Actualizado: 07/08/2020 16:54
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Mente, Coronavirus, Pandemia

La salud mental y la plaga

Algo anda mal o no funciona cuando países en vías de desarrollo reportan menos casos y muertes que las potencias industrializadas

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Nadie tiene dominio sobre el amor,
pero el amor domina todas las cosas.
Jean de La Fontaine

Es muy probable que las plagas, a través de la historia, hayan causado tantas bajas físicas como mentales. La narración bíblica sobre las Plagas de Egipto es dramática: gigantesca confusión y desamparo sintieron el faraón y los suyos frente a calamidades, una tras otra, que los diezmaban sin remedio. La catástrofe sanitaria provocó la liberación del cautivo pueblo hebreo. Podemos imaginar los efectos psíquicos de lo incontrolable, al punto de doblegar la voluntad de quien creía ser divino y a quien los súbditos no podían siquiera mirarle a los ojos.

No existe mucha información sobre los trastornos mentales durante las grandes epidemias. Tengamos en cuenta que la salud psíquica y su estudio organizado —clasificaciones por enfermedades y tratamiento específico— tiene apenas algo más de un siglo. La epidemiologia de las enfermedades y el concepto de salud mental son temas abordados científicamente solo en los últimos 70 u 80 años. Desafortunadamente, fueron las dos guerras mundiales las que empujaron fuera del consultorio privado y de los manicomios el interés social y político por estos trastornos.

Durante la clausura por la covid-19, la ciencia ha tenido nuevas experiencias, diríase tristemente privilegiadas, en este campo. Ha habido aumentos significativos de la ansiedad y la depresión. También reportes de violencia doméstica y consumos exagerados de bebidas alcohólicas y sedantes. Era de esperar: el ciudadano medio, quien pasaba dos tercios del día en la calle, estuvo recluido en unos pocos metros cuadrados. Su único vinculo con el exterior fue, acaso, el balcón y el patio de la casa, la televisión y la Internet, esta última no siempre verídica, educativa, nutritiva en el plano cultural.

El lado positivo fue que la familia volvió a verse las caras, hablarse, repartir deberes domésticos, y comer juntos. Los padres ayudaron a sus hijos en las tareas y se comunicaron con los maestros, a quienes conocían por primera vez. Agobiados por la cueva electrónica, los padres desempolvaron los juegos de mesa de los abuelos; regresaron las trivias, el dominó, el ajedrez, el monopolio. Los avezados cursaron estudios online. Otros pintaron la habitación del color deseado, repararon la escalera desvencijada, sembraron en el patio y en la terraza las rosas que tanto habían querido la esposa y la abuela.

Los sobrevivientes después de los ingresos podrían padecer de Trastorno de Estrés Postraumático (T.E.P) una entidad relacionada con haber sentido peligro para la vida propia o ajena —después el 9-11 el T.E.P. apareció según la distancia que separaba los individuos del lugar del suceso. Si las cifras de casos graves por la pandemia son ciertas, podemos inferir que habrá por lo menos dos o tres veces más personas con T.E.P. Estos individuos, enfermos en sus mentes y no en sus cuerpos, tendrán la extraña sensación de padecer síntomas, culpas por sobrevivir, conductas impulsivas como beber alcohol en exceso o consumir drogas fuertes.

Lo positivo para quienes sobreviven a la gravedad es que de hecho se convierten en promotores de salud. Pueden aconsejar a otros como evadir el virus pues son testigos de su alta capacidad de contagio. Cada persona que sale viva del hospital, y es aplaudida por el personal sanitario, ayuda a crear una matriz de esperanza en los medios: la covid-19 puede ser derrotada.

Un elemento de salud mental pasado por alto con frecuencia son sus efectos sobre los grandes grupos humanos. Hemos visto manifestaciones violentas y agresiones a las autoridades. Y estas se han relacionado con el asesinato de un afroamericano, el racismo subyacente en algunos lugares, los excesos policiales. Olvidamos que, como pocas veces en la historia, los ciudadanos han sido encerrados en las casas en contra de su voluntad. En muchos habita la incertidumbre de como pagar las deudas; al no tener trabajo, aumenta el tenor de estrés, de frustración, las ganas de salir gritando. El estado de crispación grupal se ventila a través de los impulsos y las sinrazones.

