Actualizado: 15/07/2019 10:30
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EEUU, Trump, Rusia

La farsa, el engaño y la espera

La situación que afronta en estos momentos el Gobierno y el Congreso de EEUU ha hecho posible una pregunta que años atrás se habría considerado insultante, insólita y absurda

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Fue para saltar ante la pantalla del televisor. Al presidente de Estados Unidos una reportera le preguntaba, de forma directa, si él había sido un agente ruso.

“No solo no trabajé para Rusia, sino que creo que es una vergüenza que incluso hayas hecho esa pregunta, porque es un gran fraude”, contestó Donald Trump.

Fraude —en su tercera acepción en español (delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos)— es la traducción correcta de “hoax”: engañar a muchos con una estratagema. Pero en inglés es también truco, mistificación, burla. En ese idioma la palabra tiene un sentido teatral, de impostura, que significa a la vez algo falso y absurdo; encierra el fraude y la fabricación.

A Trump le gusta emplearla y —algo poco usual en alguien que lanza vocablos sin detenerse mucho en su significado, tanto como mentiras, verdades a media y citas sin contexto— aquí hay que reconocerle la precisión con que intenta encerrar el asunto.

“Hoax” tiene mucho que ver con el periodismo sensacionalista, la prensa del corazón, la farándula y hasta el burlesco. Trump no solo busca desmentir sino rebajar de categoría el asunto.

Hasta el lunes 14 de enero su actitud había sido sentirse insultado. En Fox, el domingo, se había negado a precisar su respuesta, con una negación más en actitud y desprecio que en palabras. Pero al parecer un día después se sintió obligado a esta respuesta de sí o no.

No, todavía me resisto a creer que pueda acusarse al presidente de EEUU de haber sido —¿o ser?— un “agente de Rusia”, alguien, para decirlo de la forma más brutal, “a sueldo de Moscú”.

Pero la situación que afronta en estos momentos el Gobierno y el Congreso de EEUU ha hecho posible esta pregunta. No fue una impertinencia, una falta de respeto de la periodista, sino una duda justificada. Increíble, pero motivada.

Surgen entonces los necesarios matices, las circunstancias dadas, los hechos; la distancia que va de un acto criminal a un delito político o una incapacidad de liderazgo. Salen a relucir las afinidades, el propósito de ciertas decisiones y las semejanzas en los actos. Se recuerda, incluso, la frase leninista de los “tontos útiles”.

Y lo que igualmente preocupa ahora no es solo una actitud cuestionable o polémica del mandatario, sino esa complicidad —no imaginable hace apenas unos años— de los legisladores republicanos.

Porque si por décadas un partido se caracterizó por una verticalidad total ante el “peligro ruso” fue el Partido Republicano. Cierto, la URSS desapareció; también la clásica confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo. Pero la bolina subsiste. Rusia sigue empeñada a jugar su papel de gran potencia, no como poderío económico —algo que le resulta imposible— sino mediante sus aspiraciones imperialistas. No es simplemente que Vladimir Putin sea un ex KGB: es que continúa actuando como un KGB.

Quedan entonces los hechos, que han sembrado las dudas.

El Gobierno ruso interfirió en las elecciones de EEUU de 2016, con el fin de que Trump resultara electo. No está claro aún si con la complicidad de la campaña del actual mandatario o con el beneplácito de este, pero de la intervención rusa no tiene duda la comunidad de inteligencia estadounidense.

Este mes se dio a conocer que los fiscales federales han acusado al exjefe de la campaña presidencial de Trump, Paul Manafort, de compartir datos de sondeos políticos de 2016 con un asociado vinculado con la inteligencia rusa. Esta es, hasta el momento, la prueba más directa de un vínculo entre dicha campaña y Rusia, aunque no puede afirmarse que el actual presidente tuviera conocimiento de ello. Por su parte, Trump lo niega.

The New York Times publicó la semana pasada que, tras el despido del director del FBI, James Comey, en 2017, el FBI inició una investigación de contrainteligencia para determinar si Rusia había influido sobre él.

The Washington Post reportó durante el fin de semana que el presidente ocultó los detalles de sus encuentros con Putin, incluso a sus propios funcionarios, llegando incluso en una ocasión a confiscar las notas de su intérprete.

Trump no ha negado, de forma específica, ambas informaciones, aunque desestimó su importancia.

Quedan las sospechas, las abundantes sospechas, que no acusan, pero causan dudas. Y la cuestión principal puede resumirse en una pregunta: ¿son manifestaciones de carácter, demostraciones de un proceder independiente a convicciones establecidas; rasgos de un individualismo feroz que se traduce en un nacionalismo a ultranza; inmadurez o incluso ingenuidad política; coincidencias o muestras de un patrón, un esquema dirigido a un objetivo preciso de subversión: un trastorno del orden establecido que puede resultar peligroso para una nación como Estados Unidos o el mundo en general?

Hechos y sospechas

El mes pasado el Presidente anunció que las tropas estadounidenses abandonarían Siria, algo que los rusos venían reclamando desde hace tiempo.

Luego Trump afirmó que la Unión Soviética tuvo todo su derecho al invadir Afganistán in 1979; algo que no solo contradice el discurso y la práctica política de este país por décadas sino la mentalidad estadounidense alimentada —o manipulada— con recursos que van desde textos de análisis hasta el cine (¿alguien se acuerda de Rambo?).

El Departamento del Tesoro está intentando levantar las sanciones a compañías de Oleg Deripaska, un oligarca con estrecho lazos con Putin. Esas sanciones fueron impuestas en 2018, como respuesta a la interferencia rusa en las elecciones.

En 2017 Trump compartió información sumamente secreta sobre Israel con el canciller ruso en una reunión en la Oficina Oval, al tiempo que alardeó sobre el despido de Comey como una forma de aliviar la presión en la investigación sobre la posible interferencia rusa en las elecciones.

Hay muchos más detalles, muchos todavía sin determinar, sobre reuniones, vínculos y acercamientos entre figuras cercanas a Trump, o familiares de este, y personeros o potentados rusos.

No se trata aquí de sacar a relucir a Clinton, Obama o cualquier asunto ajeno a la cuestión que debe ser aclarada de una vez por todas: hasta dónde han llegado los vínculos entre Trump y el Gobierno ruso.

Una esperanza

William Barr, nominado por Trump para dirigir el Departamento de Justicia, ha prometido por escrito al Senado permitir la conclusión de la investigación del fiscal especial Robert Mueller.

“Creo que es en el mejor interés de todos —el Presidente, el Congreso, y más importante, el pueblo estadounidense— que este asunto sea resuelto al permitir al fiscal especial terminar su trabajo”, señaló Barr en su declaración escrita, y luego repitió durante la audiencia pública para su confirmación por parte del Senado.

“El país necesita una resolución creíble de todas estas cuestiones”, agregó Barr.

Ahora solo queda esperar.


Datos para este texto han sido tomados de un editorial de The New York Times del 14 de enero de 2019.


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