Actualizado: 23/11/2020 15:50
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Familia, Coronavirus, Sociedad

La familia y la plaga

Un invisible enemigo de todas las épocas ha demostrado al hombre cuán insignificante puede ser ante la naturaleza y sus propias manos

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La mano que mece la cuna es la
mano que gobierna el mundo.
William Ross Wallace

Poco antes de que el coronavirus detuviera el mundo, la familia tradicional estaba cambiando aceleradamente. A la familia con un solo padre por separación, divorcio o fallecimiento, tan frecuente desde el siglo pasado, se le estaba uniendo la familia con padres del mismo sexo e hijos adoptados y vientres de alquiler —la acepción correcta es gestación subrogada. En algunos países desarrollados como España, y en América Latina —por idiosincrasia y economía— las familias volvían a ser ampliadas o extendidas; los hijos mayores no se iban de la casa al cumplir la mayoría de edad, y ancianos convivían con hijos y nietos. También los asilos o homes se habían convertido en almacenes de viejos visitados, acaso, una vez al mes.

El funcionamiento del mundo familiar era también distinto desde mediados del siglo XX. La vida agitada, la necesidad de dos trabajos para suplir el hogar, la liberación de la mujer que la hizo laborar fuera y dentro del hogar, y muchas ofertas de entretenimiento y servicios hicieron de la casa de familia lo que el cardenal Ortega definiera en cierta homilía como albergues-dormitorios. La hora de comer en familia, quizás el momento más importante de todos, había dado paso a un rápido deglutir de alimentos pre-cocidos, la caja plástica en la mano, frente al televisor, para ver las noticias o la telenovela.

En países desarrollados, y con la tecnología propia del Siglo XXI, esos albergues-dormitorios no solo estaban aislados del mundo exterior, es decir, sin vecinos y muy pocas visitas. Los niños habían encontrado en el mundo virtual un universo de juegos y a veces insanos consejos, aislándolos aún más de sus padres y amigos. Estos últimos no existan ni siquiera en la escuela. Los amigos eran virtuales; aparecían en las pantallas de los juegos electrónicos con sobrenombres innombrables. El aislamiento humano, paradójicamente, cuando el mundo estaba más conectado que nunca a través de las redes sociales, fue motivo de estudios científicos y temas para filmes y novelas que han sido superadas por la realidad.

Lo peor de todo era que ni los propios integrantes de la familia se conocían. El tiempo para tener una conversación cara a cara con un hijo se ahogaba en justificaciones manidas: tareas del colegio, entregas de un trabajo por internet, chequear las cuentas del banco y pagar biles, cientos, miles de canales de televisión entregando la misma noticia de maneras diferentes. La pareja, a la vuelta de algunos años de postmodernidad, había dejado de conocerse, abrazarse en la intimidad. De disfrutar sin sobresaltos una noche de copas y retozos en el cuarto. El sexo no era un rato de placer, sino otra obligación, con horarios y fechas en el calendario. Y no es que las parejas no lo desearan. Es que no podían, ni siquiera con los artificios de los medicamentos, la pornografía gratis y los injertos de goma.

Más allá de cualquier interpretación teológica o filosófica, y como lo fueron las dos guerras mundiales del Siglo XX, un invisible enemigo de todas las épocas ha demostrado al hombre cuán insignificante puede ser ante la naturaleza y sus propias manos. Sea un virus traspasado al hombre por los animales o modificado en un laboratorio, la covid-19 ha hecho regresar a los humanos a su ambiente primigenio y natural, la familia. El bicho nos ha encerrado en una especie de retiro espiritual-familiar quizás con la intención de que nos miremos a las caras y volvamos a conocernos.

Desde los primeros momentos se reportaron los efectos adversos de la cautividad: tedio, agresividad, ansiedad, aumento de peso. Los heraldos del vaso medio vacío daban cifras elevadas de casos de violencia doméstica, exagerado consumo de bebidas alcohólicas, gula desenfrenada y simpáticos modos de evadir la clausura como sacar a pasear un perro de peluche.

