Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Sánchez, España, Elecciones

La nueva legislatura de Sánchez: entre el equilibrio y la legitimidad

Los proyectos hegemónicos ya no poseen fuerzas ganadoras en España

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Como señalaba una buena parte de los sondeos de las últimas semanas, el Partido Socialista Español (PSOE) liderado por Pedro Sánchez, fue el gran triunfador de la contienda electoral del pasado 28 de abril de 2019. Sánchez midió los tiempos con cautela. Ahora sabemos que asesores cercanos sabían que una elección adelantada le beneficiaría sin mayores sobresaltos. El presidente español podría haberla dilatado un poco más, pero prefirió tomarle el pulso a la fragmentación de las derechas y neutralizar sus estilos. En efecto, la estrategia funcionó y Pedro Sánchez se ha llevado 123 escaños en el Congreso de los Diputados, que no es suficiente para una mayoría estable, pero sí para revalidar su dominio sobre las fuerzas políticas. Sánchez controló también el discurso y racionalizó con gran eficacia sus intervenciones públicas en la última semana.

Sánchez sabía que la sobriedad se valoraría por encima de la gestualidad de quienes tuvieron que dar varios timonazos para modular sus discursos. Esto es un factor que ayuda a explicar la caída estrepitosa de las dos fuerzas perdedoras de la contienda del pasado domingo: el Partido Popular de Pablo Casado y Unidas Podemos de Pablo Iglesias. Ambos líderes comparten un rasgo común: cambio drástico en la manera de proyectar su discurso con visibles ribetes. Pablo Casado, marioneta hábil de José María Aznar, buscó fraguarse con un tono fuerte y cafetero que intentaba mimetizar el irredentismo delirante de Vox. La nominación a dedo de Cayetana Álvarez de Toledo en la lista de Cataluña fue el pendiente luminoso para liderar un centro-derecha sin complejos.

El epíteto de Vox contra el nuevo PP reformado (“derechita cobarde”) tuvo efectividad, puesto que obligó a Casado a salir de paso y hacer muecas con el fin de construirse un destino. Pero en política, como en la vida, el destino no se inventa. Y mucho menos en seis meses. El caso de Pablo Iglesias fue justo el opuesto. El distanciamiento de Íñigo Errejón y los desfavorables sondeos sobre Unidas Podemos en las últimas semanas obligó a Iglesias a optar por un tono prudente con el que presentarse a las clases medias. Pero en ambos casos, ya sea por exceso o por defecto, los cambios de estilo no lograron arrastrar a un electorado que terminó validando el centro del tablero.

En las franjas, el nacionalismo ganó en dos frentes, con sumas históricas por parte de Bildu en el País Vasco y de Esquerra Republicana de Catalunya, el partido de Oriol Junqueras. Este resultado supone que la inestabilidad territorial continuará acechando a la nueva legislatura. En realidad, el ascenso de los partidos nacionalistas serán el verdadero reto para el gobierno de Sánchez. No hay que olvidar que Esquerra votó contra los pasados presupuestos. En su discurso poselectoral de Esquerra escuchamos una “rufianada“, como se les conoce a las teatralizaciones de Gabriel Rufián: “Habéis ganado estas elecciones generales a vuestros carceleros”. Una sentencia que habrá que recordar como la primera piedra lanzada en esta nueva fase del diferendo Catalunya-Madrid.

Lo más difícil en las próximas semanas serán los pactos. Hacia el final de su discurso de victoria, Pedro Sánchez hizo una pausa para escuchar gritos que venían de un sector de militancia: “Con Rivera no, con Rivera no”. Sánchez, sin embargo, dejó claro que él no ponía cordones sanitarios contra ninguna otra fuerza política, lo que deja un filo abierto para una posible colaboración con Ciudadanos, ese otro ganador del 28 de abril. Aquí se presentan varias dificultades. Primero, el propio Rivera repitió en campaña que jamás pactaría con Sánchez, a quien ve como un colaboracionista del independentismo catalán.

Por su parte, Sánchez se reconoce como próximo a Iglesias, que durante estos últimos meses ha podido activar una serie de medidas sociales demandadas por un sector importante de la sociedad civil española. El dilema de Sánchez será, por tanto, el siguiente: ¿avanzar con Iglesias hacia una reconfiguración mínima del Estado, o lograr una simple mayoría con Rivera en una plataforma políticamente ambigua y cercana a las élites económicas? La grandeza de Sánchez se pondrá a examen en los próximos meses.

Visto en su totalidad, ¿qué conclusiones podemos extraer de estas importantes elecciones que superaron el 75% de participación? Podríamos anotar al menos dos cosas. En primer lugar: el “momento populista” que caracterizó la irrupción del 15-M en la Plaza del Sol hasta el primer congreso de Podemos ha concluido. Los consensos del Régimen del 78 no se han erosionado. Esto significa que el ciclo de movilización ahora se ha traducido en un nuevo equilibrio cuya fuerza es centrípeta. Y, en segundo lugar: lo que indudablemente sí ha cambiado es el diseño bipartidista del tablero político. A partir de ahora en la política española no volverá a haber un partido que hegemonice el voto en un solo flanco. Dado que esta organización política ha sido incapaz de proyectar su éxito andaluz a escala nacional, la entrada de Vox en el Congreso de los Diputados valida esta tesis.

Los proyectos hegemónicos ya no poseen fuerzas ganadoras. Es por esta razón es que la teoría de la hegemonía es insuficiente o perversa (en el sentido de Albert O. Hirschman) en momentos de profunda descomposición social. Y cuando la hegemonía es instrumentalizada, siempre reaparece la neutralización del centro. El periodista Pedro J. Ramírez lo formuló con una frase afortunada en el plató de RTVE: “Los españoles le han tenido más miedo a Vox que a los catalanes”. El miedo frena y contiene, pero quién vota solo contra el miedo se le hace imposible articular aspiraciones, diferencias, anhelos, y proyectos comunes. Por esa razón es que hace falta una estrategia transversal que refunde la socialdemocracia. Ese es el proyecto a largo plazo.

En realidad, este será el gran reto de Sánchez para una legislatura solvente que busque la continuidad. Como dijo el filósofo José Luis Villacañas, “la crisis actual de la política española no es solo de la derecha. Es una crisis del atraso civilizatorio del Estado”. Sánchez, por su parte, deberá elegir si quiere gestionar el momento bajo formas de contención o mediante una transformación de la convivencia democrática. Esto supone abordar desafíos muy concretos: dotar al Estado de fuerza política, encontrar una solución con el independentismo catalán y definir una postura geopolítica fuerte en Europa (el gran tema ausente de estas elecciones). Sánchez ha conseguido un equilibrio, pero aún no ha podido construir una legitimidad duradera. La crisis de legitimidad le sobrevive. Y esto, como sabemos, no depende exclusivamente de un decisionismo pasivo, sino de poder navegar con virtud la impredecibilidad de la política.

Gerardo Muñoz es profesor en Lehigh University, Pensilvania. Su última publicación es el libro Alberto LamarSchweyer: ensayos sobre poética y política (Bokeh, 2018) y de próxima aparición Poshegemonía y populismo (2019).


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