Actualizado: 14/11/2019 12:33
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Tumba, España, Franco

Inútil ejercicio de antihistoria

Sobre la exhumación de Francisco Franco en el Valle de los Caídos

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Escribo esta nota el 24 de octubre, Día de las Naciones Unidas y, a partir de hoy, de la exhumación de Francisco Franco, que he seguido en las noticias que me llegan de España a través de los medios y las redes sociales. A mí —que quisiera desenterrar a Castro y lanzar sus cenizas más allá de las 12 millas de las aguas territoriales de Cuba y dinamitar el horrendo monumento al Che Guevara en Santa Clara, y a quien le parece que la momia de Lenin es una obscenidad— no me hace tan feliz la exhumación de Franco. Inconsecuencias, podría decir alguien, y tal vez tendría razón, pero la figura de Franco, pese a su larga dictadura, se me hace menos aborrecible, algo que un español de izquierdas juzgaría como un sencillo acto de parcialidad. Yo, en cambio, no me siento tan seguro de que mi edulcorada antipatía responda a tan sencilla explicación.

En primer lugar, es absolutamente indiscutible que el alzamiento de los nacionales que Franco terminó liderando libró a España del pavoroso régimen que instauró el Frente Popular a partir de 1936 y que se prolongó durante la guerra civil. La República Española, secuestrada por comunistas y anarquistas tras las elecciones de ese año, cometió en pocos meses los suficientes desmanes y dio sobradas pruebas de su incapacidad de gobernar para justificar el levantamiento de los militares. No tengo duda alguna de que esta insurrección respondía no tanto a la ambición de unos aventureros cuanto a la decisión patriótica de librar a España del mandato arbitrario y criminal de una crápula enloquecida que ni siquiera podía gobernarse a sí misma.

Luego, el alzamiento estuvo bien y la guerra subsecuente, por impresentables que pudieran ser los aliados (aquí cabe perfectamente el refrán de “hágase el milagro y hágalo el diablo”) se justifica por los fines (siempre es así) y la derrota de la república mereció entonces y sigue mereciendo una celebración.

Hizo mal Francisco Franco en eternizarse en el poder y mal también en ser implacable con muchos de sus enemigos políticos, sobre todo en las primeras décadas de su dictadura. Cuanto mejor habría sido que, tras unos pocos años, le hubiera dado paso, mediante un plebiscito o cualquier otra forma de consulta popular, a la democracia que todos los españoles merecían. El apego al mando —que no al enriquecimiento que tantas veces este conlleva— lo hizo quedarse en ese puesto de salvación nacional hasta el último día, como hicieron en su momento los reyes absolutos. En eso erró, por un amor distorsionado a su país.

La dictadura franquista fue represiva, qué duda cabe, pero, en su trayectoria, echó las bases de la España moderna que habría de consagrar la transición. En el ámbito social, pocas cosas tuvieron que hacer los gobiernos a partir de 1975 que ya no fueran logros establecidos. Repugnaba la ideología despótica el régimen, y está muy bien que nos repugne todavía; pero muchos de los resultados de su gestión siguen siendo apreciables en la sociedad española: en la seguridad social, en las obras públicas, en la infraestructura que hace posible el turismo… Es una pena que Franco haya querido quedarse tantos años al frente del Estado paralizando la evolución democrática, cuando tuvo la oportunidad de echarse a un lado y ver, como un moderno Diocleciano, como evolucionaba su obra. Debió haber creído que su proyecto de nación se hundiría si él llegaba a faltar, y eso es precisamente lo que ocurre cuando un gobernante se eterniza. La salvación y modernización de España, de la cual fue gestor, se vieron empañadas por su larga permanencia en el poder.

Con todos los defectos y limitaciones que quieran apuntársele, Franco fue el fundador de la España moderna, como Atatürk lo sería de Turquía. La monarquía parlamentaria que ha regido en España desde 1975 es su legado y sería iluso buscarle otros orígenes. Como bien dijera una vez el líder comunista Santiago Carrillo, “Franco empezó la transición”.

Habría sido mejor dejarlo tranquilo en su mausoleo, no intentar reescribir la historia con una exhumación. Los comunistas —y otra gente peor— perdieron la guerra civil, a Dios gracias, y de esa oportuna derrota se deriva todo lo que vino después, con grandezas y miserias, luces y sombras. Pretender condenar a Franco es un inútil ejercicio de antihistoria.


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