Los apocalípticos del desastre vieron en el encierro el fin de la modernidad y el desarrollo, y cuando al escribir estas líneas todavía una parte de la humanidad con economía de mercado permanece como en un coma inducido, los hay que auguran el fin de la sociedad capitalista, la que más personas ha sacado de la pobreza real y la única que ha resistido el paso de varios siglos y crisis internas de autocorrección.

Poco se habla del vaso medio lleno. La clausura de la familia en el hogar ha sido también, una bendición. Hogar era una palabra olvidada. Proviene de hoguera y recuerda la cueva originaria, allí donde al calor de la cocción de los alimentos nuestros ancestros contaban historias, garabateaban las paredes con las hazañas de caza y hacían el amor sin prejuicios.
La familia se ha re-conocido. Ha redescubierto todo su potencial de grupo primigenio; tribu de pertenencia y referencia: todos son necesarios, cualquiera puede ser imprescindible. Ha vuelto el goce de sentarse todos a la mesa y compartir la cena, las historias, los chismes y las chanzas. Ahora el padre sabe las clases de sus hijos y las notas; la madre participa de los pagos de las deudas que antes era el insomnio del padre a las tres de la madrugada. Los hermanos aprenden a prestarse las cosas, incluyendo la consola de juegos, para la cual hay horarios, y no toda una larga noche sin supervisión de adulto alguno.

También el barrio es solidario, que quiere decir sentimiento compartido de unidad y de metas en común. No es el aplauso. Es el vecino, quien vivía hace años al lado, y que por primera vez tiene cara; se le oye tocar el saxofón, la guitarra, la tumbadora en el balcón o en el patio, tan insensible que parecía a distancia. La vecina cocina excelentes platos que huelen a kilómetros; ella, emperifollada para ir a la oficina, nariz respingada como si tuviera empleados para hacerle los mandados.

Y la casa ha cambiado. El arreglo pospuesto por muchos años; las plantas del balcón, necesarias, ahora florecidas; el adorno roto, tirado en el cuarto de desahogo y unas manos que lo devuelvan a su pasado, centro de la sala. El estante de los libros, desempolvado, usado, releído. Y nunca descartemos que, como ha sucedido después de las guerras, una explosión de nacimientos viene como consecuencia de apareamientos inducidos tras el encierro y el redescubrimiento de la carne trémula a nuestra vera. A alguien se le ocurrirá poner Covid o Covida a sus hijos, engendrados en circunstancias donde ni la televisión ha sido suficiente.

Cuando el coronavirus sea historia habrá dejado muchos malos ratos, y personas que ya no volveremos a ver. Pero también la reclusión podrá ser una pausa para naciones y culturas que iban demasiado rápido y olvidaron por el camino lo principal de nuestra misión en el Reino de este Mundo: el hombre y la naturaleza.

Como a quien anuncian poco tiempo de vida, y en esa concesión desea hacer todo lo que no había hecho, quizás a partir de la vacuna –la única posibilidad para poder salir sin miedo al exterior- todos seamos un poco menos soberbios con los demás y con el medio ambiente. Que la prepotencia del hombre y de la ciencia nunca estén por encima y en contra del espíritu humano de libertad, y de misericordia hacia los menos afortunados. Que los ancianos, puestos a morir en almacenes de viejos, vuelvan a ser los comensales más importantes del domingo, Dominus Dei, Día de Dios.

Mucho se habla de que el mundo no será el mismo. Y no hay que ser adivino para saberlo. Lo más valioso de esta lección no será la explosión material que vendrá detrás de este invierno paralizante. Será comprender que la grandeza y la fuerza del ser humano están en su grupo de origen, de donde todo sale, la familia. Como escribiera con muy buen tino, y premonitoriamente para estos días de pausa enriquecedora el ensayista y novelista francés André Maurois: sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío.

Artículo publicado en Habaneciendo.com, Blog del autor.


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