Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Datos, EEUU, Economía

La crisis de Biden con la economía

La economía mejora en Estados Unidos, según las cifras y la situación financiera de las familias, pero el problema es que cada día menos lo creen

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Hay dos graves problemas que afectan la situación política actual de Estados Unidos. Uno es que los demócratas no logran dar a conocer lo bien que lo están haciendo, desde el punto de vista económico. Es decir, no saben “venderse”. El segundo, quizá aún peor, es que muchos estadounidenses no ven o no quieren creer en esa mejoría, aunque sus finanzas le indiquen lo contrario.

Las cifras lo indican claramente.

Un análisis de The Conference Board pronostica que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) real de EEUU aumentará al 5,0 % (tasa anual) en el cuarto trimestre de 2021, frente a un crecimiento del 2,0 % en el tercer trimestre de 2021, y que el crecimiento anual será del 5,5 por ciento. Además, prevé que la economía del país crecerá un 3,5 % (anual) en 2022 y un 2,9 % (anual) en 2023.

Por su parte, la Oficina de Análisis Económico considera que el PIB real aumentó a una tasa anual de 2,0 % en el tercer trimestre de 2021 y en el segundo trimestre el PIB real aumentó un 6,7 %.

Con respecto a los años anteriores, el PIB de 2020 fue de -3,49 % (un declive de 5,65 % respecto a 2019); el de 2019 fue de 2,16 % (una reducción de 0,84 % respecto a 2018); el de 2018 fue de 3,00 % (un alza de 0,66 % con relación a 2017); y el de 2017 fue 2,33 % (un aumento de 0,62 % sobre 2016).

Por supuesto que los datos de los dos últimos años mencionados fueron influidos por el hecho de que en 2019 se conoció de una enfermedad originada en China, causada por un virus, que causó una pandemia mundial que no ha concluido. La covid-19 afectó con fuerza enorme —y aún afecta— no solo la economía de EEUU sino la mundial.

No se trata de limitar los datos a una visión política. La economía de EEUU, de acuerdo a las cifras del PIB, estaba creciendo durante el anterior gobierno, aunque a un ritmo mucho más lento que el proclamado por el expresidente Donald Trump, y ese crecimiento se vio interrumpido con la llegada de la pandemia. También es cierto que el alza en las cifras de este año es una consecuencia de la depresión económica causada por la covid-19, y por lo tanto la mejora económica es relativa al año anterior.

Lo que se busca señalar aquí, es que los indicadores económicos tradicionales —los mismos que utilizaba la anterior administración, tan amante de la macroeconomía— indican que todo marcha mucho mejor económicamente en el país: la disminución del desempleo, el alza en los salarios, el aumento en las ventas, los beneficios a las familias con niños, el crecimiento de los empleos agrícolas y el empoderamiento de trabajadores y empleados en general —incluso en sectores caracterizados por la malas condiciones de trabajo y el mal pago, como es la esfera de los servicios— que permite ahora mayores reclamos, tanto salariales como de beneficios y características de empleo. Se puede afirmar que a muchos hogares de EEUU les va mejor con Biden que con Trump, y ello no es simple opinión política: es la lectura de los resultados alcanzados.

Sin embargo, todos estos números —y otros que pueden fácilmente encontrarse en estudios institucionales y en la prensa— pasan a un segundo plano cuando se entra a un supermercado y se contempla los aumentos de precio, que ocurren casi semana tras semana; los anaqueles vacíos o pobremente surtidos; y, sobre todo, al detenerse frente a la bomba de gasolina para llenar el tanque del automóvil o camión.

Biden y lo mal hecho

Lo primero a decir es que el actual gobierno demócrata no está libre de culpa frente a esta situación. Antes de la puesta en práctica del enorme plan de estímulo económico (precedido por otro también amplio y un segundo más limitado durante el gobierno de Trump), se sabía que dichas medidas de ayuda —necesarias para la sobrevivencia de los ciudadanos y que no se hundiera el país— causarían inflación. Esta inflación no ha podido ser controlada y se espera continúe el próximo año.

Tampoco el gobierno ha actuado —y ha hecho muy mal en ello— dentro de las posibilidades con que cuenta para limitar el precio exorbitante del combustible. El alza de la gasolina no obedece en buena medida ni a una situación de guerra, como en ocasiones anteriores, ni a falta de oferta, ni a costos de producción.

