Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Ira, EEUU, Racismo

La ira y la plaga

El racismo es un fenómeno complejo. En Estados Unidos tiene larga data

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La violencia no es sino una expresión del miedo.
Arturo Graf

Tenía la idea, pero no sabía cómo empezar. Alejo Carpentier, ese orfebre de las letras universales decía que las dificultades de la narración son de tipo formal: una vez que se tiene en mente lo que se quiere decir, el problema es como poner en el papel lo que se quiere contar. Y así sucedió esta mañana, cuando fui enviado al mercado para hacer los mandados de la semana. Vivo en un barrio de clase media, donde muchos de mis vecinos son norteamericanos de raza negra. Una vez completado el pedido del mercado —siempre por escrito y dado por la “doña” pues los hombres tenemos serios problemas de memoria a corto plazo para ciertos deberes hogareños, hice la fila a los seis pies estipulados e impresos en el suelo de todas las tiendas del país. Delante de mí una señora alta, madura, bien vestida, de raza negra.

Puse la regla que habitualmente marca la compra de uno y otro cliente. Antes que colocar sobre la estera una de mis compras, la señora tomó el separador y lo lanzó con fuerza al pasillo. Después profirió insultos y palabrotas imposibles de publicar, ni siquiera en inglés. Tomé el carrito y me fui a otra fila. Ella siguió peleando, esta vez con la cajera. Hubo que llamar al supervisor —en ese momento pensé que daría la queja sobre mi supuesto atrevimiento. Pero no. Pagó y salió detrás de mí, como si no hubiera pasado nada. Su ira se había calmado, al menos por el momento.

El estado de crispación que por estos días recorre Estados Unidos y buena parte del mundo podría tener varias explicaciones. Las sociedades más desarrolladas económica y socialmente se han visto sobrepasadas por algo tan insignificante que no puede apreciarse a simple vista. En el mundo de la postmodernidad y la llamada posverdad, de la velocidad súper rápida y las imágenes en tiempo real, el coronavirus ha recordado la pequeñez humana, lo finito de la existencia, la estupidez de clasificar a las personas por su color de piel, riqueza, sexo, ideología y país de procedencia.

En el caso de Estados Unidos, la “tapa al pomo” se la puso el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco casado, pura coincidencia, con una mujer de rasgos asiáticos llamada con anterioridad Kellie May Thao. Si nos quedáramos en lo puntual, las protestas que como bandera han tomado el crimen para culpar a toda la policía de semejantes desmesuras, iríamos por un camino resbaladizo. Como en muy pocos lugares del mundo, la policía norteamericana se enfrenta a diario con una población armada, que consume estupefacientes, y responde a veces con agresividad a una simple multa de tránsito. En cada estación de policía hay un mural con decenas de mártires de la fuerza, caídos en el ejercicio de su deber.

Eso no justifica los excesos, y menos el uso de fuerza letal como primera opción. La cintura de un policía norteamericano es una colección de recursos disuasorios —taser, gas pimienta, esposas— antes de usar el arma de reglamento. Para mala suerte del asesino y su gran prontuario de abusos, los transeúntes filmaron la ejecución completa de George Floyd. Era el fósforo que faltaba para encender la pólvora que se ha estado acumulando por meses debido al desempleo y la paralización de la agitada vida norteamericana.

El racismo es un fenómeno complejo. En Estados Unidos tiene larga data. La crueldad con la cual los ingleses y los nacidos aquí trataron a los esclavos no tiene paralelo; se ejerció en todos los órdenes, sin piedad. No hubo una iglesia misericordiosa que intercediera por ellos. No hubo, hasta hace muy poco, un cuerpo de leyes y jurisprudencia que impidiera la segregación, incluso que defendiera el matrimonio interracial, en ciertos estados, delito punible. La leyenda de mi país cuenta que Batista, por mulato, no podía entrar a ciertos lugares. Pero en Cuba nunca hubo bebederos y baños para blancos y para negros.

