Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Colonias, EEUU, Historia

Los alevines del 4 de julio de 1776

Una invitación a la investigación del cómo y el porqué de una obra humana grandiosa: la Historia de Estados Unidos de América

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Cuando los delegados de las trece colonias de América del Norte situadas a lo largo de la costa atlántica firmaron la Declaración de Independencia que formalmente daba por terminada la relación de subordinación con su metrópoli, el Imperio Británico, surgían estados que en el contexto geopolítico de la región semejaban trece alevines en un estanque de tiburones.

Por el norte se encontraba el dominio del Canadá (10 millones de Km2), en esos momentos en manos británicas; más al norte hacia el oeste se encontraba la posesión rusa, el actual estado de Alaska, el más extenso de la Unión actualmente (1,7 millones Km2); al oeste la Luisiana Francesa (2,1 millones de Km2) que hoy constituye la cuarta parte de la superficie de EEUU y comprende los actuales estados de Arkansas, Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota al sur del río Misisipi, gran parte de Dakota del Norte, casi la totalidad de Dakota del Sur, el noreste de Nuevo México, el norte de Texas, una sección de Montana, Wyoming, Colorado al este de la divisoria continental, y Luisiana a ambos lados del río Misisipi.

Más al oeste y llegando al mar Pacífico posesiones británicas al norte y del Imperio Español, entonces intacto y en pleno poderío, desde el suroeste hasta el sur, semejando en el mapa la base cóncava de Norteamérica. Por el este las posesiones británicas de Bermudas y Bahamas, las Antillas mayores españolas y francesas (Haití) y las menores como colonias de varios Estados europeos.

No hay más que mirar el mapa para comprender la precariedad de los trece estados recién surgidos. Se vislumbraban dos soluciones: una unión política fuerte pero suficientemente flexible para evitar el desmembramiento de la naciente república donde convivían intereses situados en extremos opuestos (solución constitucional) y la adquisición de los territorios limítrofes con vecinos muy peligrosos (doctrina del Destino Manifiesto).

Esto último se resolvió con la compra sucesiva de la Luisiana a Francia; Alaska a Rusia; negociaciones y compensaciones a Gran Bretaña por los territorios al noroeste y un tratado con España, beneficioso para ambas partes pues ésta no tenía soberanía de hecho sobre La Florida y otros territorios aledaños y sí la reconocía sobre el norte de Texas, en disputa desde la compra de La Luisiana.

La solución política fue la Constitución, compromiso para la convivencia de intereses contradictorios, obra de la búsqueda del consenso y la cesión de posiciones entre abolicionistas dueños de esclavos, abolicionistas sin esclavos y esclavistas en búsqueda del bien mayor; una lucha entre los que propiciaban una federación fuerte y los que deseaban más prerrogativas para los estados; el tema monetario y la política fiscal ocuparon un lugar destacado en los debates. Una descripción del proceso se encuentra en la obra sobre Derecho Constitucional de Hubert H. Bancroft, glosada por José Martí haciéndole exclamar:

“Yo esculpiría en pórfido las estatuas de los hombres maravillosos que fraguaron la Constitución de los Estados Unidos de América: los esculpiría, firmando su obra enorme, en un grupo de pórfido (…)”[1]

Luego de la anexión de la República de Tejas, independiente de México durante nueve años, la guerra subsiguiente con México donde EEUU también se anexa California por entonces en proceso de separación de México y la compra a este país de territorios situados entre Texas y California para configurar una frontera recta, estaba configurado el territorio continental estadounidense definitivo[2].

No obstante, desde el inicio existió una contradicción que fue creciendo hasta hacerse insalvable pues los estados del norte legislaban continuamente para facilitar la manumisión de los esclavos y allí éstos hallaban refugio seguro al escapar algo que ocurría cada vez con mayor frecuencia al establecerse rutas con la complicidad de abolicionistas blancos y negros libres. Los estados del sur buscaban en la expansión hacerse mayoritarios, así se facilitó la anexión de la República de Texas, rechazada anteriormente por el Congreso y se trató de facilitar la de Cuba, con la expedición de Narciso López o la de Nicaragua con la aventura de William Walker. Los compromisos que se establecieron solo aplazaron lo que John Quincy Adams llamaría “la última batalla por nuestra independencia”: La Guerra de Secesión.

