Actualizado: 30/03/2020 11:16
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Los demócratas, a la baja

No hay entre los demócratas un Trump que se robe el show

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Fresco se presenta ante mi el recuerdo del desconcierto que imperaba en el Partido Republicano tras la victoria de Obama.

Parecía que nunca más encontrarían el camino hacia el poder. Obama campeaba por sus respetos, y los comentaristas conservadores hervían en sus programas de radio.

La espuma de la rabia se desbordaba por los altoparlantes. Limbaugh lo llamaba (y aun lo hace) Barack Hussein Obama, con énfasis en Hussein. Otro, cuyo nombre no recuerdo, menos sutil e igual de racista, lo mencionaba como Barack Hum Hum Hum Obama, usando ese estereotipo del habla de negros sureños.

Los republicanos estaban, simplemente, en harapos.

Casi ocho años le tomó a ese partido reorganizarse. Volvió a perder ante Obama y al fin, en las primarias republicanas de 2015 y 2016, hubo tantos pretendientes como en estas de los demócratas. Y es ahora este partido demócrata el que está desarticulado, errático, dando tumbos contra las cuerdas, anonadado por la victoria de Trump, y aún lejos de recuperarse de su crisis.

Sin embargo, toda similitud entre ambas situaciones termina ahí.

Los demócratas carecen de un candidato oportunista que entienda el valor mediático de la vulgaridad, o al menos el sentido de la oportunidad para decirle a la gente, agotada con el “más de lo mismo”, lo que quiere escuchar.

Trump lo entendió bien. Trump comprende y disfruta el poder del espectáculo desde que, dandi aburrido, decidió darle a su ego la papilla de que lo convirtió en celebridad de programas de mediodía. Blindado por su riqueza, entrenado en el arte de las negociaciones de cuchillo en la boca, gozando el aplauso y la lisonja, arrasó con sus oponentes republicanos porque ofreció —y sigue ofreciendo— un stand-up descarnado y vulgar.

Tal es así que Trump es ahora la gran paradoja: es, insisto, el multimillonario furiosamente capitalista que a la vez es el presidente de los obreros y los granjeros. Y, por lo que se aprecia, su reelección es imparable.

La historia del molote de precandidatos del partido opositor se ha repetido. Pero, mientras los republicanos contaban con algunos políticos de dinastía —¡y elegibles!—, como Jeb Bush o Mitt Romney, esta estampida demócrata no ha podido ser más desabrida.

No hay entre los demócratas un Trump que se robe el show. Todos son aburridos, como esas nóvelas escritas para deslumbrar al crítico o al escritor amigo, y no para ser leídas.

Biden es historia. Warren, Buttigieg, Klobuchar, son solo “animadores”. Y, en lugar de un líder, hay un Bernie Sanders. Un independiente, que se declara socialista, que no muestra recato en alabar a Fidel Castro, y que, lo peor, es el líder en las preferencias de los votantes demócratas que se han movido, todavía no me explico por qué, más a la izquierda y que, pienso, ni siquiera entienden qué es ser socialista y qué es el socialismo. Ni qué es la izquierda.

La Guerra Fría terminó hace treinta años, más de una generación, tiempo suficiente para que los jóvenes demócratas que siguen a Bernie no tengan ni puta idea de qué está sucediendo. O de lo que sucedió. El resultado está a la vista: un partido demócrata muy fragmentado que es percibido cada vez como menos alternativa y más una amenaza.

El partido demócrata contemporáneo es como esos alpinistas, atados a la misma cuerda, en cuyo extremo pende un fardo de plomo que no los deja avanzar y amenaza con arrastrarlos en un estrepitoso desplome loma abajo.

Ese fardo no es solo la ideología extrema de Bernie Sander. Es también la incapacidad de ese partido para encontrar un candidato sólido que convenza a propios y ajenos y que, además, resista y venza el encontronazo con Trump, cuyas reglas de pelea son la de la esquina y el

bar a medianoche. Las del espectáculo, que tan bien conoce.

Sin embargo, todo indica que será Bernie Sanders el nominado por los demócratas.

Pero ni siquiera en estos tiempos extraños, donde la mitad de los americanos considera a Trump digno de la presidencia, tiene un socialista de 78 años, que apenas ha rebasado un infarto, posibilidades reales de ganar una elección presidencial.

Aún cuando los demócratas moderados, por razones de disciplina partidista, se alineen tras la candidatura de Sanders, este es una mala opción y no solo por su ideario, sino porque no es elegible para presidente. Es cada vez más evidente. Y el cónclave demócrata lo entiende, y desespera.

La buena noticia es que para el 2024 es poco probable que Bernie Sanders se vuelva a presentar como precandidato a la presidencia.

Quizás para entonces el partido demócrata se haya deshecho de ese fardo repleto de ideologías y mediocridad y, hasta es posible, para su mejor suerte, que haya encontrado a su Donald Trump.


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