Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Las Vegas, Tragedia, EEUU

Las Vegas y lo siniestro

A partir ahora lloverán los análisis que traten de interpretar qué pasaba por la mente de Paddock, qué lo llevó a cometer tal monstruosidad gratuita

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Más allá de la tragedia, o como parte intrínseca de ella, para un presidente tan simplista como Donald Trump, y para una sociedad tan obsesionada con un ataque terrorista como la estadounidense, Stephen Paddock es más que un enigma, más que la peor de nuestras pesadillas: escenifica lo siniestro freudiano en un estado puro; una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño.

Ese sentimiento, donde se mezcla lo familiar y lo conocido con una sensación de extrañeza —en medio de un ambiente de terror que nos produce angustia—, desafía las explicaciones en que se busca explotar la maldad hacia el otro (lo ajeno) y el cierre de fronteras; nos enfrenta a ese mal insondable, que suele —o puede— albergarse en nuestro interior y en ocasiones explota.

A partir ahora lloverán los análisis que traten de interpretar qué pasaba por la mente de Paddock, qué lo llevó a cometer tal monstruosidad gratuita. Luego que las explicaciones más a mano no llegaron siquiera a formularse —nada de conflictos raciales, ni algún tipo de adicción provocada por traumas infantiles; ausente una aparente frustración social o económica; sin datos de un historial previo que permitiera intuir, aunque fuera levemente, un destino peligroso; descolocados los vínculos con grupos extremistas— la mirada se fuerza hacia el individuo y más allá: dentro de su inconsciente: una atrofia oculta durante decena de años de vida normal, que le permitió el retiro y una vida plácida y obscura hasta la noche y madrugada del 2 de octubre. Oportunidad para recorrer de nuevo el cine de David Lynch —Eraserhead, Twin Peaks, Mulholland Drive—, no solo en busca de una explicación, que no se encuentra, sino para volver a experimentar la fascinación ante el mal, que no admitimos, pero nos persigue y en cualquier momento aparece y nos acosa: a nosotros, los desprevenidos.

Los hombres perpetúan el mal, de forma constante, aunque nos resulta difícil admitirlo. Nos es imposible lidiar con ello y tratamos de ocultarlo, enmascararlo. Tergiversamos recuerdos y acontecimientos; inventamos pasado y presente para seguir viviendo. Construimos una ficción que nos satisface, y esa ficción es muchas veces personal y propia, pero también política, como nación.

La mayor matanza masiva con un arma de fuego en la historia de Estados Unidos volverá a colocar en el primer plano diversos debates políticos. En primer lugar, el de la venta de armas de asalto. Esa discusión, que se ha tornado bizarra por sus connotaciones políticas y fundamentalmente por los intereses económicos que la sustentan, carece de explicación fuera de ese sustento. Así, tras las frases huecas de ocasión que volverán a repetirse —“las armas no matan, es la gente la que mata”—, los legisladores temerosos y los grupos de presión, casi no habrá tiempo para maravillarse de la forma en que un “club de cazadores” se ha convertido en una poderosa maquinaria de cabildeo que literalmente compra políticos y propaga al mismo tiempo un par de falacias que muchos repetirán ahora convencidos y contentos; una letanía al uso que no tiene en cuenta que cuando se introdujo en 1791, en la Constitución de Estados Unidos, el derecho a ir armado, nadie podía imaginarse el poder de un fusil de asalto de petición actual; una aseveración formulada bajo la premisa de considerar dicha Constitución como un texto no sujeto a ser interpretado, renovado y revisado de acuerdo a los tiempos que corren, todo como parte de un canon calvinista que si bien está muy arraigado en la sociedad estadounidense, no por ello impide su cuestionamiento: dar a la constitución americana el carácter “sagrado” de texto bíblico parte de igual superchería religiosa.

Sin embargo, en última instancia el defender o rechazar el derecho a ir armado no hace más que desviar en parte el problema, o en un sentido más amplio la naturaleza del asunto. Basta tomar en consideración que, en Suiza, a diferencia de otras naciones europeas, no solo rige el derecho de que los ciudadanos estén armados (29 % de la población), sino que un gran número de armas en los hogares es provisto por el propio ejército suizo, que permite a quienes pasan el servicio militar obligatorio conservar los fusiles.

Aunque las cifras de armas en manos de la población en Suiza son muy inferiores a las de EEUU (donde hay más armas que habitantes), Alemania y Austria —en 2016 el ministerio de defensa suiza estimó que había dos millones de armas en manos privadas, de una población de 8,3 millones—, casi duplican a otros países europeos como Italia y Francia. En Europa, el tener más o menos armas en manos privadas no se usa como explicación básica para un aumento de crímenes.

Claro que la afirmación anterior no debe olvidar la existencia de matices. Uno es la sencillez del procedimiento para adquirir armamentos de mayor o menor potencia, que diferencia a cualquier nación de Europa de lo que ocurre en EEUU, lo cual contribuye a explicar cómo los perpetradores de ataques terroristas en suelo europeo han recurrido a medios más burdos —como vehículos, cuchillos y machetes— en los últimos ataques terroristas. Otro matiz que tampoco se debe descartar es la facilidad con que se puede convertir un arma semiautomática en automática en EEUU, si bien hacerlo es ilegal. Pero en su conjunto no vale la simplificación de que todo se resuelve con una prohibición absoluta de la adquisición de un arma de fuego por un particular, al estilo de las leyes vigentes en los países totalitarios.

Lo que es válido en cuanto a la potencialidad del número de víctimas —dato, por lo demás de su suma importancia—, no se aplica automáticamente al riesgo del hecho: no armas, paz absoluta.

En igual sentido que una demonización de las armas de fuego incurre en la demagogia y el absurdo, el extremismo contrario resulta de una nocividad incluso peor. En este terreno se sitúa una propuesta legislativa republicana, pendiente de discutir en el Congreso en Washington, que allanaría la compra de silenciadores para las armas de fuego. Uno de los aspectos que primero se destacó en las informaciones sobre lo ocurrido en Las Vegas fue el hecho del sonido de los disparos, al principio confundidos como un efecto sonero del concierto, y lo peor que hubiera sido todo de no escucharse ese ruido.

Este drama coloca a Trump en un terreno que le resulta poco cómodo. Un hombre blanco, de 64 años, sin vínculos hasta el momento con grupos extremistas, que dispara inclemente a una multitud. Mientras se desarrollaba la noticia, aproximadamente a las seis de la mañana, hora del este en EEUU, los medios de prensa se preguntaban por la ausencia de tuits del Presidente sobre lo que ocurría, con seguridad ya despierto a esa hora e informado al respecto. Y es que la tragedia se sitúa en un marco de referencia que el mandatario suele esquivar o desconocer. No es tampoco el momento del reproche partidista, siempre menos oportuno que oportunista. Hay que reconocerle a Trump un comentario justo sobre lo ocurrido, una lucidez casi insólita en él al describir el hecho: “Un acto de maldad pura”. Y esa frase, casi una epifanía, es una muestra de deslumbramiento, suyo y de todos. Tal descripción, y que la matanza ocurriera en Las Vegas —el lugar de la ilusión fácil y la alegría espuria— encierra un simbolismo obsceno del que nos costará trabajo desprendernos.


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