Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Exposición, Estonia, URSS

Historias de la época dorada (I)

¿Cómo era la vida cotidiana en Estonia durante la etapa soviética? Una exposición permite echar una mirada retrospectiva sobre cómo era la existencia diaria tras el Telón de Acero

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Los países bálticos exsoviéticos están abriéndose poco a poco un hueco entre los destinos turísticos más solicitados. Pese a su reducida superficie, Estonia, Letonia y Lituania acogen culturas muy diferenciadas, con idiomas, tradiciones y temperamentos propios. Sus tres capitales constituyen el mejor ejemplo: Tallin, con su fascinante casco medieval; Riga, que presume de la elegancia de sus 750 edificios art nouveau; y Vilnius, cuyo esplendor barroco la convierte en la joya del Báltico.

Pero aunque son diferentes, esas tres repúblicas bálticas comparten el haber estado bajo el dominio de otros Estados vecinos más poderosos. Alemanes, suecos y rusos fueron los principales que invadieron esas tierras y las incorporaron a su territorio. Asimismo, en el siglo XX y cuando eran ya países independientes, Estonia, Letonia y Lituania sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial la ocupación nazi y la soviética. Esa etapa de su historia dejó terribles secuelas que, en algunos casos, persisten hasta hoy. Para mantener vivo el recuerdo de lo que entonces vivieron sus habitantes, tras independizarse gracias a la desaparición de la Unión Soviética, se han erigido monumentos y se han abierto museos dedicados a documentar aquel período.

En una reciente visita que hice a esos tres países, no me enteré a tiempo para ir a ver que el Museo de las Ocupaciones y la Libertad que existe en Tallin, similar a los existentes en Riga y Vilnius. Después he sabido también que entre los remanentes del período soviético está la prisión de Palarei. Hoy permanece abandonada y aún se pueden ver flores muertas en las mesas y pedazos de jabón en las duchas. Se mantiene sin tocar, como un recordatorio de la brutalidad de aquel oscuro pasado.

Asimismo, he leído que en Tartu, ciudad que se atribuye la capitalidad espiritual de Estonia, está el Museo de las Celdas de la KGB. Se trata de un edificio que fue nacionalizado y sirvió de sede a la principal agencia de la policía secreta. Tras la independencia y cuando el inmueble fue devuelto a la familia a la cual pertenecía, esta decidió donarlo al Museo de Tartu, que se encargó de crear una tétrica exposición con celdas en el sótano. Debido a su trágica y siniestra historia, en aquellos años al edificio se le conocía como “la casa gris”. Pero, desafortunadamente, no alcancé a visitar ninguno de esos museos. Fui en un viaje programado, y ya se sabe que es muy poco el tiempo que queda libre entre las excursiones incluidas.

Sin embargo, el azar se confabuló para concederme la merced de que no me fuera de Tallin totalmente frustrado. El último día que el grupo con el cual viajaba pasó en esa ciudad, la excelente y experta guía que nos acompañó hizo un breve comentario que de inmediato captó mi atención: cerca del mercado se puede ver una exposición que refleja cómo los estonios se las ingeniaban para vivir en la etapa soviética. Y a propósito de la guía, conversando con ella me dijo que es hija de madre estonia y padre cubano y que pasó parte de su juventud en la Isla.

Por la tarde, tras recuperarme con un baño del cansancio de un día de visitas a iglesias y museos, caminé varias cuadras en dirección a la estación de trenes Balti Jaam, al lado del mercado. Al llegar, encontré sin dificultad lo que buscaba. En una vidriera se anunciaba la exposición en estonio y también en inglés: Back in Time. Life in Soviet Estonia. Tuve mucha suerte, pues se indicaba que iba a estar abierta hasta las 7 de la noche. Entré al local y pagué los nueve euros que costaba la entrada a un chico, que por cierto me pareció demasiado joven para tener edad de trabajar.

