Actualizado: 15/11/2018 8:55
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Somoza, Nicaragua, EEUU

«Los machos»

Veremos cómo “los machos” solucionan el asunto de los miles de centroamericanos que avanzan hacia su frontera

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No son hijos de perra. Son sólo gente que
nunca tuvo coches como éste, ni ninguna
otra cosa.
Ray Bradbury [1953]

Hace ya unos cuantos años mantuve una relación amistosa con un excoronel del ejército somocista. Era una persona grata, de un porte elegante, culto y buen conversador, tal vez un poco paranoico ya que usaba siempre un chaleco blindado. Somoza padre le había dado, siendo un alistado, la tarea de acompañar a Somoza junior (“Tachito”) a Estados Unidos para cursar la escuela militar de West Point y servirle como una especie de edecán, ayuda de cámara, institutriz masculino, o algo similar; en especial evitarle a su querido hijo graves conflictos.

La tarea le resultó altamente ingrata, en particular el difícil cometido, que él considero necesario, de obtener notas académicas más baja que el junior y a pesar de ello aprobar todos los requerimientos de un cadete y culminar sus estudios como oficial, si no con honores, por lo menos aprobado.

Los conatos de broncas en que tuvo que intervenir, las borracheras que tuvo que soportar y las múltiples malacrianzas que debió pasar por alto llenarían volúmenes. El delfín era un tipo difícil, indisciplinado, arrogante y poco propenso al estudio y las exigencias de la vida militar y menos la académica que exigía West Point, incluso para los hijos de papá y los aprendices de dictadorzuelos.

Al retorno ya como un oficial pasó a desempeñar diferentes responsabilidades, hasta que después del ajusticiamiento de Somoza su heredero ocupó el cargo de dictador en jefe y lo llamó a él para una nueva tarea que sabía que cumpliría a cabalidad: servirle de ayudante a su esposa, conocida como Madame Somoza, resolverle sus más nimias solicitudes, acompañarla a festines y ágape, a los cuales “Tachito” no quisiese asistir, lo cual ocurría frecuentemente.

La tarea tampoco fue fácil ya que la Madame era puntillosa y exclusivista hasta el paroxismo. Le podía hacer sombra a la actual First Lady USA ya que fue nombrada en el Salón de la Fama de la Mejores Vestidas Internacionalmente en 1968. De cualquier forma, le fue mejor con la dama que con el esposo. Y no, él me aseguró que sus deberes nunca llegaron hasta la cama. Yo le creí.

Sus anécdotas pasaron de festivas a dramáticas cuando después de la caída de Somoza, por las acciones del ejército Sandinista, él fue apresado y sometido a torturas, según me aseguró, por cubanos que solo le preguntaban dónde estaba oculto el tesoro de Somoza. Cuando terminaba la sesión de tortura lo metían nuevamente en una de las gavetas de la morgue, completamente desnudo y allí él estaba convencido de que estaba muerto. Esto me lo contaba con lágrimas en los ojos, y esa emotividad me hacían sus relatos muy convincentes.

Al fin los interrogadores decidieron que él no sabía nada de lo que a ellos les interesaba y lo mandaron a prisión junto a otros militares del derrotado ejército somocista. Ya algo más tranquilo en las conversaciones entre ellos salía a relucir una frase: “Esto se va a arreglar deja que vengan ‘los machos’”. Y cuando yo le pregunté quienes eran esos “machos”, su respuesta fue: los americanos. A mi pregunta él me aclaró que así les decían en Nicaragua a los yanquis, “los machos”. ¿Cómo es posible? En Cuba los machos o son los tipos guapos o los puercos listos para ser comidos.

Pero en Nicaragua comúnmente se les decía “los machos” a los yanquis que llegaban metían mano a los que se les antojara y no había quien los parara: eran “los machos”. Esto me recordó, no sé por qué, el cuento de Bradbury “Y la roca gritó”. Veremos cómo “los machos” solucionan el asunto de los miles de centroamericanos que avanzan hacia su frontera.


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