Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Revolución francesa, Francia

Los intelectuales y la Revolución francesa

Se produce en las revoluciones una fascinación mutua entre intelectuales y políticos que luego, inevitablemente, se rompe

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La Revolución francesa puede ser considerada como la matriz del intelectual moderno, en lo referente a su “compromiso”, su “integridad” en relación con el poder.

Por una parte, los orígenes de la Revolución son intelectuales, como nadie debe ignorar. Para recordar solamente dos libros, remito a: “Les Origines intellectueles de la Révolution française: 1715 - 1787” (1933), de Daniel Morent y Albert Matthiez ; y “The Intellectual Origins of the French Revolution” (2005), del historiador norteamericano Robert Darnton.

De hecho, ellos, los escritores, tuvieron el poder. Recuérdese que casi todos esos hombres que hicieron la Revolución eran escritores, frustrados o aspirantes a serlo. Así, contribuyeron a unificar la lengua francesa, desechando el “patois”.

En una posible relación con los intelectuales y la denominada Revolución cubana, se ha escrito que, en el inicio, se produce en las revoluciones una fascinación mutua entre intelectuales y políticos que luego, inevitablemente, se rompe. A partir de un momento, diríase en 1794 (la caída de Robespierre), las alternativas para los intelectuales franceses habrían sido: el exilio, el oportunismo o la muerte.

En realidad, los únicos guillotinados entre los artistas y escritores tras 1794 fueron tres pintores, por motivos eminentemente políticos, es decir, ligados a su acción precisa, contrariamente a, por ejemplo, el poeta André Chénier, ejecutado tres días antes de que cayera la cabeza de Robespierre, debido notablemente a que había desatado la furia jacobina con una “Oda a Charlotte Corday”.

Los pintores Prieur y Châtelet, ambos miembros del Tribunal Revolucionario, fueron guillotinados por la “reacción thermidoriana” en mayo de 1795. Prieur era uno de los más agresivos en el Tribunal, y protegido de Robespierre. Châtelet era el brazo derecho del terrible Acusador público, Fouquier-Tinville. El otro pintor guillotinado, también exmiembro del Tribunal, fue Topino-Lebrun, en 1800, por su participación en la “conspiración de los puñales” contra el Primer Cónsul Bonaparte.

En total, hubo seis pintores entre los miembros del Tribunal. Prieur y Châtelet no le debieron en ello nada a David, pues poseían sus propios “méritos revolucionarios”. Los restantes cuatro, entre ellos el gran Gérard y el mencionado Topino-Lebrun, habían sido nombrados por el poderoso David.

La “alternativa” del exilio estuvo presente desde el inicio, para todos los que fueron “disidentes”. El vizconde de Chateaubriand, realista, se exilia en Norteamérica en 1791. Regresa a Europa para luchar en el ejército de los emigrados. Casi pierde la vida en un combate, y se trasladó a Inglaterra. ¿Puede considerarse a su “Genio del cristianismo” (1802) una creación oportunista porque le sembró el terreno a Napoléon para el concordato con la Iglesia? Cierto que Napoléon lo “premió” enviándolo como segundo de su tío el cardenal Fesch a la embajada de la Santa Sede en Roma. Después, ambos hombres se enemistaron: acaso porque Napoléon era el hombre político que hubiese deseado ser Chateaubriand, y éste era el escritor que Napoléon hubiese querido ser. A pesar de su bronca, Chateaubriand fue hecho miembro de la Academia en 1811, provocando la ira con su discurso de aceptación, muy crítico con el “proceso revolucionario”.

Madame de Stael huyó con las masacres de septiembre de 1792, según ella porque su vida estaba en peligro. Escribió en defensa de Marie-Antoinette, y regresó tras la caída de Robespierre. Fue una jefa política por derecho propio. Su gran conflicto, como es conocido, fue con Napoléon.

Benjamin Constant se “comprometió” con la política a partir de 1795. Sostuvo los golpes de Estado del 18 de Fructidor y del 18 de Brumario. Convertido en jefe de la oposición liberal a partir de 1800, salió de Francia al año siguiente. No obstante, se alió con Napoléon durante los Cien Días (1815, antes de Waterloo y tras el regreso de la isla de Elba), redactándole la nueva constitución.

Por su parte, los notables escritores “contrarrevolucionarios”, Joseph de Maistre, el abate Barruel y Rivarol, salen al exilio en 1792.