La exposición no es grande. No ocupa mucho espacio y puede recorrerse en una hora. No había programa, así que no sé qué institución la organizó. He buscado en internet y no se especifica. Se abre con una reproducción de un apartamento típico de la época, y todos los muebles que se ven son auténticos. Sigue después un salón donde hay unos paneles donde se exhiben fotos y objetos, acompañados de textos explicativos en estonio y en inglés. A partir de lo que allí vi y leí, he armado una suerte de narrativa a la cual he dado cierto orden. A través de ella, los invito a emprender un viaje, no al futuro, como Marty McFly, el protagonista de la popular trilogía Back to the Future, sino al pasado, a la Estonia de los años dorados.

Eran los tiempos de las largas colas

Antes de iniciar el recorrido, una breve introducción. La exposición se refiere a las décadas de los 70 y los 80. Para entonces, el régimen soviético llevaba varios años establecido, los suficientes para que la gente en Estonia se hubiese dado cuenta de que la escasez, el control policial, la falta de libertades y la represión estaban allí para quedarse. Para algunos, aquellos años coincidieron con su infancia, una etapa de curiosidad y aprendizaje. Para otros, en cambio, eran tiempos de hacer frente a la dura vida cotidiana. A nivel estatal, había una fuerte ofensiva por estandarizar todo, pues no hay que olvidar que aquel era un régimen que pregonaba la igualdad social. Los autos eran todos iguales. Las tiendas tenían la misma selección de artículos. Los edificios de apartamentos eran idénticos y estaban habitados por personas que vestían ropas más o menos parecidas que tenían pensamientos similares.

Aquel período hoy puede parecer increíble y algunas historias han de hacernos reír. ¿Se imaginan un mundo en el que no había bananas y en el cual poder disfrutar un helado de chocolate era un sueño lejano? ¿O en el que, por lo general, todo lo que la población más necesitaba era escaso o no se encontraba? No se podía ir al supermercado y comprar lo que uno quería. Había cuotas de producción establecidas por un comité estatal de planificación. Y el recurso de hazlo-tú-mismo era imprescindible para poder llenar las muchas carencias del día a día. Eran, en fin, los tiempos de las largas colas y de la inconsolable añoranza por los productos occidentales. Pero los estonios no se dejaban vencer por el conformismo y trataban de hacer su vida lo más cómoda posible, pese a las condiciones tan adversas. Esa es la historia que cuenta Back in Time. Life in Soviet Estonia, que permite echar una mirada retrospectiva a cómo era la existencia diaria tras el Telón de Acero.

Lo primero que se podía ver en la exposición es, como ya dije, la reproducción de un apartamento típico de esa época. Dado que una imagen vale más que mil palabras, me abstendré de tratar de hacer una descripción del mismo, pues además serviría de muy poco. En lugar de eso, en la galería de fotos que acompaña a este texto pueden ver las imágenes que tomé con mi iPhone. Hay también otras que corresponden a un establecimiento comercial y que, al igual que el resto de lo que se ve en la exposición, incluye objetos auténticos. Esas fotos hablan por sí solas, de modo que pasaré a narrar las historias que venían a continuación.

Los pocos extranjeros que en aquellos años iban a Estonia se asombraban de ver las colas interminables tanto fuera como dentro de las tiendas. Lejos de ser inusual, era algo muy común, debido a que los productos eran escasos y no siempre estaban disponibles. Si veían una cola, los estonios se unían a ella y solo entonces se ocupaban de averiguar qué vendían. Una cola significaba que en la tienda habían sacado algo, y la gente sabía además que la cantidad era limitada.

Si el extranjero entraba en el comercio, veía con ojos desmesurados cómo aquellas personas se empujaban unas a otras para llenar sus cestas con cualquier cosa: unos zapatos incómodos, unos comestibles insípidos, unos electrodomésticos un poco decentes. Cualquier cosa que hubiese había que agarrarla, porque al día siguiente habría menos o simplemente no quedaría nada. Para mantener controlado el número de compradores, las tiendas disponían de un número limitado de cestas. Eso significaba que, para comprar, digamos, leche o salchichas, era necesario hacer primero una cola para coger una cesta. Luego hacer otra en el mostrador de la leche o las salchichas y, eventualmente, una más para pagar.

