [Leopoldo López] que tiene la celda pulidita. Es cuestión de tiempo. Ese fascista le ha hecho mucho daño a este país y va a haber justicia, más temprano que tarde. Eso depende del poder judicial pero cuando el poder judicial emita decisión me tendrá a mi como jefe de Estado con la mano de hierro” (Nicolás Maduro, 17 de octubre de 2013).

—Todo gobierno tiene el derecho de suprimir a los medios de información en una situación como la que se ha producido hoy en Venezuela.

O sea, es correcto que el “bolivarianismo” venezolano haya expulsado del país a algunos reporteros, prohibido alguna emisora de televisión y bloqueado ciertas redes sociales. Es correcto, es legítima defensa, debemos entender. Claro, siempre que esto no suceda en Estados Unidos, España o Dinamarca si acaso se hallasen en situación semejante, porque entonces, sin duda, los comunistas como el politólogo Heinz Dieterich no estarían de acuerdo.

Etcétera.

Como hemos apuntado en textos recientes, con posturas incoherentes, insostenibles, ruines, como estas del sociólogo alemán Heinz Dieterich, los sobrevivientes de la teoría comunista cada día se hunden más, cada día resultan más esperpénticos, como aquellos payasos de los circos ripiera.

Ya ven. Así van las cosas.


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