Una de las mayores violaciones contra los negros africanos, y de la que poco se habla, fue su premeditado asesinato cultural. No solo se les cambió el nombre original por otro cristiano, habitual proceder en las colonias. También se prohibieron festividades y bailes como el Día de Reyes, sin una oportunidad para practicar las lenguas originarias y “congear”. A los esclavos del Norte les quitaron el tambor, un instrumento esencial en África para comunicarse con sus dioses —regresaría tardíamente a la música norteamericana con las prodigiosas manos de un cubano, Chano Pozo. Eso explica en parte que, contrario a Brasil y otras colonias españolas y portuguesas, los afroamericanos no tienen en su cultura religiosa a Yemayá, Ochún y otros orichas. Afortunadamente, los descendientes de esclavos tomaron el banyo, la guitarra y el violín, y nos han dado ritmos como los blues y el jazz, afluentes del magnífico rock-and-roll.

Un familiar muy observador lo resume de esta manera: algunos norteamericanos blancos son tus amigos hasta que les pasas por el lado y los aventajas; entonces se convierten en tus enemigos. Es fácil advertir la ira de los blancos, el contragolpe tras la elección de Barack Obama. Fue demasiado. Hizo saltar las lágrimas a Jesse Jackson. Paradójicamente, en sus ocho años de mandato hubo numerosos conflictos interraciales, y cientos de víctimas de ambos lados. Muchos analistas han concedido parte del triunfo de Donald Trump a una especie de revancha de los blancos de clase media. Quizás por eso Trump, que sabe leer muy bien los mensajes de los votantes indecisos cita constantemente la cifra récord de empleo entre negros e hispanos.

Regresando a nuestros convulsos días y la desgraciada muerte de Floyd, una parte del pueblo norteamericano padece un peligroso, suicida candor. Son muchos los que en el mundo y aquí adentro desean en silencio o a toda voz la desaparición del proyecto socioeconómico norteamericano. No han sufrido un Estado totalitario. Solo conocen la libertad. Y desconocen que esa libertad, muy cara, sin responsabilidad es libertinaje. A veces son como niños grandes, dice un amigo; alejado de sus mentes está el hecho de que la ira, una emoción ciega, sin objetivo definido, puede llevar a la estupidez de crear el Mundo Feliz tiránico.

La cólera desenfrenada contra las estatuas de Cristóbal Colon y de Ponce de León refleja ese sector inculto, troglodita —nunca mejor: quiere decir vivir en las “cavernas” …del ciberespacio y los juegos de video. Siempre los hay que rompen el estupidómetro: quitar fondos a la policía, prohibir Lo que el viento se llevó, arriar la bandera confederada bajo la cual combatieron y murieron cientos de miles de norteamericanos con sus razones, cambiar los nombres de los cuarteles en los cuales negros, hispanos y blancos han entrenado para ir a dar la vida por su país y otros pueblos de la Tierra.

Todas esas ideas y sentimientos vinieron a mi mente cuando la señora afroamericana me insultaba, tal vez creyendo, con mi tapabocas y la gorra de los yanquis de Nueva York, que mis ojos verdes eran de un bisabuelo norteamericano, dueño de la plantación donde sus antepasados sufrieron lo inenarrable. Hubiera querido decirle, señora, yo soy cubano. En mi país la palabra negro se usa de cariño. En las escuelas compartí pupitre, merienda, malos y buenos ratos, amores y profunda amistad con chicos y chicas negras. Le hubiera dicho que, en este país, el suyo y ahora el mío, por ser latino, también he sentido discriminación por el acento hispano. Y que, como Henry Kissinger con el alemán, me he negado a mejorarlo.

Pero cada cual vive con su dolor a cuestas. La ira es dañina, física y psicológicamente. El dolor de los afroamericanos y los emigrantes es recursivo: los empequeñece, minimiza sus potencialidades. De modo que cambié de fila, pagué y salí del mercado. Afuera, la señora ponía las cosas en su automóvil. Creo que nos miramos por unos segundos. Quizás ni se acordaba del hecho: la ira se apaga con la misma rapidez que se enciende. Me fui a casa, y de una sentada, escribí estas líneas.

Publicado en Habaneciendo.com, blog del autor


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