Actualizado: 22/05/2019 9:03
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Siria, Egipto, Primavera Árabe

Los árabes en la encrucijada

Si alguien imaginó que después de la caída de las dictaduras árabes aparecerían democracias como la suiza o la holandesa es porque simplemente no sabe nada de historia

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Fue Leo Trotsky, el trágico revolucionario, quien elaboró la teoría de la revolución permanente. La teoría de Trotsky nunca se cumplió, de modo que su ex camarada, Stalin, hubo de sustituirla por la del “socialismo en un solo país”, la que impuso cometiendo el genocidio más grande de la historia universal.

La verdad es que si Trotsky hubiera sabido que sus teorías eran ciertas no para alcanzar el comunismo sino para salir de él, habría cambiado su profesión revolucionaria por la de crítico de arte, para la cual estaba mejor dotado. Porque efectivamente, si hay procesos que han asumido un carácter permanente, ellos han sido la revolución anti-comunista ocurrida en la URSS y Europa del Este en 1989-1990 y las revoluciones árabes del 2011 las que, vistas en retrospectiva, pueden ser consideradas como dos fases discontinuas de la revolución democrática de nuestro tiempo. Ahora bien, las revoluciones democráticas —y no es paradoja— no producen regímenes democráticos de modo automático. Simplemente crean condiciones para que ello ocurra alguna vez.

Si alguien imaginó que después de la caída de las dictaduras árabes aparecerían democracias como la suiza o la holandesa es porque simplemente no sabe nada de historia. Porque para entender lo que está sucediendo en los países árabes después de la “primavera”, hay que tener en cuenta dos evidencias: La primera: toda revolución es realizada con los materiales (políticos y culturales) de que cada nación dispone. La segunda: después del flujo sobreviene una fase de reflujo en la cual son integradas las “fuerzas del pasado”. Es lo que está ocurriendo en el mundo árabe.

¿Túnez sigue siendo un país empobrecido? ¿Y quién esperaba que iba a tener lugar después del tremendo desorden un despegue acelerado hacia la modernidad? ¿O Libia sigue siendo campo de disputa entre fracciones tribales? ¿Y quién esperaba que aparecerían partidos modernos después de que Gadafi destruyera todo atisbo de organización política? ¿O que en Egipto, después de las elecciones de Diciembre de 2011, los “islamistas” llegarían al poder? Justamente es ahí, en el caso egipcio, donde muchos comentaristas han dado muestras de gran ignorancia.

En la literatura política la palabra islamismo designa una fracción más ideológica que religiosa cuyo objetivo es la “guerra santa” contra occidente. Un islamista no aceptaría jamás organizarse en partidos políticos. Tampoco ir a elecciones y mucho menos someterse a una constitución paralela a la Sharia. Pero tanto los musulmanes moderados como los conservadores han aceptado las reglas del juego. En Egipto participó más de un sesenta por ciento de la población en elecciones, una fracción política sunita se impuso en contra de otra igualmente sunita (hecho inédito) y hoy, ambas fracciones “poli-islámicas”, luchan en contra de un Ejército que intenta continuar la dictadura de Mubarak. En breve: los islamistas son musulmanes, pero no todos los musulmanes son islamistas.

Los Gobiernos de EEUU y Europa, en cambio, sí parecen haber entendido la encrucijada del Oriente Cercano. Allí no se trata de elegir entre dictadura y democracia sino entre autocracias militares y repúblicas políticas. Alcanzar la fase del republicanismo es solo el primer escalón de una escalera que algún día podría llevar a la democracia, islámica o no. Eso es lo que también está en juego en Siria y a la vez eso es lo que no pueden entender ni los “izquierdistas” ni los “moralistas” de la prensa occidental.

Según los “izquierdistas”, la OTAN al haber actuado en Libia y no en Siria, mostró que su único interés era el petróleo. Según los “moralistas”, es necesario invadir Siria ya que el tirano de Damasco masacra a su pueblo tal como hizo Gadafi. Lo que no saben ambos es que en política —también en la internacional— quien hoy dice A no siempre debe decir mañana B. Cada situación es distinta a otra.

Las diferencias entre lo que está ocurriendo en Siria y lo que ocurrió en Libia son grandes. Fueron los propios rebeldes libios quienes pidieron ayuda a Occidente, lo que no ha ocurrido en el caso sirio cuyas sacrificadas masas parecen estar en condiciones de deshacerse del tirano sin ayuda externa. Ellas están dirigidas por organizaciones político-religiosas que ven en la dictadura alawí de la familia Asad un cuerpo extraño incrustado en espacio sunita. Además, la Liga Árabe —hasta hace poco muy inoperante— se ha convertido en un organismo decisivo en la región. De tal modo que una intervención de los EEUU o de la OTAN en Siria solo repetiría el mismo error que cometió Bush en Irak: liquidar a un dictador al precio de amputar las posibilidades para que allí surgiera, como en el resto del mundo árabe, una revolución popular.



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