Actualizado: 05/08/2021 10:23
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América Latina

Lo femenino ante el poder

Las denuncias contra Daniel Ortega, lideradas por una ministra paraguaya, han creado un precedente en el tema de los delitos sexuales.

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Se había perdido la esperanza de que nos llegara algún signo ético de los gobiernos llamados de izquierda, que más bien se inscriben en la genealogía del más rancio nacionalsocialismo, cuyas características ya se conocen, salvo que en Venezuela, en lugar de pardas, las camisas son rojas; en Bolivia, los ponchos de las milicias indigenistas son rojos y, en lugar de socialismo, sería más correcto decir nacionalpopulismo.

Me refiero al hecho de que Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, se vio impedido de asistir a la toma de posesión de Fernando Lugo, presidente de Paraguay, a raíz de la protesta de organizaciones feministas paraguayas, dirigidas por Gloria Rubín, ministra de la Mujer del gobierno que asumía el poder. La recién nombrada ministra le dio a escoger al sacerdote Lugo entre ella y Daniel Ortega: si el nica asistía al acto, ella presentaba su renuncia.

La actitud de las feministas paraguayas, en particular de la ministra, se debió al caso de la hijastra de Daniel Ortega, Zoilamérica, quien lo denunció ante los tribunales por haberla violado y esclavizado sexualmente durante su infancia y adolescencia. La justicia nicaragüense, que está en manos de las redes delincuentes que se comparten el poder en el país, desestimó la denuncia. No por que a Ortega se le considerara inocente, pues existían pruebas suficientes para demostrar su culpabilidad, sino por "prescripción del delito", dado "el tiempo transcurrido".

Veremos si Fernando Lugo mantiene su postura ética, aun después de que el petropopulista presidente de Venezuela viajara a Asunción ejerciendo su papel de petroproxeneta y le ofreciera "hasta la última gota de petróleo" a su colega paraguayo.

Pedagogía ante la población

Independientemente de la postura que asuma en el futuro Fernando Lugo, no cabe duda de que la ministra paraguaya realizó un acto, en el sentido filosófico del término, lo que significa que ya nada volverá a ser como antes en materia de violencia contra la mujer. El precedente está creado: al igual que tras el arresto de Pinochet, en Londres, los dictadores ya no se sienten seguros viajando por el mundo, los delincuentes, culpables de violencia contra la mujer, tampoco podrán desplazarse impunemente por el mundo.

Aunque la justicia se niegue a condenarlos, el sólo hecho de denunciarlos públicamente ya es un castigo y una manera de hacer pedagogía ante la población. Ante los varones, para que desechen de su comportamiento el machismo y la misoginia. Ante las mujeres, para que no se eximan de denunciar públicamente cuando son víctimas de la violencia y del abuso sexual. Y por último, y no es lo menos importante, la sanción moral que significa denunciarlos públicamente.

Este tipo de denuncia debería alcanzar a un Evo Morales que, pese a su reputación de "buen salvaje", no está lejos de convertirse también en un delincuente, adherido al club de Daniel Ortega. Él mismo se ha encargado de hacerlo público, como lo apunta la analista boliviana Jimena Costa Benavides, citándolo: "A tanta gente puedo manejar y no puedo dominar una mujer" (discurso del 14 de febrero de 2006 en el Chapare); "Me gusta hacer llorar a las mujeres" (video.aol.com/video-detail/evo-morales-me-gusta-hacer-llorar-a-las-mujeres/1291190293 - 66k); "Me voy a retirar en mi katu de coca, con mi quinceañera y mi charango" (discurso del 15 de julio de 2008). Confesando sus instintos sádicos, además, admite el delito, pues una quinceañera es una menor de edad.

