Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Bin Laden, Terrorismo

La muerte de un terrorista y el dolor de sus compinches

Como no conviene alabar al asesino, se intenta demeritar a sus ejecutores

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Un certero proyectil en la cabeza terminó con la vida del connotado terrorista Osama Bin Laden mientras descansaba plácidamente en una mansión en Abbottabad, Pakistán, donde pretendía escapar a la justicia por miles de asesinatos ordenados, y desde donde enviaba al crimen y la muerte segura en cualquier lugar del mundo a sus embrutecidos seguidores.

Uno de sus inefectivos protectores, en gesto más que miserable, utilizó a una mujer de la residencia del líder terrorista como escudo humano, práctica cada vez más común entre los rabiosos de la zona, aunque esta vez eso no valió de nada, pues el comando de Navy Seals (fuerzas especiales) enviado desde Afganistán tenía clara su misión: hacer que la atmósfera del planeta fuera más respirable eliminando de la faz de la tierra a una despreciable alimaña cargada de odio, rencor y payasadas.

A pesar de extraordinarias medidas de seguridad en el complejo constructivo, edificado en 2005 para protegerle, con altas cercas de mampostería, alambre de púas y divisiones internas para dificultar los movimientos, bastaron al menos dos helicópteros y un pequeño grupo de militares decididos, bien entrenados y con información de inteligencia confiable, para abatir al terrorista en cuarenta minutos sin sufrir bajas, y llevar el cadáver al vecino Afganistán para su identificación por ADN, culminando una búsqueda sin descanso por casi diez años para ajusticiar al responsable, entre otros crímenes, de los ataques contra el World Trade Center en New York, y el Pentágono en Washington, el 11 de septiembre de 2001, que se cobraron casi tres mil vidas.

De inmediato, como de costumbre, los enemigos de la vida, la libertad, la democracia y el sentido común comenzaron a moverse. Casi inmediatamente después que Barack Obama anunciara la muerte del terrorista más buscado del mundo y que Estados Unidos estaba en posesión de su cadáver, un líder talibán declaró que no era cierto y que Osama Bin Laden estaba vivo.

¿Evidencias para negar al Presidente? Ninguna. ¿Quién ha dicho que tales energúmenos necesitan evidencias, sentido común o decencia para lanzar al viento sus absurdos y justificar su maldad? Siempre aparecerán imbéciles para creer lo que se les diga.

Casi a continuación entraron en el juego ciertos “intelectuales” occidentales, declarando antes que nada que Bin Laden había sido “asesinado” por Estados Unidos.

Tales analistas de urgencia demuestran ahora un muy sorprendente apego por la justicia. Dice uno de ellos: “La frase más repetida en EEUU en el momento en que escribo estas líneas (las 12:15 hora local en la costa este de EEUU) es: ‘se ha hecho justicia’. ¿Se ha hecho justicia? Hasta donde yo sé, la justicia se hace cuando el acusado tiene una defensa, cuando hay evidencias, pruebas, un juez… Se ha hecho quizá, y suponiendo que la noticia es real, una justicia bíblica. La del ojo por ojo, la de la fuerza bruta, la que usan sin duda, los extremistas religiosos del islamismo más exacerbado, o del cristianismo más radical. La justicia bárbara y pasional de la que el mundo supuestamente civilizado trata de apartarse”.

Con tal devoción al Estado de Derecho, ¿qué pensaría este iluminado señor del “juicio” ordenado por Fidel Castro en 2003 contra los 75 opositores pacíficos de la Primavera Negra? ¿O cómo definiría el hundimiento del remolcador 13 de Marzo? ¿Lo consideraría justicia bíblica o justicia bárbara y pasional?

Porque el señor vuelve con la eterna cantaleta “progre”: “Se ha hecho justicia, según Obama, porque se ha asesinado a un supuesto criminal, porque se ha ejecutado a una persona a miles de kilómetros de su país. Se ha hecho justicia dijo este Presidente, que no menciona ni contabiliza las injusticias que ha habido y sigue habiendo en el mundo. Mueren 11 millones de niños al año. Hoy murieron 16 mil niños de hambre, pero hoy ‘se ha hecho justicia’. Me gustaría saber a qué le llaman justicia”.

Pero no perdamos tiempo con los preliminares, pues ya se está montando la tesis de la teoría de la conspiración: que si no se sabe si Bin Laden está muerto o no, que pudo haber muerto de muerte natural, que por qué no se han publicado fotos del cadáver, que por qué dicen que lo lanzaron al mar sin que nadie lo viera. “La credibilidad de este tipo de noticias tiene un perfil muy bajo. Parece un asunto mediático, propaganda, manipulación de rentabilidad política, esté muerto o no, ya sea verdad o mentira. Las consecuencias ya están medidas, estudiadas…”

En otras palabras, los enemigos de Estados Unidos comienzan apresuradamente con sus pataleos de ahorcado, que es lo único que tienen disponible en estos momentos, hasta que reciban “orientaciones” más precisas: les duele muy hondo que el terrorista haya sido eliminado, aunque no se atrevan a decirlo claramente.

Tal vez no lleguen a los extremos de la argentina Hebe de Bonafini, de las Abuelas de la Plaza de Mayo, y el venezolano Ilich Ramírez, (“Carlos el Chacal”), cumpliendo condena actualmente por terrorismo, que declararon su gran alegría por el atentado de 2001, mostrando su desprecio por los tres mil inocentes fallecidos y por la vida humana en general. Tal vez no se atrevan a declararlo públicamente, pero el odio es el mismo.

Pero poco importan los devaneos de los miserables. Las personas decentes en el mundo han sabido con alivio que el mayor tumor de Al Qaeda ha sido limpiamente extirpado, lo que constituye un golpe colosal a la maldad. Este evento no será el fin de la guerra contra el terrorismo ni del terrorismo mismo, pero sin dudas el aire es y será más puro en todo el planeta a partir de este momento.


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