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Egipto, Cuba

La corte del faraón

No basta el deseo de derribar a un dictador si no existe una correlación de fuerzas favorable para ello

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“No podemos permitir en ningún caso que un general egipcio, héroe de la guerra de Octubre de 1973 contra Israel, sea humillado, no importa el precio político que haya que pagar”, han dicho los generales egipcios con relación a los pedidos que exigen la renuncia inmediata del corrupto dictador Hosni Mubarak.

Traducido a realpolitik: el general Hosni Mubarak se irá del poder porque no le queda más remedio, pero no cómo o cuándo exijan los manifestantes de la Plaza Tahrir y las dispersas y débiles fuerzas opositoras, sino de acuerdo a lo que decidan los altos mandos de las fuerzas armadas, verdadero poder en Egipto.

Antes de desgastarse discutiendo tal afirmación del generalato egipcio hay que recordar que en estos temas actúa lo posible, de acuerdo a la correlación de fuerzas, no con deseos ni emociones. Así que, en vez de pretender matar al mensajero, hay que preguntarse si en Egipto existen fuerzas con poder suficiente para una solución diferente a la que pretende el estamento castrense.

La respuesta sería “no”, porque el rais, durante sus largos años de dictadura, se encargó de que fuerzas capaces de retar su poder no existieran o estuvieran debilitadas al máximo en el momento decisivo. Cualquier parecido con la realidad cubana no es pura coincidencia.

La Hermandad Musulmana, proscrita desde los años cincuenta, en la reciente reunión con el vicepresidente Suleimán, hasta muy recientemente jefe de los servicios de seguridad egipcios, y con un enorme retrato de Mubarak como fondo, propuso que el rais se alejara del poder en junio con garantías de que no habría represalias, a recibir atención médica alegando un delicado estado de salud (solución que Alemania estaría dispuesta a facilitar continuando el tratamiento comenzado el pasado año).

Suleimán rechazó la propuesta, alegando que Mubarak debe presidir la transición en un proceso de 200 días que la oposición debe aceptar. Dijo que si Mubarak renunciara antes de septiembre, la elección presidencial se llevaría a cabo bajo las leyes vigentes en este momento, y las reformas solamente podría introducirlas un nuevo presidente en 2016. De manera que si la oposición desea reformas políticas deberá cooperar con Mubarak en el poder para lograr que firme las nuevas leyes. Evidente chantaje.

Sin embargo, el hecho de que la fuerza opositora más numerosa y mejor estructurada en el país propusiera su solución para junio indica que no creía que existieran condiciones inmediatas para expulsar al dictador.

A diferencia del depuesto dictador tunecino Zine al-Abidine Ben Ali, Hosni Murabak es un piloto de combate que fue jefe de la fuerza aérea y considerado un héroe de la guerra del Yom Kippur, nombrado vicepresidente del país por Anwar el Saddat en 1978, y que llegó a la presidencia tras el asesinato de Saddat por la Hermandad Musulmana (sí, esos mismos) en 1981. Un “histórico” según los estándares egipcios.

Cuando el presidente Barack Obama le sugirió la posibilidad de renunciar, su respuesta fue: “Usted no comprende la cultura egipcia ni lo que sucedería si yo renuncio ahora”.

A la corresponsal de ABC News, Christiane Amanpour, señaló: “No me importa lo que dice la gente sobre mí. Ahora mismo lo que me importa es mi país, me importa Egipto”. Y sobre la posibilidad de abandonar el país le dijo tajantemente: “Nunca me iré. Moriré en esta tierra”.

Recurrir al patriotismo extremo, el nacionalismo y la leyenda personal es típico de los dictadores para legitimar su poder, pero ser capaz de mantener tales posiciones hasta las últimas consecuencias es algo que siempre estará por ver: si las cosas se complican o el Establishment militar egipcio modifica su opinión por alguna razón, nada asegura que el señor Mubarak o los generales estén dispuestos a cumplir su palabra hasta el final, sobre todo si sabemos que al dictador se le señala una riqueza malversada a la nación egipcia que oscila entre los 40.000 y 70.000 millones de dólares, aunque la cifra podría estar un poco exagerada.