Los empleados eran famosos por su mal humor y por estar siempre enfadados. Dado que la gente terminaba comprando cualquier cosa que fuera remotamente comible y útil de alguna manera, los susodichos no se preocupaban por hacer su trabajo. Los clientes además no tenían la opción de irse a otro sitio donde los atendiesen mejor, así que se sentían como reyes.

A menudo ocurría que, en las horas de la mañana, los clientes se llevaban todo lo que había. Quienes iban a las tiendas después de las 5 de la tarde, tras salir de trabajar, no hallaban pan ni leche, por no hablar de salchichas. Una tienda de Tallin encontró una solución inteligente: en la mañana, ponían en los estantes una parte de los productos. Obviamente, estos se agotaban con más rapidez. Y a las 5 de la tarde, cuando finalizaba la jornada laboral, sacaban el resto. Por otro lado, las tiendas de los pueblos solo recibían salchichas una vez a la semana, y para hacer que duraran solo permitían a cada persona comprar 200 gramos.

Como norma, el vodka nunca faltaba

En las tiendas faltaba casi todo, por lo cual resulta fácil hacer una lista de los productos que usualmente había. Eran estos: pan, leche, macarrones, puré de tomate, harina de segunda calidad, pescado congelado y en lata, a veces pollo, botellas de 3 litros de jugo de tomate y savia de abedul. En lugar de esta última, a menudo se vendía una mezcla aguada de ácido cítrico y azúcar. Asimismo, de algún modo había que garantizar que la población mantuviera el ánimo en alto. Así que, como norma, el vodka nunca faltaba.

¿Había alguna tienda bien surtida en toda la Unión Soviética? Sí, había una, y allí se podía hallar lo más destacado de la industria ligera: ropa, perfumes, joyas, suvenires, baratijas. Se podía escoger entre abrigos de piel genuina y trajes y vestidos de las mejores casas francesas, como Chanel y Christian Dior. Era la icónica tienda de departamentos GUM (abreviatura de Glávnyj Universálny Magazin, Tienda Universal Estatal, con énfasis en la última palabra), situada en la Plaza Roja, en Moscú. Tras su reapertura al morir Stalin, se convirtió en el sitio donde las mujeres soviéticas podían tener la esperanza de lucir un poco como las bellezas extranjeras. Fue a partir de entonces cuando se hizo legendaria la sección número 200, con servicio especial para las fiestas de la elite del poder, y que era un secreto de estado.

Al GUM solo podían acceder los representantes de las delegaciones extranjeras y los altos dirigentes del partido, sus esposas y sus hijos. El ciudadano común rara vez entraba en GUM, pues se le exigía un pase que debía solicitar al Comité Central. Después de su famoso vuelo, Yuri Gagarin, el primer cosmonauta del mundo, fue premiado con una visita personal a la sección 200. Algo funciona mal, muy mal en un país cuando se necesita viajar al espacio para que a uno le permitan ir a una tienda.

El 4 de octubre de 1994, en la calle Tihniku se abrió Maksimarket, el primer hipermercado que hubo en Tallin. Como era más grande y mejor surtido que los demás, empezó a operar una línea de autobuses que circulaban entre la plaza Veru y Maksimarket. Personas de todo el país organizaban viajes para ir de compras. Incluso no era raro ver allí compradores que iban desde Letonia.

Desde Tallin se puede ir en barco hasta Helsinki, un trayecto que solo dura un par de horas. ¿Por qué no iban los estonios a comprar y volver en el día? La respuesta es muy simple: a los estonios apenas podían salir de la Unión Soviética. ¿La razón? Sencillamente no estaba permitido. Había cierta libertad para ir a los hermanos países socialistas, pero era prácticamente imposible visitar el resto del mundo. Los regímenes soviéticos hacían todo lo que estaba a su alcance para evitar que la gente conociera otros países fuera del Telón de Acero.

