Actualizado: 18/07/2019 14:23
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Venezuela, Maduro, Delincuencia

La destrucción de la «pequeña Venecia»

La entrada a la arena política de Juan Guaidó llenó de entusiasmo a muchos venezolanos. Sin embargo, no toda la oposición se ha unido a él y algunas de sus posiciones y pronunciamientos han resultado ingenuos y estériles

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Venezuela fue llamada así por sus descubridores porque se les asemejó el lugar a los canales venecianos, y si Venecia está al borde de hundirse en las aguas del Mar Adriático, Venezuela ya lo está en el fango del narcotráfico, el socialismo del siglo XXI, la corrupción sin límites y el bandolerismo desenfrenado.

Mi visión, tremendamente pesimista, es que ese rico y que fuese un promisorio país no solo está en ruinas, sino que no hay forma de sacarlo de esa situación tanto en el orden político como en el social y económico. Sus amplias riquezas en petróleo, oro, y otros minerales de amplia demanda como el coltán y el litio no son suficientes para elevar a Venezuela de la situación en que se encuentra.

La entrada a la arena política de Juan Guaidó como presidente interino llenó de entusiasmo a muchos venezolanos y poco a poco fue recibiendo reconocimiento internacional, sin embargo, no toda la oposición al régimen totalitario se ha unido a él, y por otra parte algunas de sus posiciones y pronunciamientos han resultado ingenuos y estériles, como aquello de que la ayuda humanitaria iba a pasar “sí o sí”. Quizás lo único positivo y de trascendencia para el futuro de Venezuela es la posición conciliatoria que él adoptó sobre la conducta a seguir con aquellos militares que han estado vinculado al chavismo, con la excepción de los que hayan cometido crímenes de lesa humanidad.

Suponiendo que gracias a la presión popular e internacional Maduro sea separado del Gobierno y quizás una junta cívico-militar se posicione en el control del Estado, este desde sus inicios será un Estado fracasado. Las raíces de la corrupción han profundizado demasiado en el entramado socio político y económico del país, el limpiar los establos de Augías necesita algo, mucho más, que un Hércules. Desgraciadamente no veo para Venezuela más futuro que el presente del Salvador, pero en una escala mucho mayor, un Estado fallido desde adentro, y desafiado desde afuera.

Una entrevista[1] de un corresponsal de BBC a un malandro en Caracas deja brinda una premonición de lo que se puede esperar de ese mal social que es el bandolerismo, que si bien existía antes de Chávez fue utilizado, aupado e institucionalizado por el estado como un instrumento de represión en la forma de los llamados “colectivos”. En esta entrevista, que fue incluida en un documental, los malandros reconocen que, aunque cambiase la situación, ellos no dejarían de realizar sus actividades delictivas.

Personalmente tuve una experiencia indirecta con el problema del bandolerismo en Venezuela: Durante una Conferencia Internacional de Historia celebrada en La Habana, en 1993, unos venezolanos se me acercaron interesados en adquirir los derechos de un libro y un atlas que yo había publicado, quedamos citados en el bar del hotel Vedado, donde ellos se hospedaban, y así negociar fuera del ambiente académico el tema de su —y mío también— interés. Mientras conversábamos se nos acercó una joven miembro de la delegación venezolana y le pidió a mi interlocutor ayuda para tomar el ascensor del hotel y subir a su habitación. Él le dijo que no se preocupara que aquí [en La Habana] no había problemas, y antes mi expresión de sorpresa él me explicó que en Caracas las mujeres no entraban a los elevadores solas por miedo a ser atacadas y hasta violadas.

Faltaba media docena de años para el ascenso del chavismo y ya los malandros eran una fuerza a considerar en el entramado social, por lo menos caraqueño, lo que vino después fue la consagración de los malandros en el poder y su enraizamiento nacional con los “colectivos” patrocinados por el Gobierno y bendecidos por la izquierda venezolana.

Se podrá reconstituir la industria petrolera y la deteriorada infraestructura del país, organizar e implementar la extracción de los metales preciosos, se podrá reorganizar la producción agro pecuaria e industrial, desarrollar la inversión extranjera, equilibrar la balanza de pago y comercial, eliminar la super-hiper-inflación, incluso se podrá propiciar un gobierno más o menos democrático, pero veo bien difícil eliminar el bandolerismo, el común y el generado aupado y armado por el chavismo.

Ese destino prefigura de cierta forma el de Cuba, donde no se ha configurado, hasta el momento, un fenómeno social como el “malandrismo” venezolano, pero sí una forma pasiva y no organizada de delincuencia generalizada firmemente adherida al modus vivendi del cubano de a pie. La desaparición del sistema totalitario actual dejará como secuela no solo la destrucción de las fuerzas productivas sino lo que es peor aún la destrucción de la moral de trabajo; en síntesis, el problema principal al que tendrá que enfrentarse el país será un problema ético, y la solución del mismo, de ser posible, llevará más de una generación y el aporte, no reducido a lo económico y al know-how, de ese denigrado exilio.


[1]https://twitter.com/juanbacaro/status/1038517752410107904?lang=en


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