Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Chile

La lección chilena y el silencio neoliberal

Los neoliberales llamaron “anarquizante” al inolvidable Allende y omitieron el baño de sangre perpetrado por Pinochet, condición sine qua non del ajuste monetarista

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Recuerdo un viejo artículo de Perry Anderson en que afirmaba que las mayores virtudes de los neoliberales habían sido la perseverancia y el sentido de la escena. Estuvieron atrincherados en Mont Pelegrín durante años hasta que consiguieron la oportunidad de irle arriba a los keynesianos agobiados por la globalización y a los marxistas sofocados por los escombros del muro de Berlín. Y acompañaron a Fukuyama en su frenesí hegeliano del Fin de la Historia como si efectivamente ellos hubieran sido los grandes vencedores de una época concluida.

En América Latina hicieron de Chile su vitrina al aire. Aprovechando su extensa red de buenas plumas y engrasadas redes de medios de difusión, que casi nunca dicen grandes mentiras pero casi siempre omiten grandes verdades, los neoliberales llamaron “anarquizante” al inolvidable Allende y omitieron el baño de sangre perpetrado por Pinochet, condición sine qua non del ajuste monetarista. Y celebraron con júbilo de adolescentes el triunfo electoral de Sebastián Piñera sobre una Concertación centroizquierdista agotada, desprestigiada y dividida. Piñera, junto a Ricardo Martinelli, pasó a ser una suerte de ícono de una derecha que prometía gobernar al continente tal y como se gobierna una empresa.

En realidad Piñera fue siempre un gobernante poco afortunado. Su propuesta de un gobierno con eficiencia empresarial naufragó entre funcionarios poco aptos extraídos de los peores anaqueles de la derecha local, las insatisfacciones sociales y algunas torpezas públicas del Presidente que los chilenos, acostumbrados a mandatarios con estilo, nunca perdonan. Alcanzó un pico de aceptación cuando sacó a los mineros del agujero, pero no más de un 60 % y por debajo de su ministro de minas. Ínfimo si recordamos que Bachelet se retiró con un 85 %. Alguien me dijo que Piñera nunca había hecho nada particularmente mal, sino que no ha hecho nada particularmente bien de cara a una sociedad organizada, entrenada en avatares políticos, y cansada de que le digan que es una vitrina para el mundo.

Hoy la vitrina está bajo asedio. El modelo económico chileno ha mostrado que cuando una sociedad es sometida —preferentemente manu militari— a una terapia neoliberal y existen posibilidades de vinculaciones externas favorables (la bonanza chilena es inexplicable sin su relación con la peculiar dinámica de la Cuenca del Pacífico) es posible obtener tasas muy altas de crecimiento económico. Indica que son posibles políticas redistributivas de “rostro humano” —como las practicadas desde 1990 por la Concertación de centro-izquierda— que pueden reducir la pobreza y en general mejorar los estándares de vida. Pero también demuestra que esto es insuficiente para una sociedad que aún tiene que convivir con afrentosas manchas de pobreza y cuyas expectativas no se compadecen de un presupuesto social comprimido por las exigencias de la acumulación capitalista y una desigualdad de los ingresos tan despampanante que está situando el coeficiente de Gini de Chile en un lugar tristemente cimero en América Latina.

Es esto lo que nos parecen decir las múltiples protestas que han ido conmoviendo a la sociedad chilena y que han puesto a la defensiva —en ocasiones en penosa defensiva— tanto al presidente Piñera como a su gabinete y a toda la derecha coaligada. Sucesiva o simultáneamente las avenidas y plazas de Santiago han sido tomadas por ambientalistas, homosexuales, mapuches, trabajadores y, finalmente, estudiantes. Y en todos los casos con un gran apoyo popular.

El tema de los estudiantes es, sin lugar a dudas, el más conocido. Se trata de una coalición de estudiantes secundarios y universitarios que han mostrado una madurez política y una capacidad para negociar superiores, capaces de llevar por igual a ministros y a carabineros a los confines del ridículo.