Las presiones de Occidente y las demandas de los manifestantes no habían logrado quebrar el sprit de corp del generalato egipcio en torno al Presidente en las primeras dos semanas, y la presión en la Plaza Tahrir había perdido fuerza tras el brutal asalto de turbas parapoliciales, el discurso de Mubarak renunciando a la reelección y prometiendo reformas, y el inicio de conversaciones con la oposición.

Pero en la medida que avanzó el día, el martes las manifestaciones resurgieron con mucha fuerza y se extendieron a lo largo y ancho del país, y en El Cairo grandes grupos de trabajadores se rebelaron contra administraciones impuestas por el Gobierno y crearon “comités revolucionarios” para dirigir las empresas.

Tan grave se tornó la situación el martes en la noche que Estados Unidos desplegó un grupo naval de combate en el Gran Lago Amargo del Canal de Suez, compuesto por seis buques, un submarino “invisible” de ataque rápido para apoyo de unidades especiales, helicópteros para desembarcos, y 2.200 marines reforzados con dos batallones de operaciones especiales, todo listo para ser utilizado con urgencia en el evento de una amenaza a la navegación por el Canal de Suez.

Una situación caótica y fuera de control en Egipto es un riesgo demasiado colosal para la seguridad nacional de Israel y la estabilidad de Europa para poder tomarse las cosas a la ligera.

Los manifestantes en la Plaza Tahrir parecía que serían cada vez más una estampa folklórica que fuerza política decisiva en la medida que avanzaran las conversaciones con la oposición y el país fuera retornando a la normalidad, pero los eventos del martes invirtieron nuevamente la ecuación a favor de los manifestantes.

Aunque de ninguna manera hubiera podido decirse que el levantamiento popular contra Murabak había fracasado, tras haber logrado que el dictador se comprometiera a salir del juego y su hijo Gamal no tuviera posibilidades sucesorias, ahora con la nueva situación es más probable que las cosas resulten como pretendían inicialmente los manifestantes.

Si el ejército finalmente decide no apoyar a Mubarak vendrá un período inicial de mano dura en Egipto por parte de los militares, con el objetivo de controlar inmediatamente el caos y retornar el país a la normalidad lo antes posible, pero si ese período imprescindible se extiende más de lo aceptable podrían surgir nuevas complicaciones.

Más temprano que tarde culminará un proceso de transición que de hecho ha comenzado, y la corte del faraón creará condiciones para un nuevo gobierno resultado de elecciones y promesas de honestidad administrativa. Deberá respetar la voluntad del pueblo egipcio y no poner en peligro el delicado balance geopolítico del Medio Oriente. Los generales, sea cual sea su nombre, seguirán teniendo un papel importantísimo en la estabilidad del país y de toda la región.

No sería el mejor de los mundos posibles, pero es lo más que parece que podría lograrse de momento, porque para expulsar a un dictador se necesitaba algo más que desearlo: hacía falta también una correlación de fuerzas internas y externas favorable para el cambio, y un dictador sin demasiada voluntad de aferrarse al poder y sin el apoyo de sus camaradas de armas.

Si el Ejército llega a la conclusión de que solamente sacando a Mubarak del poder puede controlar el caos, entonces la suerte del dictador estaría determinada irremediablemente: deberá decidir si quiere morir en Egipto cuando le llegue su hora, o si prefiere que los militares le adelanten el proceso.

La salida del dictador se logró en Túnez de manera relativamente rápida a favor de la población. Ha sido una situación más complicada en Egipto hasta el momento, pero tal parece que las cosas están por definirse de un momento a otro.

¿Cómo podría suceder un fenómeno de tal naturaleza en Cuba?


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