Con la elección de Abraham Lincoln a la presidencia por el recién creado Partido Republicano se precipitaron los acontecimientos y a la secesión de once estados sureños siguió la creación de los Estados Confederados de América, el gobierno de la Unión declaró ilegal el proceso y comenzó una cruenta guerra civil, terminando con la destrucción de los estados esclavistas en cuyo territorio transcurrieron casi todas las acciones bélicas. Es de destacar que se movilizaron masas de combatientes nunca antes vistas en otros conflictos bélicos. Simbólicamente, la capital confederada, Richmond, fue tomada por el XXV Cuerpo del ejército de la Unión, compuesto casi exclusivamente por afrodescendientes, para sellar la suerte de la Confederación y de la esclavitud en EEUU.

Ese conflicto ha sido el mayor peligro para la existencia de EEUU tal como lo conocemos. Una política inteligente, la llamada reconstrucción permitió a los estados secesionistas volver paulatinamente a la Unión, la Proclama de la Emancipación y tres enmiendas constitucionales: las XII, eliminación de la esclavitud; XIV, protecciones federales para todos sin importar razas y XV, eliminación de restricciones raciales para votar reforzaron los principios enunciados en la Constitución y fueron, junto con otras legislaciones de la época y posteriores (las leyes por los derechos civiles, por ejemplo) una muestra de por qué, en EEUU todas las luchas legítimas por la justicia social y el progreso han sido basadas en la Constitución, nunca contra ella. De ahí la sentencia martiana:

“Por eso dura esta Constitución: porque, inspirada en las doctrinas esenciales de la naturaleza humana, se ajustó a las condiciones especiales de existencia del país a que había de acomodarse, y surgió de ellas”.[3]

A 122 años de la Declaración de Independencia los trece estados originales habían completado su Destino Manifiesto y constituían una entidad única, políticamente unida, con más de 9,3 millones de Km2, cuarto lugar mundial; con la mayor diversidad étnica, cultural y religiosa, la mayor economía del mundo y con logros sociales, científicos, culturales, que la sitúan en el primer lugar o entre los primeros lugares entre el concierto de las naciones en prácticamente todos los aspectos de la civilización.

La conformación de la Unión no estuvo exenta de sombras: guerra con Gran Bretaña entre 1812-1815; incontables conflictos con los habitantes originarios llamadas en su conjunto Guerras Indias; la guerra con México de 1846-1848 y otros conflictos menores, pero la mayor parte de la expansión se logró mediante compras de territorios y negociaciones. Comparando la historia de la conformación de los Estados modernos, sobre todo los considerados grandes potencias, la de EEUU resultó infinitamente menos violenta que la del Reino de España; el Reino Unido, el Imperio Zarista y su sucesor la Unión Soviética; la actual República Popular China, etc.

Comparar esta historia con la de otros países del mundo, particularmente de América Latina, y comparar la situación geopolítica e interna actual de EEUU con ellos, resulta algo muy instructivo y nos permite situarnos en la real situación internacional y qué podemos esperar en el futuro inmediato, sobre todo meditar sobre qué le espera a la democracia en el futuro.

Pero sobre todo comprender que la declaración de guerra personal hecha por Fidel Castro en Junio de 1958 en carta a Celia Sánchez, la cual como gobernante totalitario impuso al pueblo de Cuba, solo ha llevado a la ruina a la nación cubana y no tiene posibilidades de éxito alguno, solo justificar su eternización en el poder con la satanización de un enemigo inventado.


[1] Obras Completas, Edición Digital, t9, pág. 306-308.

[2] Posteriormente se añadió la isla de Hawái con el archipiélago del mismo nombre, proceso terminado en 1898. Ese territorio insular fue admitido como estado de la Unión en 1959, el 50º y último.

[3] Obras Completas, Edición Digital, t9, pág. 306-308.


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