Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Rusia

¿Libertadores o invasores?

El Kremlin intenta evitar el desmantelamiento de monumentos a los soldados soviéticos en los países ocupados tras la II Guerra Mundial.

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El Kremlin acaba de anunciar a través de su Ministerio de Defensa que protegerá las tumbas y los monumentos a los soldados soviéticos caídos durante la II Guerra Mundial, a través de oficinas especiales que se instalarán en las embajadas rusas en los países que en el pasado formaron parte del bloque comunista. Un decreto presidencial al respecto se firmará antes de que termine el mes de mayo.

Según la fuente citada por la televisión estatal rusa, el presidente Vladimir Putin autorizó personalmente la creación de grupos de especialistas en las sedes diplomáticas "para defender la seguridad de las tumbas de soldados soviéticos", y se mencionaron como zonas problemáticas Polonia, Hungría, Rumania, Alemania, República Checa, China y las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania).

¿A qué obedece esta medida? Para los expertos es evidente que la administración rusa quiere dejar claro que no tolerará sucesos como los ocurridos recientemente en Estonia, donde el gobierno decidió trasladar un memorial erigido a los soviéticos desde el centro de la capital hasta un cementerio militar, lo cual provocó disturbios en Tallin y enfrentamientos en la Embajada de Estonia en Moscú durante todo el mes de abril.

Las autoridades rusas también están nerviosas porque a mediados de abril los polacos confirmaron su intención de aprobar una ley que permita desmantelar los monumentos que quedan "de la era socialista". El Ministerio de Cultura de Varsovia precisó que "no se trata de una medida contra el Ejército Rojo, ni los soldados soviéticos, sino contra las esculturas de la dictadura comunista".

Pero la verdad es que en Cracovia hace tiempo que desapareció, sin saberse cómo ni cuándo, un monumento en honor al mariscal Konev, del cual queda sólo el pedestal. Las autoridades de esa importante ciudad polaca consideraron que Konev "no fue un héroe, sino un invasor".

En otra ciudad poscomunista, Plovdiv, en Bulgaria, las autoridades han intentado en dos ocasiones desmantelar la estatua del soldado soviético desconocido, conocida como "Alesha", y sólo apelaciones hechas al Tribunal Supremo por la comunicad rusa residente han logrado salvar al guerrero soviético que llegó allí durante la II Guerra Mundial.

En abril pasado, la Unión Mundial de Húngaros recogió firmas para eliminar un monumento en memoria del soldado soviético, erigido durante la época comunista en la Plaza de la Libertad, en Budapest.

Y en Berlín, en el Parque Treptow, fue removido en 2003 un monumento dedicado a los soviéticos "con la intención de ser reparado" a un costo de 1,5 millones de euros, pero lo cierto es que la estatua no ha regresado a su base todavía.

Raíz del problema

Entre los cabos sueltos que dejó el comunismo en el Este de Europa, está el tema de cómo evalúan algunas naciones el papel de los soviéticos después la II Guerra Mundial, cuando una vez terminada la contienda el viejo continente quedó dividido en dos bloques cuyos límites políticos e ideológicos se fijaron hasta donde avanzó la URSS y sus entonces aliados.

Según los expertos de países que fueron satélites de la Unión Soviética, la polémica estriba en que no se discute la heroicidad del Ejército Rojo en su lucha contra el nazismo alemán, sino por qué sus tropas, después de terminada la guerra, en vez de regresar a sus cuarteles, se quedaron en los territorios ocupados hasta después de la caída del Muro de Berlín, en 1989.

La posición más antagónica en esta disputa ha sido mantenida en los últimos tiempos por las antiguas repúblicas soviéticas del Báltico, las cuales fueron anexadas a la URSS en 1944, cuando los soviéticos firmaron a sus espaldas el Pacto Molotov con los alemanes. En 1992, al desaparecer la URSS y Estonia, Letonia y Lituania se declararon libres, lo primero que estos países exigieron a los rusos fue la retirada de su ejército.

Andres Kasekamp, profesor de Historia de la Universidad de Tartu en Estonia, lo explica de la siguiente manera: "para nosotros, la II Guerra Mundial fue la guerra contra el fascismo alemán (1939-1945), pero para los rusos el conflicto se convirtió en 'la Gran Guerra Patria', que comenzó en 1941, cuando Hitler atacó la URSS, que hasta ese momento había sido un aliado de los nazis".

"Nosotros habíamos sido invadidos por el Ejército Rojo desde 1939, o sea, los soviéticos invadieron las tres repúblicas bálticas antes que los nazis… y hasta hoy en día, Rusia afirma que los tres países se unieron a la URSS de manera voluntaria", añade Kasekamp.

Esta explicación, que puede verse en teoría de manera académica, se convirtió en la práctica en tumultuosas manifestaciones, después que el gobierno democrático estonio decidiera recientemente mudar hacia un cementerio militar el monumento al soldado soviético ubicado en la plaza más céntrica de Tallin.

Las dos caras de la moneda

Sergei Lavrov, ministro de Exteriores de la Federación Rusa, ha acusado a las organizaciones occidentales de iniciar una campaña de descrédito contra los soldados soviéticos que dieron su vida durante la II Guerra Mundial y de querer reescribir la historia.

Para los veteranos rusos, el desmantelamiento de los monumentos a los héroes de la guerra "es indignante, es como si las nuevas generaciones escupieran sobre nuestras tumbas", comentó Boris Ochkin, veterano moscovita que estima que las cosas se deberían hacer "gradualmente, y no a partir de un problema político".

Sin embargo, para otros veteranos, esta vez para el estonio Mikhail Borison, todo es diferente. Según su versión, cuando preguntó a su abuelo "qué era esa estatua", éste le contestó: "fue colocada aquí por los ocupantes rusos", e insistió: "el problema es que todavía no se ha hablado suficientemente de lo que pasó hace 62 años… lo que sabemos es que encontraron el bunker y derrotaron a Hitler, pero nadie habla de lo que pasó después".

Desde luego, concluye el profesor de Historia Kasekamp, "la Unión Soviética fue una de las potencias que contribuyeron a la victoria de los aliados contra la Alemania nazi, pero también fue el país que ocupó Estonia, Letonia y Lituania gracias a un pacto secreto con los alemanes. Esto es también parte de la historia".