Actualizado: 22/11/2017 12:21
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Seda, Ruta, Marco Polo

La extraña maldición de la Ruta de la Seda

Por la Ruta de la Seda no solo han viajado las mercancías más diversas, sino también ideas, enfermedades y genes

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La Nueva Ruta de la Seda, conocida también como Eurasian Land Bridge (ELB), Puente Terrestre Euroasiático o Ruta de la Seda del siglo XXI es ya un hecho.

Un hecho todavía incompleto, pendiente, entre otras cosas, de igualar los anchos de vías de todos los ferrocarriles implicados, que son muchos y diversos, del túnel ferroviario y viaducto paralelo que se desplazará por debajo del estrecho de Bering conectando Eurasia con América del Norte (y de aquí al resto de las Américas), de la puesta a punto del proyecto Marmaray (cruce submarino del Bósforo y los estrechos) con destino al corazón de Turquía e Irán, ya comenzado en el año 2013, de la extensión vial al Sudeste asiático (Thailandia, Malasia, Mianmar y la India) cruzando los Himalayas y del ferrocarril y carretera bajo el mar que enlazará Corea del Sur con las islas japonesas, quizás la obra más compleja y costosa de todo el proyecto teniendo en cuenta la profundidad del Mar del Japón y los avatares políticos que se ciernen sobre la zona.

Pero si ahora hablamos de un nuevo proyecto de Ruta de la Seda es porque alguna vez hubo uno viejo. Hagamos un poco de historia entonces.

Los primeros testimonios escritos que narran con algún detalle la llegada a tierras europeas de caravanas de mercaderes procedentes del Asia profunda, en particular de China —Catay o Imperio del Centro le llamaban entonces—, se remontan al siglo VII, pero quien dio relevancia histórica —narrada y recogida en crónicas— a estos viajes fue el comerciante y viajero veneciano Marco Polo (1254-1324 aprox.).

En realidad, Marco Polo, según se cuenta, no escribió sus amenas y a veces fantásticas crónicas, sino que las dictó en la cárcel al escribiente Rustichello da Pisa. Lo cierto es que los historiadores no se ponen de acuerdo en cuanto a la veracidad, en todo o en parte, de lo narrado en este libro que originalmente se llamó El Millione. Incluso se ha llegado al extremo de sugerir que Rustichello da Pisa pudo habérselo inventado todo, quizás hasta al propio personaje de Marco Polo (ya Rustichello había dejado correr su imaginación unos años antes con unos romances del Rey Arturo escritos para Eduardo I de Inglaterra), pero ese, aunque apasionante, no es el tema de este artículo.

Las vías terrestres y marítimas para viajar de China a Europa, y viceversa, que describe Marco Polo se conocían entonces como la “Ruta de las Caravanas”. El nombre de “Ruta de la Seda”, que pensamos siempre como muy antiguo, fue sugerido en realidad por el geógrafo e investigador alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen en 1877. Se refería Freiherr a los cerca de 6.500 kilómetros de azarosos caminos que llevaban desde Chang’an (la actual Xian), en el extremo este de la China hasta la Europa Central y Occidental, pasando por lugares desolados y desérticos —los arenales de Karakorum y Gobi o los Himalayas, entre otros— hasta ciudades que excitan la imaginación y la codicia como Susa, Samarcanda, Bujara, Trebisonda, Constantinopla y Alejandría.

La Ruta de la Seda decayó en el siglo XVI con el auge de la navegación marítima (De hecho Marco Polo regresó por mar a Venecia), pero en los aproximadamente nueve siglos en los que se mantuvo en plena actividad comercial vio pasar por ella, en ambas direcciones, no solo sedas, sino también lanas, especias, jade, bronces, cerámicas, porcelana, lacas, pieles, cueros curtidos, semillas, hierro forjado, cristales, vajillas, marfiles, objetos de oro y plata, tintes, perfumes, piedras preciosas, alfombras, armas, juegos (como el ajedrez), muebles lujosos, esclavos y un largo etcétera.

Pero, y esto es muy importante para la civilización, también estuvieron viajando en ambas direcciones tres objetos o bienes intangibles muy difíciles de apreciar en el corto plazo: ideas (formas de ver la vida, filosofía, religiones, cultura, lenguas), enfermedades (infecciones, parásitos, epidemias) y… genes.

Y precisamente de estos últimos nos ha quedado hasta el presente la enfermedad genética que se ha dado en denominar “La maldición de la Ruta de la Seda”. Su nombre médico es Enfermedad de Behcet (en propiedad Adamantiades-Behcet), una inflamación de las pequeñas arterias del cuerpo (perivasculitis multisistémica autoinmune) estrechamente relacionada con los locus genéticos GWAS y HLA B51, que se presenta indistintamente en hombres y mujeres jóvenes.

Esta severa condición se caracteriza por una tríada de signos: serias manifestaciones oculares, ulceraciones recurrentes de la mucosa genital y lesiones dermatológicas extensas. Pero además es muy común que se presenten en los aquejados por ella aftas bucales muy dolorosas, dolores articulares (poliartritis), una inflamación de la piel denominada eritema nudoso, cardiopatías, sangrados intestinales, bronquitis crónica y en etapas finales fallo renal y convulsiones. Lo interesante es que la prevalencia mayor de esta condición patológica se manifiesta justo en las áreas geográficas que recorría la Ruta de la Seda.

La ciencia aún no tiene una explicación clara para la distribución geográfica de esta enfermedad, así como tampoco la tiene para la razón del desencadenamiento de la expresión genética que la produce. Pero no hay dudas de que algo tuvo que ver con los viajes de las caravanas por la Ruta de la Seda.

Un misterio médico a resolver.


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