Los llamados procesos de grupo durante la pandemia podrían ser material de estudio para sociólogos y otros científicos sociales en el futuro. Uno de estos ha sido la presión grupal. Como sucede con los adolescentes, unos pocos ejercen influencia sobre la mayoría que no sabe bien de dónde viene y a dónde quiere ir. Ayudar a los tumba-estatuas, con aplausos y hurras sin saber de quien se trata es un buen ejemplo en nuestros días Otro proceso visto con frecuencia ha sido el sesgo en grupo: lo que al inicio pareció una manifestación serena se torna agresiva cuando los violentos contaminan a los demás con sus acciones; de esa manera la responsabilidad individual se disipa en la masa a modo de Fuenteovejuna.

Si a los datos expuestos, individuales y grupales, añadimos que estamos en tiempos de elecciones en Estados Unidos —y el mundo observa con atención la liza— los procesos de salud mental, sobre todo los negativos, se magnifican o reducen en función del color político. Con un individuo atenazado por el virus y el desempleo, y la incertidumbre de qué pasara mañana, los políticos y los diseñadores de campaña trabajan la mente de los potenciales electores.

Quienes están a favor de mantener las cuarentenas y el cierre de las escuelas argumentan que los contagios aumentarían al reducir los tiempos de clausura y dejarlo todo —incluyendo las mascarillas— al arbitrio individual. Los hombres, dicen, padecen de indolencia e incredulidad propia de los tiempos posmodernos. Sobre todo, a los más jóvenes, no se les puede dar la responsabilidad por la salud de los demás. Es el gobierno y no otro quien debe sentar las pautas y hacerlas respetar. Solo deben permitirse actividades esenciales. Lo sucedido con la apertura de las playas y los bares con microgotas felices fue suficiente.

Quienes están en contra de prolongar el encierro hablan de la economía y la salud mental de grandes y chicos. Prolongar la apertura de escuelas y fábricas sería una catástrofe de proporciones inimaginables. Abrir los colegios con medidas imprescindibles es vital. Los pequeños deben aprender que la pandemia es algo normal. La pronta socialización de los niños disminuirá su ansiedad y tristeza, síntomas atenuados con la ingesta exagerada de azucares y grasas. Los adultos podrán regresar a los empleos, y también fuera de casa, desconectarán de los deberes hogareños y de las caras conocidas —nadie piense en las suegras. Cada niño y adulto es responsable de algo que llegó para quedarse, con vacuna o sin ella.

¿Podría haber un equilibrio entre ambas tendencias? ¿Acabarán las polarizaciones en torno a la salud después de noviembre 3? ¿Responsabilidad grupal o individual, o ambas frente a la pandemia? ¿Cambiará la covid-19 la manera de abordar la salud en general, y la mental en particular con la telemedicina, casi el único recurso disponible durante la clausura? ¿Qué hacen los llamados países del tercer mundo para tener menos contagiados y fallecidos que las potencias del primero? ¿Dejará de ser la medicina norteamericana un servicio mayoritariamente asistencial de segundo y tercer niveles para convertirse en un buen servicio profiláctico-preventivo a nivel primario, comunitario?

Algo anda mal o no funciona cuando países en vías de desarrollo reportan menos casos y muertes que las potencias industrializadas. Lo peor que pudiera pasar no serían las pérdidas humanas y materiales, bastantes ya, sino que un Alzheimer social lo dejara todo igual, y no se modificarían estrategias de enfrentamiento para futuras plagas y problemas ambientales. Lo triste sería que los científicos, los médicos, los políticos y la gente común, con su arrogancia y falta de compromiso, no asimilaran nada a pesar de pagar un precio tan alto en salud y bienes materiales. Para estar preparados, los hombres deberán sentir que no están solos, confundidos, abandonados, o como dijera el poeta, casi desnudos, como los hijos de la mar. Solo de esa manera valdría la pena haber vivido el amor en tiempos de la covid-19.

Artículo publicado en Habaneciendo.com, Blog del autor.


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