Actualizado: 24/09/2021 16:37
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Chechenia, Periodismo, Rusia

«La deshonra rusa»

La periodista Anna Politkoskaya, escribió en 2002 un libro de crónicas sobre la segunda guerra chechena

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La encontraron muerta en el elevador del edificio donde vivía en Moscú, con un plomo en la cabeza, y otros tres alojados en el cuerpo. Varias razones, tuvo el sicario para ejecutarla. No obstante, aunque todos saben quien es el principal victimario, pocos se atreven a nombrarlo.

La periodista Anna Politkoskaya, escribió en 2002 un libro de crónicas sobre la segunda guerra chechena (1999-2009), que André Glucksman describió como: “Nada de patetismo. Nada de sensiblería. Nada de afectación en este relato escrito por una pluma analítica y precisa”.

Pero La deshonra rusa es mucho más, es la descripción vívida del Guernica de Pablo Picasso, pero en este caso en una república transcaucásica, a los pies del siglo XXI. La invasión de un poderoso y desmoralizado ejército invadiendo un pequeño, poco poblado país, marcado por una cultura particularísima, que no va ni por la ortodoxia cristiana, ni la islamista. O mejor decirlo como, que toma de las dos, lo que le interesa y lo asume como propio.

Ya los chechenos sufrieron previamente los embates del poder ruso y soviético. Primero la invasión del siglo XIX, luego la anexión a la Rusia comunista y la deportación forzosa llevada por el tirano Stalin contra los nacionales chechenos. Cuando el independentista Dzhojar Dudáyev, proclamó la independencia en 1991, los rusos provocaron la sangrienta primera guerra chechena (1994-96) de donde salieron con el rabo entre las piernas, y luego (1999) la segunda. Esta última más sangrienta que la primera, en medio de la embriaguez de poder, del flamante presidente Vladimir Putin que, con la intención de relanzar el imperio, invadió la república, a sangre y fuego.

Esta segunda guerra asesinó, destruyó la nación, dañó el tejido social ruso (marcándolo con racismo e insolencia ante los derechos humanos), y la movilidad rusa a la democracia.[1]

La deshonra fue impreso por la editorial barcelonesa RBA en 2003. Tiene 218 páginas, y la magnífica traducción de Catalina Martínez. Sus seis capítulos anuncian lo que se avecina: La zona de residencia, Los colmillos del odio, Los combatientes chechenos, La tragedia de Shatoi, Los frutos de la desesperanza, y, Por qué no me gusta Putin.

Sin embargo, Anna habla al futuro: “…Occidente no se molesta en reflexionar sobre el precio del fenómeno Putin, los derechos humanos en Chechenia, incluidos en este precio, la justicia sumaria convertida en norma en Rusia, (…) No veo a nadie dar un paso al frente para decir: Lanzo un ultimátum a Putin: ¡O pone orden en Chechenia y controla el ejército, o dejamos de ser amigos!”,

Como dice el proverbio, “estas lluvias, trajeron estos lodos”, dice desde sus páginas Anna. Los que miraron al otro lado cuando el genocidio checheno, han tenido que soportar, la guerra contra Georgia, contra el este de Ucrania, la invasión a Crimea, el sostén al dictador bielorruso, las amenazas a las repúblicas pribálticas, la intervención en el medio oriente, el maridaje con la teocracia iraní, el apoyo al genocida sirio, o la yunta con la tiranía china.

Describe la periodista el estado de indefensión de la población (esto puede resultarle familiar a los opositores cubanos): “los oficiales (Ministerio del Interior o el Ejército) no revelan sus nombres, ni sus funciones; solo son Vania, o Sacha, o Serguéi… o peor todavía: son cadetes, directores o jefes. A los oficiales destinados en Chechenia les encanta los sobrenombres y los apodos.”

Las crónicas de este libro narran el comportamiento de las tropas rusas. Una de ellas se titula “Por una mísera cerveza”. Narra el asesinato de una familia chechena (Sulemainov), a manos de Spetsnaz (tropas especiales del Ministerio del Interior), por no tener cerveza para brindarle a los invasores. Otra, “Una zatchistka normal”[2], describe un registro de los invasores en las noches, donde violaban, robaban y asesinaban a mujeres chechenas en sus propias casas. “Desde luego abrió. De lo contrario hubieran reventado la puerta con una granada. Era un grupo de hombres con ropa de camuflaje y enmascarados, rusos y chechenos. Naturalmente no se trataba de una zatchistka, en busca de combatientes chechenos. Venían solamente para saquear al edificio, pese a que ya había sido saqueado en varias ocasiones. En el apartamento de Malika dormían otras tres mujeres de su familia. Tras iluminarlas a todas con sus linternas, la banda decidió violar a la joven de 15 años. Y esta les dijo a las otras, ‘si no obedecen os violarán (a ustedes también), hasta romperles los huesos’. Uno de los hombres agarró a Malika del pelo y la arrastró hasta la escalera, impidiéndole ponerse en pie. Le ordenaron entonces llamar a las puertas de las otras viviendas, y pedir que abriesen (en idioma checheno) para que pensasen se trataba de una vecina…”.

Anna Politkovskaya, fue asesinada a los 48 años, por sus denuncias de las violaciones de los derechos humanos de los militares rusos y los terroristas chechenos, contra la población civil en el sur del Cáucaso. Su prosa agresiva, honestidad y valor personal para enfrentar a sicarios y militares, es paradigma del periodismo de investigación, la corresponsalía de guerra y la defensa de los derechos humanos.


[1] El atentado al Marathon de Boston (130415), fue ejecutado por los refugiados chechenos de la II Guerra chechena, Tamerlan y Dzhojar Tsarnaev.

[2] Registro, requisa.


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