El miércoles 17, el presidente Joe Biden solicito a la Comisión Federal de Comercio que investigara si las firmas petroleras y gasolineras estaban llevando a cabo prácticas ilegales, ya que el aumento del precio del combustible no obedecía a un alza en los costos, sino que estaba ocurriendo todo lo contrario: los costos del procesamiento se habían reducido en un 5 % mientras el producto a consumir había aumentado en un 3 %.

Lo más seguro es que no se logre mucho con esa investigación —otras en años anteriores han tenido resultados limitados—, pero quizá al menos frene la tendencia al alza. Lo importante es hacer algo que demuestre que el gobierno tiene una preocupación real por el bolsillo del consumidor. Y hasta ahora no lo había hecho.

Aunque hay un problema mayor. El aumento en los precios y la persistencia en los problemas de las cadenas de distribución hace que el 65 % de los estadounidenses considere que la economía nacional está en malas condiciones. Y casi la mitad espera que la situación empeore aún más el próximo año, según un cable de la AP del 1º de noviembre.

Las opiniones sobre la economía se mantuvieron constantes durante la primavera y el verano. Pero el mes pasado, el 54 % dijo que la economía era mala y el 45 % dijo que era buena. Ahora, el 65 % considera que la economía está en malas condiciones.

El 35 % de los estadounidenses espera que la economía nacional mejore durante el próximo año y el 47 % cree que empeorará. Entre los demócratas, el 51 % anticipa una mejora en comparación con solo el 10 % de los republicanos, todas las cifras de acuerdo a la información de la AP.

En todo esto, contrasta el hecho de que el 65 % de los estadounidenses describe la situación financiera de su hogar como buena.

Polarización extrema

La baja popularidad del mandatario en la actualidad tiende a explicarse por diversos factores, desde razones puntuales como la “desastrosa” retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán —que a la larga y de no ocurrir nuevos desarrollos no tendrán la trascendencia que quisieran los republicanos—, hasta la percepción sobre su capacidad mental y en general sobre la edad que tiene. Hay que añadir las expectativas y rechazos que tradicionalmente provoca en el electorado de EEUU un mandatario que proyecta grandes planes, que a la larga terminan por imponerse en la nación. Ocurrió con Roosevelt y el New Deal, Johnson y el Medicare, con Obama y su plan de Salud.

No hay que esperar que de inmediato se traslade a un triunfo en las urnas el plan de infraestructura de Biden —para citar un ejemplo—, que entre otras cosas dará empleo a miles de estadounidenses sin una educación elevada y establecerá las bases para un sistema ferroviario moderno, además de las necesarias autopistas y puentes a construir, reparar y modernizar.

Por otra parte, siempre hay votantes como los de Hialeah, que fueron entre los más numerosos en beneficiarse con el Obamacare y son los primeros en votar por Trump que quería quitarles dicho plan: una, dos veces, tres si surgiera la posibilidad. Así es la democracia.

De momento, todo apunta a que los demócratas perderán ambas cámaras —la redefinición de distritos que están llevando a cabo los legisladores estatales republicanos contribuirá mucho a ello— y los dos últimos años de Biden al frente de la nación transcurrirán cercanos a una situación de un presidente “lame duck”: marcados por la firma de órdenes presidenciales que, de llegar un republicano a la Casa Blanca de nuevo, se encarga de eliminar. La democracia —hay que enfatizarlo— funciona de esa manera y no se ha inventado nada mejor que la sustituya.

Lo que resulta lamentable es esa distancia creciente entre la realidad y la percepción partidista. La polarización extrema, que cada vez más se impone en este país. Los demócratas tienen su parte de culpa, por perderse en luchas “culturales” impulsadas por su facción más radical. Biden lleva lo suyo por enfatizar quizá demasiado en el cambio climático. ¿Y los republicanos? Bueno, estos están empeñados en convertir a los oponentes en enemigos y que a estos nada le salga bien; ni la construcción de una autopista hoy ni un seguro de salud ayer. Una muestra del extremismo a que nos enfrentamos: por estos días un congresista republicano divulgó un video de animación donde él asesinaba a una colega demócrata y blandía dos espadas contra el presidente Biden. Y todo ello es malo para el país.


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