En Chile aún prima el modelo de educación diseñado por la dictadura neoliberal de Pinochet. Entre otras cosas este modelo establece una peculiar municipalización de la enseñanza que ha descentralizado funciones con pocos recursos y por tanto penaliza a las escuelas de los municipios más pobres, y sigue ensanchando la brecha social. También establece un sistema de subvenciones particularmente atractivas para las entidades financieras que perciben por esta vía muchos millones de dólares anuales, y desfavorable para las familias pobres que no pueden compartir los costos de la educación superior. Y finalmente, se limitan considerablemente los gastos sociales y educacionales, de manera que a pesar de la bonanza económica del “milagro chileno”, los gastos en educación solo rebasan ligeramente el 3 % del PIB, y una parte considerable de ellos van a parar a las entidades privadas provisoras de servicios educativos.

En consecuencia los estudiantes han elaborado un pliego de demandas estratégicas que no buscan cambiar al Gobierno, pero que el Gobierno no puede asumir sin cambiar sustancialmente su propio perfil. Bajo las consignas de derogar la municipalización de la enseñanza, eliminar los espacios predominantes de lucro en la actividad educativa, aumentar el presupuesto y potenciar la transparencia y la democracia en todo el sistema, los líderes estudiantiles han logrado canalizar todo el descontento ciudadano y sumar a sus esfuerzos a la mayoría de la población. Las espaciosas plazas y alamedas de Santiago y otras ciudades resultan pequeñas para marchas y reuniones de cientos de miles de personas. Y sus noches claras parecen reventar de energía al calor de interminables cacerolazos y bocinazos.

En el momento en que escribo esto, varias decenas de jóvenes estudiantes permanecen en huelga de hambre con grave peligro para sus vidas. Todo lo cual no ha sido argumento suficiente para obligar al Gobierno a un posicionamiento serio y responsable ante lo que ya es un reclamo de la abrumadora mayoría de la sociedad chilena.

El presidente Piñera, como antes anotaba, sigue batiendo récords de impopularidad. En su desesperación, a veces se mueve hacia la izquierda —como hizo recientemente cuando estableció un status cuasilegal para el establecimiento de parejas homosexuales— lo que le ha costado el repudio de sus aliados más intransigentes. A veces se mueve a la derecha, como cuando ha llamado a gobernar a varios “coroneles” del pinochetismo provenientes de la franja política más conservadora y tradicional, con el rechazo de toda la franja liberal de la sociedad. En una última encuesta confiable, la población le concedía un 26 % de aceptación. Pero es curioso que la oposición política centroizquierdista contenida en la llamada Concertación no ha podido aprovechar ese descontento, y de hecho sus ratings de aceptación andan tan pegados al piso como los del Gobierno. Un cartel enarbolado en una marcha dominical de estudiantes y familiares resumía el drama: “izquierda y derecha/la misma mierda”.

Creo que cualquiera que sea la suerte de este movimiento, su huella renovadora por un mundo mejor ya está garantizada. Será parte de una misma memoria que recuerda a los “pingüinos” —estudiantes de secundaria que hace cinco años enfrentaron a Bachelet— y que hoy son los mismos estudiantes universitarios que ponen en jaque a los pregoneros de la excelencia empresarial. Y es que los estudiantes chilenos han pasado a ser parte de todo ese movimiento de renovación que parece sacudir al mundo, dándole a este siglo XXI un perfil superior a la mediocridad consumista y los tecnocratismos del mercado.

De aquellos días inolvidables en que pude vivir de cerca este pedazo de la historia, recuerdo una noche especialmente incitante. El Gobierno prohibió una marcha por la vistosa Alameda, por lo que los estudiantes decidieron manifestarse a todo lo largo de la ciudad, día y noche. Y lo hicieron con una inteligencia y agilidad tal que llegaron efectivamente a controlar los ejes viales más importantes de la ciudad con el apoyo de vecinos y automovilistas. Recuerdo que por la avenida Vicuña Mackenna avanzaba un furgón policial disparando gases lacrimógenos. A unos 200 metros —en una esquina aledaña al parque Bustamante— se concentraba un grupo de varios cientos de jóvenes que enarbolaba varias telas reclamando educación gratuita y tocaba todo tipo de instrumentos musicales, incluyendo una campana de bronce que me pareció de alguna iglesia de barrio. No sé el motivo, pero el furgón de los carabineros torció a la derecha y no enfrentó directamente a los jóvenes, lo que les llenó de alegría y orgullo. Lo consideraron una victoria. E hicieron resonar la campana con todo el optimismo del mundo.

Esa noche, como en el poema de John Donne, la campana doblaba por todos.


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