Por supuesto, había unos pocos que podían viajar. Pero ese viaje implicaba un proceso tan arduo y dilatado, que muchos se rendían nada más empezarlo. Salir con toda la familia quedaba definitivamente fuera de las posibilidades. Las personas tenían que viajar como parte de grupos, en los cuales iban, como es natural, espías de la KGB. Era muy difícil que a los dos miembros de un matrimonio les permitiesen viajar. Y si se lo permitían, se les obligaba a dejar un hijo como “rehén”, para evitar que los padres no volvieran.

Si no podían viajar a esos países, ¿qué hacían los estonios? Se iban de excursión para recorrer la Unión Soviética, el país más grande del mundo. Más grande incluso que Sudamérica. Un país con inmensos desiertos y bosques infinitos. Con más de 70 ríos en sus 100 mil kilómetros de extensión. Con picos de más de 7 mil metros, para no mencionar otros menos altos. La Unión Soviética era uno de los dos países del mundo que podían presumir de tener zonas climáticas que iban del frío ártico al subtropical.

No había límites para ir de excursión por esos territorios. Los equipos para hacerlo que se vendían eran ya otra cuestión: pesados, inconvenientes, toscos. Turisti Eene era la marca de carne enlatada más usada por los excursionistas. Era una de las pocas disponibles en las tiendas, aparte del arenque en salsa de tomate. La etiqueta no indicaba los ingredientes con que Turisti Eene se preparaba. Mas en tiempos tan difíciles, fácilmente podía contener cualquier cosa: menudencias, grasa, cebolla, zanahoria e componentes por el estilo.

Era bastante habitual que los estonios disfrazaran las excursiones como expediciones científicas. Eso hacía que antes de salir se preocuparan de consiguieran documentos oficiales, que eran muy útiles: podían ayudar a conseguir transportes estatales, desde un tractor hasta un helicóptero. Para aparentar que, en efecto, se trataba de una expedición científica, los excursionistas se ocupaban de llevar un diario de viaje.

La amenaza de la guerra nuclear, una técnica de distracción

En la década de los 70, Tallin tenía 400 mil habitantes y había 20 restaurantes. Aparte, estaban los de los hoteles, reservados para los huéspedes extranjeros. ¿Cómo eran los restaurantes en aquellos años? Eran chics y modernos. Las mesas tenían manteles blancos y platos de porcelana. Los camareros estaban bien entrenados y usaban smoking. Había un escenario donde un grupo interpretaba música para bailar. En las noches, solo la clase dirigente podía ir a comer. En nuestros días es usual ver personas en la puerta que invitan a entrar. Pero entonces en los restaurantes había porteros cuyo trabajo era decidir quiénes tenían el privilegio de entrar en esos sitios elegantes. Existían además normas para quienes iban. En el caso de las mujeres, era obligatorio llevar vestido de noche, mientras que a los hombres les exigían ir con traje y corbata.

¿Por qué había tantos comedores? Las autoridades soviéticas querían hacerlo todo de un modo diferente. Una de las ideas que se les ocurrió fue liberar a las mujeres de la obligación de cocinar. La meta era lograr que ninguna lo tuviera que hacer. Con ese fin, en las principales ciudades de Estonia se construyeron comedores, que pudieran alimentar a miles de personas. Todas las empresas contaban con los llamados comedores obreros, que ofrecían comida sencilla y barata. Aquellos obreros que desempeñaban labores que, de alguna manera, podía afectar su salud, recibían diariamente medio litro de leche adicional. En la práctica, la idea de que los estonios utilizasen los comedores no funcionó. A pesar de que las cocinas de los bloques de apartamentos eran pequeñas —medían 1.6 X 2.8 ms.—, la gente prefería la comida hecha en casa. También había comedores públicos, pero usualmente carecían de higiene, la comida era de inferior calidad y en las paredes había letreros con avisos como “Vacíe la bandeja después de comer” y “No pase el huevo duro por la sal”.