El ejemplo de Merkel

No cabe duda de que las feministas paraguayas, con su ministra a la cabeza, han actuado con la coherencia de quienes consideran que la ética forma parte de la política, ausencia lamentable en los gobernantes actuales ante el fenómeno del petropopulismo de Chávez. El contraste entre el rigor de la ministra paraguaya y la actitud complaciente de la presidenta de Chile, en relación con el teniente coronel venezolano, que duró hasta el incidente con el rey Juan Carlos.

Ni qué decir de la actitud de Celestina de Lula da Silva. Vale la pena recordar que fue una mujer, Ángela Merkel, canciller de Alemania, el único@ mandatario@ que le ha dicho a Hugo Chávez que él no puede hablar en nombre de toda América Latina.

Por cierto, también la señora Merkel puso en su lugar al presidente del Brasil cuando este se propuso, como lo ha venido haciendo sistemáticamente, ejercer de Celestino ante Chávez con el objeto de recomponer la relación entre el venezolano y la alemana, tras los insultos que el primero había proferido contra ella. Merkel, al tiempo que le agradecía a Lula, le decía que ella "sabía defenderse sola, por lo que no necesitaba de su ayuda".

Otro punto, y no de menor importancia, revelador del comportamiento de la ministra paraguaya Gloria Rubín, es el haber introducido lo femenino en el ejercicio del poder. Y no es que pretenda hacerme eco de un esencialismo femenino. Cuando menciono la pertinencia de lo femenino en el ejercicio del poder, me refiero al monopolio que ejerce la cultura masculina en la manera de ejercerlo.

Lo femenino en la cultura siempre ha sido obliterado, se le ha relegado a lo clandestino, a lo marginal, al contrapoder. Cuando una mujer, desde un cargo de poder, antepone un asunto que la atañe como mujer y ello condiciona su presencia en un gobierno, está haciendo que lo femenino deje de ser clandestino, marginal, haciéndolo entrar de lleno en lo político. Desde el punto de vista simbólico es de un alcance insospechado, porque lo simbólico se encarna en lo cultural, que después de todo es lo que rige el comportamiento de los seres humanos.

Siempre me ha intrigado lo poco que las mujeres venezolanas se han expresado, en tanto que mujeres, pues sólo mujeres podrían percibir la especificidad del fenómeno que representa el poder de Hugo Chávez allí. Los analistas y politólogos se han dedicado a determinar los rasgos estalinistas o fascistas del "proceso", tratando de tipificarlo. No será desde una mirada masculina que se pueda percibir su especificidad, pues se trata de un fenómeno producido por un machismo patológico, cuya manera de expresarse adquiere rasgos obscenos.

Por un cambio de mentalidad

La característica del llamado socialismo del Siglo XXI es un machismo exacerbado. A tal punto que basta mirar el comportamiento de las mujeres líderes del movimiento: todas, sin excepción, imitan de forma caricatural ese machismo exacerbado. Unas, mediante el lenguaje y el autoritarismo; otras, ejercen de pistoleras.

Las mujeres venezolanas que han estado a la cabeza de todas las protestas, que se mueven por todo el país organizando grupos cívicos, todavía no han sabido ocupar el puesto específico que les corresponde en la lucha, en tanto que mujeres. Recuerdo cuando el teniente coronel insultó a Condoleezza Rice utilizando alusiones de tipo sexual y racial. Un comunicado de desagravio de mujeres venezolanas, dirigido a la secretaria de Estado, hubiese significado un gesto de autonomía política, al mismo tiempo que significaría un acto de desagravio hacia todas las mujeres.

Daniel Ortega insultó en Caracas al movimiento estudiantil. Además de las protestas de los partidos políticos, que incluso llevaron el caso ante la OEA, si organizaciones de mujeres lo hubiesen declarado persona no grata por delincuente sexual y violador de una menor de edad, se le hubiese dado un carácter de juicio moral al repudio de su persona.

Oponerse al comportamiento fascista del gobierno no conlleva sólo desear un cambio de gobierno, significa también obrar por un cambio de mentalidad, de visión del mundo para detener el retroceso hacia el primitivismo.


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