La relación “fascinación-rechazo” de los intelectuales franceses con el poder fue, en realidad, bastante más compleja, ya antes de 1794. El propio André Chénier, que se oponía al Ancien Régime, había compuesto una “Oda al Jeu de Paume”. Su “pecado” fue ser anti-jacobino. La disputa política se trasladó a la familia. Su hermano, el también escritor Marie-Joseph Chénier, estaba en el otro bando.

Choderlos de Laclos, el autor de “Las amistades peligrosas”, tuvo un rol eminente con los jacobinos. En tanto comisario del ministerio de la guerra, contribuyó a la victoria republicana de Valmy en 1792. Fue encarcelado durante el Terror, lo liberaron tras Thermidor y después fue pro-Napoléon.

Madame Roland, también escritora, fue guillotinada en 1793 por ser una girondina influyente.

Otro girondino célebre, Condorcet, el último sobreviviente de las Luces, se suicidó en la prisión en 1794.

Sièyes, quien también participó en la redacción de la constitución girondina, el autor del panfleto “¿Qué es el tercer estado?” (1789), que sentó el tono y la dirección de la Revolución, el pensador que acuñó el término de “sociología” (la figura del exabate, y su influencia, es mucho más vasta de lo que se le pueda dedicar en estas líneas), sobrevivió según sus propias palabras al Terror, para luego abrirle el camino amplio a Bonaparte.

Otro escritor, asimismo diputado en la Convención, fue Sébastien Mercier, autor de la novela utópica “El año 2440” (1771). En el París de ese año, la riqueza y la pobreza extremas habían sido abolidas. Danton dijo que no era una fantasía, sino que debía ser leída como una guía muy seria del futuro. El Terror lanzó a Mercier a la prisión; se salvó de la guillotina, como tantos otros, gracias al 9 de Thermidor.

Si no, la Revolución llamó a su lado a glorias pasadas, como Bernardin de Saint-Pierre, haciéndolo intendente del Jardín de Plantas y luego profesor de la Escuela Normal Superior.

Como de hecho los escritores, convertidos en hombres de acción y viceversa, estaban en el poder, se desató bajo la Revolución una grafomanía excelsa. Prácticamente, todo el que supiera escribir garabateaba lo suyo. Los periódicos florecieron como champiñones. Solamente en París, en el transcurso de tres años, existieron 300 periódicos. Como dijo Robert Darnton, desde el pensador hasta el “Rousseau de arroyo” (o un escritorzuelo de última categoría), todos tuvieron su espacio.

El “caso” más significativo es el del marqués de Sade. ¿No había incitado al pueblo a que tomara la Bastilla, donde se encontraba encarcelado por el Ancien Régime? Admirativo, el poeta Paul Éluard (miembro del Partido Comunista Francés), escribió que había sido “el más implacable y temido de los revolucionarios”.

Varios han visto una correspondencia entre el “sadismo” (término aparecido en 1834) del Divino Marqués y el, en definitiva, baño de sangre de la Revolución. ¿Fue su obra aplicada durante la Revolución; el “sadista” de Sade estaba a la par con el masoquista de Rousseau? Lo cierto es que sí hay una correspondencia entre la obra de Sade y su acción política durante la Revolución. Fue secretario de la sección de Piques (la de Robespierre). Hizo aquí varios discursos, el más famoso de ellos fue el dedicado, en septiembre de 1793, a los espíritus de Marat y Lepelletier. Ahí, se refería al “sexo tímido y dulce” de… Charlotte Corday.

A pesar de sus esfuerzos patrióticos, Sade regresó de nuevo al calabozo 1793, debido a su “moderación”. Había provocado la cólera de Robespierre. Sade era un ateísta y un materialista radical. Robespierre, “moderado” en esto respecto de Sade, le respondió no sólo con la prisión sino con la institución del culto al Ser Supremo.

La “influencia” de Sade en el Terror ha sido notoriamente vista en las “bodas republicanas” practicadas en la Vendée. Para sumergir a los supliciados en el río Loira, los desnudaban y los ataban por parejas, preferiblemente de hombres y mujeres, simulando la cópula por medio de la posición. Si era una pareja de hombres, simulaban el acto homosexual.

Y Turreau, el atroz victimario de las “columnas infernales” (ejecutoria de “tierra arrasada” en la Vendée) profería que eran la expresión de “la llama de la filosofía”, una frase de Sade.


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