Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Pandemia, EEUU, Cuba

La libertad y la plaga

Los cubanos podemos exportar al mundo la trágica experiencia de perder la libertad por más de medio siglo

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Solo el que ha superado sus
miedos será verdaderamente libre
Aristóteles

Hace más de seiscientos setenta años los monarcas de Europa debieron enfrentar la llamada Peste Negra (Peste bubónica) y una de las soluciones fue encerrarse dentro de las ciudades. Desconocían entonces que las ratas eran vectores que inundaban carnicerías y panaderías, infestadas de pulgas portadoras de la bacteria Yersinia pestis. Al confinarse entre la mugre y los desechos, el ambiente insalubre era mayor, y la mortalidad y la propagación crecían de manera exponencial.

Han pasado siete siglos y la estrategia del confinamiento para derrotar un enemigo invisible es la misma. Hay estudios y especialistas recomendando lo contrario; que la inmunidad masiva, ante la ausencia de una vacuna efectiva, puede obtenerse estando en contacto con poblaciones infestadas. El riesgo es alto para ciertas edades y enfermedades previas, y nadie desea ser parte de los obituarios.

Las plagas colocan al hombre frente un dilema ético y político: la libertad individual y social. Cuánto puede un Estado suprimir una en detrimento de la otra. Personas crecidas en ambientes restrictivos, ateos, totalitarios, no comprenden la dimensión espiritual de la libertad. Para ellos el Estado tiene toda la razón al coartar los derechos. Pero visto desde el ángulo teológico, la libertad no la conceden los hombres sino Dios. Ningún ser humano “da” a otros su libertad. Incluso el libre albedrío es tan libre que la persona tiene el derecho de negar a Dios.

Cualquier limitación de la libertad es un pecado para los creyentes. En tiempos de la esclavitud, esto se resolvía declarando que los indios y los negros no eran humanos; eran seres incompletos, rudimentarios, sin alma. Por eso es un crimen de lesa cultura mancillar la estatua del fraile dominico Bartolomé de las Casas, uno de los primeros en defender, junto al Padre Antonio de Montesinos —muy conocido por el Sermón de Adviento: “¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?”— la humanidad de los aborígenes americanos.

De estatuas, memoriales y libertades humanas van estos últimos episodios de desenfreno durante la covid-19. Un grupo de individuos, la mayoría jóvenes, han tomado la libertad de decidir por los demás quienes deben y quienes no perpetuarse a través de imágenes. No ha habido consensos, decisiones legales, indispensable en sociedades desarrolladas. Ha sido, en parte, una reacción propia de la ira, sin justificación coherente, con una marcada visión iconoclasta de lo establecido: los Estados Unidos que conocemos, con su historia de luces y sombras, debe desaparecer.

No es casual que suceda, precisamente, en la nación que, por más de dos siglos, sorteando guerras fratricidas y amenazas internas y externas, haya logrado libertades individuales como pocas en la Tierra. La nación norteamericana que es un crisol de razas y culturas. Su alto desarrollo seria inexplicable si no se tiene en cuenta ese balance de derechos y deberes, el equilibrio entre libertades sociales e individuales. Pero es aquí también, en la mayor libertad posible, dónde se agazapa el germen de la autocracia: el libertinaje que conduce al caos, al desorden, el nido donde empollan las terribles dictaduras.

No hay libertad sin responsabilidad, como no se puede tener una licencia para conducir o para portar armas sin una edad en la cual, supuestamente, se ha alcanzado cierta madures, la capacidad de prever las consecuencias de los actos. A los vándalos podrían hacérseles varias preguntas: ¿la inmadurez social es un rasgo de la posmodernidad, de la pos-verdad? ¿Es una regresión a la falta de libertades debido a la irresponsabilidad ciudadana, al todo vale? Después de tantos logros económicos, legales y sociales, ¿es posible que como un péndulo la sociedad este pidiendo a gritos el regreso a las dictaduras? ¿Creerán los jóvenes norteamericanos que la libertad con la que nacen no está en peligro?

Quienes venimos de países donde alguna vez hubo autonomía, aunque imperfecta, sabemos que al buscar lo óptimo se puede perder lo bueno. Y de manera recursiva, una vez perdida la libertad, el sistema totalitario necesita mantener en la irresponsabilidad al ciudadano para tener el control absoluto. Algunos escribidores se quejan de la irresponsabilidad ciudadana en la Isla, su desidia y pereza. Deberían saber, por oficio, que esa es la mejor forma de mantener atados a los hombres. Un ciudadano inmaduro e irresponsable no puede ser libre porque está lleno de indecisiones, de temores e incertidumbre. No crece. Es un niño-social. Un bonsái humano.

En estas mismas páginas se ha cuestionado si Cuba es una nación preparada para la libertad. La respuesta depende del grado de responsabilidad social e individual. La historia, desgraciadamente, no nos favorece. Preferimos mantenernos como colonia española cuando toda la América hispana era independiente —las guerras contra España nunca lograron la independencia total. Nos acostumbramos, no con el comunismo, sino desde que éramos españoles de Ultramar a que las ordenes vinieran de lejos, y cuando estas faltaron, nos buscamos unos reyecillos autóctonos, unos padres putativos que nos dijeron a sangre y fuego lo que teníamos que hacer, pensar y decir

Hemos vivido, pues, más tiempo en dictaduras que en democracia. Al final, ser Isla-bonsái, mantenida, tiene sus ventajas, aunque parezca cínico. Una isla que se lleva adentro, y no es mera geografía. Aquí también, en este palenque de cimarrones que es Miami, a cada rato revienta la inmadurez y la irresponsabilidad. La capacidad de ser libres no depende de otros, sino de cada individuo: tener metas a largo plazo y no según el día, poner los pies en la tierra y no en las nubes, ser responsable uno mismo, y no atribuirle los fracasos a los demás, sean rusos, yanquis o los maestros del pillaje en la Isla.

Los cubanos podemos exportar al mundo la trágica experiencia de perder la libertad por más de medio siglo. Y todo empezó con el Águila Imperial cayendo de su podio en el malecón habanero, un tributo no solo a los americanos blancos, sino a todas las víctimas del acorazado Maine, la mayoría negros y latinos. O los zapatos del primer presidente, que quedaron sobre el pedestal en la avenida homónima, arrancada la estatua con la furia que solo pueden tener los irreverentes, los inmaduros y resentidos, los impíos que tanto asustaban al Padre Félix Varela.

Tomando prestadas las frases del mártir antifascista checoslovaco Julius Fusick, cual Reportaje al pie de la estatua:

El telón se levanta: norteamericanos, os he amado. ¡Estad alerta!

Publicado en Habaneciendo.com, blog del autor.


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