Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Libia, España

Hoy toca a Libia

Vuelven a aparecer en las calles españolas grupos de esos pacifistas que han hecho del no a la guerra una consigna metafísica

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Mientras la coalición interviene en apoyo a los insurgentes en la Libia feudal del coronel Gadafi, vuelven a aparecer en las calles españolas grupos de esos pacifistas que han hecho del no a la guerra una consigna metafísica que quiere sobreponerse a la realidad del mundo que padecemos. Por su afición a tapar el sol con fantasías sectarias, es comprensible que, entre los que repiten ciegamente el mantra del no a la guerra —siempre contra las potencias democráticas, nunca contra los regímenes criminales—, abunden contumaces panegiristas de gobiernos manifiestamente tiránicos y corrompidos, como, verbi gratia, el de los Castro o el de Hugo Chávez. (A propósito, recuerdo que desde Canarias viajó a Irak un grupo de mujeres del no a la guerra para servir de escudo humano a Sadam Husein frente a los misiles de la “sanguinaria coalición imperialista”. Sadam, que era una alimaña recelosa, debió de desconfiar de aquellas insensatas porque no las recibió y mandó sacarlas del país.)

Hace ocho años, cuando tronaban los tomahawks que destronaron al sátrapa iraquí —quien empleó armas de destrucción masiva contra kurdos e iraníes sin que los pacifistas sacaran a la calle ni una sola pancarta de no a la guerra—, escribí un artículo que apareció en este mismo periódico y que ahora, lamentablemente, ha vuelto a cobrar actualidad. A él pertenece este párrafo: “La guerra siempre tiene un precio alto, un precio que pagan más inocentes que culpables. Pero también la paz, a veces, tiene un precio elevado. No siempre la paz es posible ni está exenta de riesgos. Una paz mal concebida puede conducir a situaciones atroces, como demuestra la historia del nazismo. La experiencia histórica enseña que es aconsejable evitar la guerra por todos los medios, pero no a toda costa”.

Solo para el acaudalado señor Gadafi, su voraz parentela y sus secuaces sería bueno que las democracias no hicieran nada para impedir la derrota de los rebeldes libios, quienes han abrazado las reivindicaciones de la Primavera Árabe, hartos de malvivir sin derechos en un país que nada en petróleo y en el que se enriquece cada día más el clan del déspota que los tiraniza. Un déspota despiadado que lleva cuatro décadas ejerciendo el poder absoluto, que durante años promovió el terrorismo contra Occidente —no olvidemos Lockerbie, entre otros episodios espeluznantes— y que ahora, lejos de propiciar una solución civilizada al conflicto con su pueblo, les echa el ejército y la aviación encima a quienes le reclaman libertades, y amenaza a la comunidad internacional con volver al terrorismo de manos con Al Qaeda.

El mundo es más habitable cuando alguien “de un revés echa por tierra a un tirano”. Hoy, ante el estallido de inconformidad que —presumiblemente— está empujando al mundo árabe hacia un renacimiento democrático, las potencias occidentales no deben mandar mensajes confusos o desalentadores a quienes se están jugando la vida por ese renacimiento, que, de cuajar, sin duda habrá de ser uno de los fenómenos políticos más importantes del siglo XXI. Si se cruzaran de brazos mientras el perturbado de la jaima extermina a sus opositores, EEUU y la Unión Europea estarían enviando a la juventud árabe sublevada el peor de los recados, y el mejor a las castas feudales que, como la de Libia, la oprimen y reprimen.


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