Los niños y jóvenes de Estonia vivían entonces con un miedo tremendo a algo que no perturba los niños y jóvenes de hoy: la guerra nuclear. Los habían convencido de que, en cualquier momento, las nubes del hongo atómico podían aparecer en el horizonte y el mundo sería destruido. La flora y la fauna arderían hasta convertirse en ceniza por el calor, y los seres humanos morirían a causa de la explosión, o más tarde por las radiaciones, en medio de dolores terribles.

Cualquier avión que pasase desataba la histeria. Los niños temían quedarse dormidos, pues esa noche podía comenzar una guerra nuclear. Una vez al año, las escuelas llevaban a los alumnos a pasar entrenamientos organizados por la defensa civil. Los de la enseñanza primaria aprendían a hacer máscaras para la cara con gasa de algodón. Por su parte, los de más edad asistían a entrenamientos en los que aprendían que, en caso de una explosión nuclear, era importante tirarse al suelo con la cara hacia abajo y los pies hacia la explosión, cubriéndose cabeza y cuello con las manos.

¿Por qué se hacía todo esto? Era una técnica de distracción, para desviar la atención de la gente de los problemas reales, como el hecho de que las tiendas estaban vacías, o que a pesar de la retórica pacifista el Estado empleaba el dinero para mantener la mayor ofensiva militar del mundo. Además, el régimen soviético sabía que era mucho más fácil controlar y manipular a una población atemorizada. Eso funcionaba con los niños y jóvenes. Los adultos no demoraron en darse cuenta de que aquello no era más que propaganda.

Y cuando no estaban con el temor de la guerra nuclear, ¿cómo se entretenían los niños en Estonia? Pues leían libros y veían la programación infantil en la tele, que solo duraba una hora, de 8 a 8:30 de la noche. A veces pasaban algún tiempo en el exterior, aunque fuera de los nuevos bloques de edificios de apartamentos había muy poco de particular interés que hacer. Entonces no existían los videojuegos ni tampoco las computadoras, como las conocemos actualmente. Las primeras que existieron en el país se usaban en las empresas, y nadie podía imaginar que pudieran usarse para otra actividad.

Otra forma de entretenerse que tenían los niños era recogiendo cosas. Competían para ver quién encontraba las más originales o curiosas. ¿Qué recogían? Etiquetas de chocolates y caramelos. Sellos de correo. Cajas de cerillas. Distintivos. Piedras. Fotos de artistas. Y, por supuesto, todo lo que procedía del extranjero: chapas de botellas, envolturas de chicles, cajas de cigarros, latas de cerveza, revistas. En aquellos grises días, esos objetos eran la prueba de que allá fuera y lejos las personas llevaban una existencia colorida, maravillosa y excitante.

¿Con qué soñaban entonces los niños? Con lo mismo que sueñan los de nuestros días, aunque en general sus sueños eran más simples. Como las madres solo tenían dos semanas después de parir, era bastante común que los niños de seis o siete años fueran responsables de cuidar a sus hermanos menores. No tenían descanso ni en el verano, pues en esa época todo el mundo estaba ocupado en ir a recoger productos agrícolas. Así que los chicos soñaban con tener tiempo libre, en el cual pudieran ser ellos mismos y, sencillamente, no hacer nada.

Y, naturalmente, también soñaban con cosas del extranjero. Los juguetes locales eran escasos, feos y poco adecuados para jugar. Desde una distancia prudencial, se podía adivinar si un juguete era soviético o de otro país. En aquellos años, un niño dijo: “Si el Rey del Mundo me propusiera: Podrías vivir en la soñada Finlandia durante un mes y tener todo lo que quieras que halla en las tiendas, pero al final del mes morirías, yo hubiera considerado seriamente su propuesta”. Afortunadamente, la Unión Soviética colapsó y el sueño de aquel niño se hizo realidad. Hoy todos los estonios pueden vivir mejor. Por supuesto, hay problemas y siempre los habrá, pero no son comparables al teatro del absurdo que era la Estonia soviética.