Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Libia, Revueltas

La hora de los libios

El mundo decidió cortar la mano al carnicero libio, a última hora, literalmente. Mejor tarde que nunca

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“Los aliados están matando civiles, niños, ancianos. Son terroristas”, dice Muamar el Gadafi, como dijeron los talibanes cuando Estados Unidos comenzó los bombardeos en Afganistán en represalia por el brutal ataque del 11 de septiembre del 2001. Lo dice quien aprobó un bombazo en un avión civil sobre Escocia que costó 270 vidas, y otro en un vuelo sobre África con 180 víctimas, entre otros “méritos revolucionarios”.

Las tropas mecanizadas del dictador entran ahora en ciudades y zonas pobladas, no para proteger a los libios, sino para que sirvan de escudos humanos y dificultar los ataques aéreos de los aliados. Como mismo hacen los terroristas palestinos, que se esconden en áreas densamente pobladas para evitar represalias israelíes.

“Todo el pueblo me apoya, ésta será una guerra larga”, dice Gadafi, como mismo decía Sadam Husein al comienzo de la guerra en Irak.

Nada nuevo bajo el sol. Tiranos y miserables, valga la redundancia, nunca son originales: repiten siempre la misma cantinela, hasta que terminan haciendo el ridículo cuando son derrotados. Es cuestión de tiempo para que el coronel libio y su régimen de escarnio y crimen vayan al basurero de la historia.

Sin embargo, en honor a la verdad, me resulta difícil imaginar a Gadafi escondido en un hueco bajo tierra, como Sadam Husein: su cultura beduina debería preferir la muerte a la humillación. Pero nunca se sabe, y los que más gritan no suelen ser los que más obran. Al fin y al cabo, el perro ladra porque tiene miedo.

No faltarán gobernantes denunciando “enérgicamente” la agresión e intromisión en los asuntos internos de Libia. Los mismos que callaron cuando Gadafi llamó “ratas” a los sublevados, amenazó buscarlos casa por casa, habitación por habitación, y exterminarlos “sin piedad”. Aseguró que iba a “esterilizar” las poblaciones rebeldes.

¿Debía el mundo civilizado permanecer estático cuando un desfachatado tirano amenaza a su propio pueblo con tales represalias? ¿Mirar hacia otro lado como si no pasara nada?

Ya habló Hugo Chávez: “Ya comienzan a aparecer las víctimas civiles en Libia. Claro, lanzan 300 o 400 bombas desde el mar y esas bombas caen donde caen: casas, hospitales. Qué cosa tan inmisericorde. Son bombardeos indiscriminados”.

El teniente coronel bolivariano debería informarse mejor: aunque en cualquier guerra, lamentablemente, hay víctimas civiles (¿cuántos venezolanos murieron en el fallido golpe de Estado de Chávez en 1992, cuántos angolanos en las batallas de las tropas cubanas en África?), los misiles Tomahawk (BGM-109) lanzados contra los centros de comando y control de Gadafi alcanzan 2.500 Km. y se desvían del blanco pocos metros. Viajan a menos de 100 metros de altura a una velocidad de 550 millas (880 Km.) por hora. Los modelos más recientes pueden dar una vuelta alrededor del blanco antes de golpearlo. Según dice el Pentágono, desde que fueron creados se lanzaron 297en varios lugares del mundo, de los cuales 282 (95 %) dieron en el blanco.

Chávez quiere aferrarse al otro 5 % desviado, aunque dudo que conozca esa información. Que las bombas “caen donde caen: casas, hospitales” debe probarlo si pretende que se le tome en serio. Es fácil: fotos, videos, periodistas que comprueben “casas, hospitales” bombardeados. Esperemos por evidencias. Fidel Castro pidió evidencias de los crímenes de Gadafi antes de condenarlo.

Ninguna muerte violenta es aceptable, pero hasta la noche del domingo (hora standard del este de EEUU) esas evidencias que darían sustento a las denuncias de Gadafi y Chávez no se han presentado. Por su parte, el Pentágono ha señalado que “no hay ningún indicio de víctimas civiles”. Naturalmente, los “antiimperialistas” furibundos gritarán que el Pentágono miente. De nuevo, bastaría mostrar evidencias para sostener su denuncia.

Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Canadá, España, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Italia y Emiratos Árabes Unidos se han aliado en la coalición anti-Gadafi. Otros países anunciarán en breve su incorporación al esfuerzo por evitar la carnicería. Demasiados “malos” puestos de acuerdo contra el pobrecito Gadafi y el bueno de Chávez.

Malas noticias para tiranos y caudillos: aquí el asunto no es de Twitter y Facebook. La coalición dispone de portaviones, submarinos y barcos lanzamisiles, y bombarderos (invisibles) B2, aviones F18, F16, F15, Tornado, Tiphoon, Mirage y Rafale, y tecnología capaz de localizar y guiar el fuego con precisión hacia los centros de comando y control, sistemas antiaéreos y concentraciones de blindados, que son los blancos principales.

Sin radares, aeropuertos y defensas antiaéreas, nada puede hacer el tirano. Antes de los ataques movió parte de sus misiles antiaéreos rusos SA-5 al desierto, lejos del alcance de la coalición. Los habrá protegido, pero desde allí no los puede utilizar.

Llamar precipitadamente a un dudoso alto al fuego y repartir ametralladoras antiaéreas y armamento ligero a la población, además de pura demagogia, es inútil. No es una guerra por la independencia donde el pueblo defienda su patria; el enemigo no es externo, es el propio dictador. En algún momento esas armas que reparte ahora se podrían volver contra él.

Después de demoras, vacilaciones y subterfugios, finalmente el mundo decidió cortar la mano al carnicero libio, comenzando a actuar a última hora, literalmente. Mejor tarde que nunca.

Es la hora de los libios, del pueblo todo, la posibilidad de vivir sin miedos ni asesinatos, salir a la calle sin temer a francotiradores ni las esteras de los tanques, recurso favorito de todos los tiranos.

De los libios dependerá su propio futuro, lo que ocurra ahora, lo que venga después, sea lo que sea. Con Gadafi militarmente debilitado, desenmascarado y sin impunidad, tienen la oportunidad de definir el futuro que desean y luchar por conseguirlo.

Y en eso, nadie debe ni puede ayudarlos, depende de ellos mismos.


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