Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Stalingrado, Rusia, Alemania

La Madonna de Stalingrado

Una historia de Navidad

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Los cañones y los lanzacohetes múltiples rusos, los aterradores órganos de Stalin, tronaban y hacían retemblar la tierra aquella desdichada y oscura noche de Navidad de 1942.

Nadie dormía, nadie podía dormir, aunque el cansancio y el miedo acumulados embotaran los sentidos y revolvieran las vacías tripas. Pero había que aguantar y tratar de sobrevivir a toda costa, con ferocidad, más por puro instinto de conservación que por esperanza, pues para aquellos hombres la esperanza de salir con vida de aquella inmensa ratonera se hacía cada vez más delgada.

Sin embargo, el oficial Kurt Reuber, jefe médico de la 16ª División Panzer, cercada junto con todo el 6to. Ejército alemán en Stalingrado por las fuerzas del Ejército Rojo, pudo haberse salvado de vivir aquella noche y del trágico final de aquellas decenas de miles de hombres, pues estaba de permiso en Alemania justo al momento de cerrarse el cerco sobre el ejército del Mariscal Friedrich von Paulus en el insólitamente frío invierno de 1942.

Y el adjetivo frío se queda corto para describir lo inenarrable de aquellas temperaturas de muchos grados bajo cero.

Pero hombre bueno y médico antes que todo en una época de prueba, Reuber decidió que su lugar estaba donde estaban sus pacientes, los millares de heridos, amputados, congelados y enfermos de tifus y disentería que yacían entre las ruinas de la una vez floreciente ciudad del Volga. Reuber había vuelto al infierno en el último momento por decisión propia, y no para matar, sino para aliviar en lo posible, más con una palabra de aliento que otra cosa, a los que ya estaban en el camino sin retorno de la rendición y la muerte.

Como las continuas explosiones de los obuses hacían imposible aquella noche arrastrarse con codos y rodillas sobre la pedregosa tierra congelada y visitar las trincheras de avanzada, el oficial Reuber, quizás para matar el tiempo, tomó un mapa, ya inútil, arrebatado a los rusos durante una incursión al otro lado de la sinuosa y errática línea del frente y en el reverso dibujó con carbón una Madonna doliente abrigando a un recién nacido en sus brazos.

Entre una explosión y otra la miró con detenimiento, sonrió con un dejo de tristeza y escribió alrededor de ella: “1942. Navidad en el cerco. Fortaleza Stalingrado. Luz. Vida. Amor”. Sintió que su dibujo valía la pena y clavó entonces el astroso papel sobre una viga de madera, uno de los precarios sostenes de la pared del refugio.

Reuber, añorando casi con desesperación a su familia y a su lejano hogar, musitó una oración dirigida a la figura que él mismo había pintado. —!Danos eso, Señora, luz, vida, amor! —Y se enjugó una lágrima con la manga del ajado y sucio abrigo de faena.

Con un silbido, explotó cerca un obús, luego otro, y… Y se hizo el milagro.

Nadie sabe la razón, si es que hubo alguna, pero el mortífero fuego artillero fue disminuyendo poco a poco —quizás los soldados rusos también le rezaban a la Virgen esa noche, que eran también seres humanos y les aterraba la muerte tanto como a los alemanes— hasta desaparecer.

Y se hizo el silencio, un silencio sobrecogedor, espeso, inexplicable.

Lo cierto es que cientos de soldados alemanes cercados, después de percatarse de que algo muy extraño estaba sucediendo, pudieron salir de sus trincheras esa noche y arrastrarse hasta el semiderruido edificio donde estaba la Madonna con el niño que había dibujado Reuber. Allí, todavía asombrados y perplejos, pudieron rezar una oración, derramar una lágrima y pedir un nuevo milagro que esta vez —dos veces sería demasiado— no se cumpliría.

Hacia el amanecer, después de cuatro o cinco horas de densa quietud, rota solo por una armónica que, tocada por un soldado agazapado en una trinchera, dejaba oír las notas de “Noche de Paz”, una lluvia de obuses y proyectiles de todos los calibres hizo estremecer nuevamente el martirizado suelo esparciendo piedras, cascotes, metal ardiente y cuerpos desmembrados en todas direcciones.

El milagro, que milagro fue, tocaba a su fin aplastado, como siempre, por la siniestra voluntad humana.

Reuber pudo, ya en los primeros días de enero de 1943, enviar la Madonna y una carta de despedida a su mujer y sus dos hijos con el último oficial de alta graduación herido que pudo abandonar el cerco en un pequeño avión de reconocimiento.

Y ese, sí, fue otro milagro.

Y allí siguió, sin una queja, el oficial Reuber, como médico de verdad que era, confortando moribundos y vendando heridas con pedazos de lona de enmascaramiento y grandes dosis de buena voluntad. Continuó en su tarea hasta que todos los sobrevivientes, entre ellos el mariscal Paulus, y el propio Reuber, por supuesto, se rindieron en masa al teniente general ruso Vasily Chuikov, jefe del 62º Ejército del Volga.

El 2 de febrero de 1943 el 6º Ejército alemán dejaba oficialmente de existir, aunque en la práctica desapareció el día, unos pocos meses antes, en que un despiadado Adolfo Hitler le prohibió la retirada. Cuatrocientas mil vidas por el ego de un solo hombre.

El 20 de enero de 1944, un año después de aquella Nochebuena, el doctor Kurt Reuber murió de fiebre tifoidea y de hambre en el campo de prisioneros ruso de Jelabuga. Tenía 37 años de edad.

La Madonna, preservada tras un cristal, es venerada hoy en la iglesia Gedaechtniskirche de Berlín. Se ha vuelto una costumbre berlinesa que los que piden por la paz y el amor entre los seres humanos de todas las nacionalidades acudan a rezarle una oración.

Sobre todo, en Navidad.


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