Actualizado: 22/10/2018 10:05
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Competencia, Mercado, Países

La utopía del mercado

Sin regulaciones externas, la experiencia nos muestra que el mercado de competencia perfecta necesariamente deriva hacia un mercado de competencia imperfecta

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Hablemos de utopías. El Reino de Dios es una de ellas, el comunismo y la sociedad abierta, aquella en que lo jurídico ha sido desplazado por la ética, y los hombres solo se guían en su actividad por imperativos categóricos, otras dos de las más conocidas. Pero también lo es el ideal de una sociedad que se autorregula en esencia solo gracias a un mercado de competencia perfecta.

Es sobre esta utopía que se sostienen las claras, coherentes y simples teorías de Friedrich Hayek y Ludwig von Mises. O sea, sobre la idea de una sociedad centrada en un mercado al que bajan a vender infinitos productores, y a comprar infinitos compradores.

Mas la realidad nada tiene que ver con esto. En primer lugar, existe un claro desbalance entre quienes producen-venden y quienes compran-consumen. Estos últimos tienden a comprar-consumir todos los artículos que se intercambian en el mercado, ya que sus necesidades son innúmeras y siempre crecientes, mientras que el que produce para vender por lo general solo se concentra en un único artículo, ya que su interés no es obtener el magisterio en todos los campos posibles de la actividad productiva, sino solo los recursos necesarios para obtener los artículos que necesita: compramos todo lo que esté a nuestro alcance, según las costumbres de la sociedad en que vivimos; producimos a lo mucho dos o tres bienes, no más.

Esto ya de hecho provoca que aún en la situación ideal el número de vendedores sea incomparablemente inferior que el de compradores, tendencia que se acentúa a medida que la sociedad en cuestión incluye cada vez más y más artículos en la lista siempre en aumento de las mercancías (algunos centenares en 1300, decenas de millones hoy). Para cada bien, aun en el mercado ideal, habrá un número muy pequeño de vendedores frente a incontables compradores, con lo que ya de hecho los primeros estarán en una mejor posición para imponerle sus condiciones a los segundos. Y ello, repetimos, incluso antes de que se dé la natural tendencia a la concentración de la producción-venta del bien en un número de manos cada vez menor.

Porque existe una realidad más que da al traste con la utopía de una sociedad que solo necesita del mercado para autorregularse: el hecho más que demostrado de que del lado de la producción-venta ocurre una continua reducción al mínimo de quienes acuden al mercado, y que esa tendencia no se da ni de lejos del lado de la compra-consumo.

Para que se entienda mejor: dejado a sí mismo, sin regulaciones externas, la experiencia nos muestra que el mercado de competencia perfecta necesariamente deriva hacia un mercado de competencia imperfecta. O sea, del lado de la oferta siempre se opera una reducción del número de los agentes, lo que le permite a los productores imponer por completo sus condiciones a los consumidores, por encima de cualquier supuesta capacidad regulatoria del mercado dejado a sí mismo.

La utopía del mercado queda así como otra más de las muchas panaceas universales con que los seres humanos hemos pretendido encontrar una solución para ahora y para siempre a nuestros problemas de convivencia social. Aquella utopía en que los individuos viven encerrados en sus burbujas de libertad negativa, mientras que el mercado de competencia perfecta se encarga de impedir, con sus claros mecanismos internos, que ninguna burbuja personal crezca más allá del límite en que necesariamente interferirá con el desarrollo de las burbujas vecinas.

Por tanto, solo otro sueño más. Hermoso, coherente y claro, sin dudas, pero que más puede decirse… como toda buena utopía.

La realidad es que nunca encontraremos soluciones para ahora y para siempre, y que de ninguna unilateralización de un aspecto escogido de lo humano o lo social se puede esperar nada bueno. De hecho, puede proponerse una relación bastante habitual: en lo social las ideas demasiado claras, evidentes, siempre deben de provocarnos la más total suspicacia (preguntémonos siempre: ¿Si la solución era tan fácil, por qué no la hallaron las cientos de generaciones que nos antecedieron?).

El mercado ha sido algunas veces, y podría serlo aún muchas veces en el futuro, quizás mil veces más cuando consigamos expandirnos más allá de los límites que nos impone este planeta, una maravillosa herramienta para el control de la no interferencia mutua de las libertades negativas de los individuos; pero solo si es regulado a su vez mediante el Estado. Ese otro mecanismo que tampoco debe ser unilateralizado, y que solo puede ser regulado a su vez, de manera efectiva, mediante el ejercicio de la otra libertad, la de los antiguos: la de participar en el gobierno de la sociedad.

Poner en equilibrio, en cada situación concreta, el mercado y el Estado, la libertad negativa y la participación política, es la clave para que logremos mejorar nuestras sociedades y permitirnos alcanzar la cuota de felicidad, siempre escasa y precaria, que nos es dada en este Valle de Lágrimas.

A los escépticos del Estado y de la posibilidad de controlarlo por los ciudadanos, les reafirmo lo dicho hasta aquí: Que también es una utopía esperar que el mercado, por sí solo, consiga hacer lo que ciertamente no siempre conseguimos hacer los ciudadanos frente al Estado.


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