Actualizado: 21/03/2019 16:17
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Guaidó, Venezuela, Maduro

Idus de Marzo

El dilema es lo que viene después, como sucedió tras el asesinato de Julio César

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Vidente: Cuidado César, con los Idus de Marzo.
Julio César: Es ya Idus de Marzo y estoy vivo todavía.
Vidente: Los Idus de Marzo no han acabado aún.
Presumible diálogo según Suetonio,
Vida de los doce Césares

El 15 de marzo del año 44 a.C. Julio Cesar acudió al Foro Romano para escuchar una petición de los senadores. El Imperio sufría los efectos de la concentración del poder en sus manos: divisiones internas, negocios quebrados y una nueva guerra en el horizonte. Todos en Roma sabían de la conspiración menos él, según narra Plutarco. Julio César había suplantado la Republica, y los senadores eran figuras decorativas, sin ningún poder efectivo. Cual novela garciamarquiana real, sucedida dos mil años antes, Marco Antonio supo del complot, pero no llegó a tiempo para alertarlo. La suerte del guerrero estaba echada: los asesinos llegaron primero y le dieron más de veinte puñaladas —lo cual ilustra el nivel de odio y venganza de los homicidas.

La muerte de Julio César por senadores amigos, incluyendo a Décimo Junio Bruto Albino, familiar cercano del Dictador, ha quedado en la Historia como el final previsible para quien ostenta el poder con carácter omnímodo; el final para quienes, viviendo en una burbuja de triunfalismo, invulnerabilidad fatua, no valoran a sus semejantes como iguales. De eso se trata la Dictadura y el Dictador: tan alejado de la realidad que no ve venir a los asesinos.

Según Horacio Medina, experto petrolero entrevistado en la radio del sur de la Florida, los efectos del embargo de crudo y componentes debe empezar a sentirse en la primera quincena del tercer mes. La escasez de gasolina y diésel no solo afectaría al sector privado sino, y muy importante, el “bachaqueo” de gasolina a través de las fronteras y la movilidad del ejército y la policía, dificultando la represión.

Ya nadie habla del Petro, y mucho menos del Bolívar Soberano, a esta altura a más de 3.000 por dólar cuando el salario mínimo ha sido elevado por enésima vez a 4.500 bolívares soberanos. A pesar del control centralizado de muchos precios, lo cual aumenta el mercado negro y devalúa más la moneda, la oferta de productos sigue siendo insuficiente para detener una inflación que es un record para el Continente. No es la guerra económica sino la destrucción del aparato productivo y la emigración masiva de quienes hacen producir los factores de esta marcha atrás sin retorno.

A esto se une el cerco político y diplomático, inédito en el Siglo XXI. El mundo civilizado no dictatorial, salvo deshonrosas excepciones, no reconoce al Dictador. Pero no es suficiente. La congelación de activos en esos países “traidores a Venezuela” puede haber sido prevista por los padrinos insulares. El efectivo y otros valores reposan hace mucho tiempo en bóvedas “amigas”. Hay suficiente cash, no para comprar leche en polvo o fórmula hidratante, sino para garantizar a los altos oficiales la tranquilidad hogareña.

Mucho se ha especulado sobre lo sucedido el sábado 23 de febrero. Todavía hay hermanos venezolanos que no acaban de entender hasta donde calan las ideas totalitarias, de lo que son capaces las masas fanáticas, convencidas de que el contrario es el enemigo; los demás son cucarachas, ratas, escuálidos, gusanos que deben ser exterminados, fumigados, ejecutados con un tiro en la cabeza o una bomba lacrimógena. Son veinte años de sistemático y profundo adoctrinamiento en una sociedad cuya meta primera fue cargarse todos los medios de difusión alternativos.

Lo único que con certeza sabemos es que el 23 de febrero la orden a Nicolás y su pandilla fue resistir. Y suponíamos, también, que el Gobierno norteamericano no iba a intervenir sin el apoyo de dos países: Colombia y Brasil. Son ellos, los dolientes fronterizos, víctimas de grupos irregulares, narcotráfico e inmigración desordenada y masiva, quienes deben asumir el protagonismo en cualquier acción punitiva. Los “gringos” dirían como Mohamed Ali: “bueno, a nosotros los bolivarianos no nos han hecho nada”.

Hay una palabra en política y en otras áreas llamada timing, traducible al castellano solo en su significante lacaniano ––representación mental, simbólica. Timing es oportunidad precisa, el momento, ni un antes ni un después; instante en el cual la intervención apropiada produce el cambio, hace la diferencia. Muchos analistas hablan de que el timing para resolver la situación venezolana no ha llegado aún. No al menos el pasado sábado 23. Entonces el presidente Trump y su gobierno estaban enfrascados en dar solución al conflicto coreano, un peligro mucho mayor para toda la Humanidad.

Tampoco era el timing del ejército venezolano. No les tembló el pulso para disparar a mansalva. Hay mucho miedo, y a la mayoría no queda claro su lugar en una era post-Maduro. ¿Era el momento de Brasil y Colombia? Con el Grupo de Lima todo, sin el Grupo de Lima nada. Y el Grupo de Lima ha renunciado por ahora al uso de la fuerza. Es grande el complejo latinoamericano hacia una invasión norteamericana. Además, existe el temor, bien fundado, por la retaliación de los movimientos izquierdistas afiliados al moribundo —pero aún con vida— Foro de San Pablo.

La única pieza en este dominó geopolítico que pudiera cambiar el juego antes del 15 de marzo sería la detención y probable daño a la integridad física de Juan Guaidó. El régimen bolivariano así lo ha anunciado, y es hora de empezar a hacerle caso. Si en algo han sido coherentes hasta ahora Maduro, Cabello y su ganga es que toda la represión que anuncian la cumplen.

La variante de apresar al presidente encargado tras su regreso es factible. Develaría una delicada labor de inteligencia: se conoce el probable sustituto, con quien es posible “pactar”, ganar tiempo, y excluir a los combativos políticos de Voluntad Popular —sus líderes, casi todos presos o en el exilio. Otra lectura es la obcecada conducta dictatorial en sus finales: no valorar las probables consecuencias en toda su magnitud.

Todo el mundo, hasta sus amigos, están cansados de Maduro y su séquito. Pero nadie está dispuesto, hasta ahora, a empuñar la daga justiciera. Nicolás, como antes fueron César y otros dictadores, empezó a ser prescindible cuando entorpeció los negocios, y con su guapería de terminal de ómnibus soliviantó la paz regional. Por ahora, solo Estados Unidos es el único país dispuesto a removerlo por la fuerza; antes quiere hacer visible a todos —ONU, OEA, Grupo de Lima—, que no hay otra opción para resolver el conflicto.

El problema no es la eliminación del emperador, lo cual es relativamente fácil cuando los complotados están en la misma página. El dilema es lo que viene después, como sucedió tras el asesinato de Julio César. Iraq, con sus miles de muertos y millones de dólares dilapidados, es una experiencia demasiado reciente y dolorosa para que Estados Unidos la olviden con tanta rapidez.


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