Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Venezuela, Maduro, EEUU

Maduro, ¿está maduro para caer?

La economía venezolana es hoy día más dependiente del exterior que nunca

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La diferencia entre un esclavo y un ciudadano es que el
ciudadano puede preguntarse por su vida y cambiarla.
Alejandro Gándara

Históricamente los embargos y los bloqueos comerciales no tumban gobiernos totalitarios. La razón es muy simple: en la medida que se tiene todo el poder económico, el control social y el dominio absoluto de las fuerzas armadas y los aparatos represivos, cualquier presión extrínseca sobre el sistema le da mayor cohesión interior. Es pura física de la segunda ley de la termodinámica. Los sistemas totalitarios han alcanzado, tomando prestada de la física el símil y valga el oxímoron, un nivel de equilibrio inestable; su naturaleza es la entropía o desorden interior. De tal modo, cualquier presión externa aumenta la atracción de todos los elementos; el sistema no evoluciona, no progresa. Pero tampoco se desintegra. Los regímenes paradigmas son Cuba y Corea del Norte.

Siguiendo las extrapolaciones, tal vez no siempre felices, pudiera pensarse que, al disminuir la presión externa, uno de los factores cohesivos más importantes, el sistema podría venirse abajo, desaparecer. Por la física elemental sabemos que los sistemas basados en el equilibrio desequilibrado suelen fluctuar. La fluctuación opera gracias al desprendimiento de energía, que, traducido al lenguaje sociológico, es librarse de las fuerzas sociales opositoras, de la sociedad civil que lucha por los cambios —fuerzas morfogenéticas.

Cuba ha logrado mantener un sistema morfostático —sin cambios estructurales— no solo debido a la presión externa, la mayor o menor cohesión interna, sino también a la capacidad de desprenderse y diluir las fuerzas del cambio. Las grandes olas migratorias, el exilio forzado y el favorecido, y la “energía externa” de hallarse siempre patrocinado por una de las grandes potencias en disputa, han hecho que el sistema totalitario cubano sobreviva. Cuando la Isla ha estado lista en el punto de no retorno, la intervención de fuerzas que tienden al cambio y las que lo impiden han devuelto el sistema a un equilibrio circunstancial. Ese análisis permite comprender el absurdo de que las colas, la falta de agua y de jabón, de luz eléctrica, el racionamiento y el control de precios, el hacinamiento y la mendicidad no propician el cambio, sino que sean parte del equilibrio sistémico insular.

El caso de Venezuela es distinto por varias razones. El embargo o bloqueo instaurado por la Administración Trump no se ejerce sobre un sistema lo suficientemente fluctuante, totalitariamente cohesivo, sino sobre un régimen tiránico que aún no ha encontrado toda la estabilidad inestable para poder sobrevivir a una presión externa considerable. La fuerza exterior se ha ejercido de modo vago, contingente, en pequeños y específicos blancos. El régimen bolivariano ha respondido en esa misma dirección y potencia: expulsando y encarcelando algunos opositores, diálogos que no van a ninguna parte, destrucción de casi todo el tejido productivo privado, fuente natural de elementos morfogenéticos —tendientes al cambio. Pero les ha faltado tiempo. Y agallas. Habría que añadir, aunque duela decirlo, que uno de los factores que ha dado mayor estabilidad al chavismo es una parte de la oposición —¿oposición leal? Sin ella, como factor compensatorio, nivelador, el chavo-madurismo hubiera llegado a su punto de inflexión hace rato.

El nuevo decreto de la administración norteamericana transforma radicalmente la ecuación venezolana a favor del cambio estructural por tres factores básicos: uno, la relación de dependencia-independencia del régimen con el exterior; dos, la imposibilidad de hacer planes a largo y mediano plazos, lo cual significa vivir en la improvisación, en el peligroso azar cotidiano, y tercero, que muchos jerarcas chavistas-maduristas y opositores tapiñados comenzaran a sufrir la escasez de privilegios, un detonante de la traición cuando no se tienen ideas, como el caso que nos ocupa.

La economía venezolana es hoy día más dependiente del exterior que nunca. Sus exportaciones de crudo son menos de la tercera parte de hace dos décadas, acaso suficiente para pagar las deudas financieras con chinos y rusos, y la gendarmería de La Habana. La extrema dependencia del mundo exterior, y que el dólar haya sido bloqueado para sus transacciones internacionales, pone al Madurismo en serio aprieto. No hay yuan ni rublo que los salve. Muy pocos países cambiaran bolívares —ya no se habla del petro— por dólares.

La planificación del régimen bolivariano de ahora en adelante solo puede hacerse como en una guerra: comer y combatir hoy sin saber que pasará mañana. Este cambio en la ya desordenada y corrupta economía venezolana es mortal. Para el pueblo llano que aún cree en el chavismo-madurismo —una minoría que todavía cuenta—, se acabaran las ilusiones del mal llamado gobierno socialista —viviendas, escuelas, trabajos. El trapicheo de las bolsas CLAP y la gasolina trasnacional tendrán que pagarse con favores cortesanos. Sustituir las exportaciones de combustibles por drogas y oro podría ser la última caja chica de Miraflores.

Por último, la realidad real. Una vez más, el punto de no retorno, de inflexión, se halla fuera del sistema, y se llaman Rusia y China. Cuba, como en la Crisis de los Misiles, o en las guerras africanas, es el matón sentado a la mesa que mira de lejos y no tiene la palabra. Los norteamericanos han metido un ruido en el sistema bolivariano para el cual no hay antídoto conocido: el bloqueo total de los capitales imperialistas. Ni los chinos en su guerra comercial con Estados Unidos pueden proteger a Venezuela, ni los rusos pueden dejar de cobrar los adeudos que Maduro no puede pagar, sumidos ellos mismos en problemas financieros; proteger a Maduro pudiera ser un fracasado capricho neo-zarista, y para los mandarines ñangaras, una Ruta de la Seda perdida entre la tupida corrupción madurista.

También el propio chavismo-madurismo está llamado a ver la realidad. Tal vez no la verán quienes, presas del delirio y la soberbia, se han burlado de los demás por veinte años. El chavismo no es una ideología, no es siquiera un error político, una revolución verdadera. Es una madeja de manipulaciones y oportunismos, una mezcla de manuales materialistas y espiritualidades chuecas, justificaciones anodinas y caprichosas, y sobre todo, la mejor guía para el raterismo, la mentira pertinaz, la extorsión y la corruptela, sustentado todo con el dinero y las necesidades gástricas de su pueblo. Cuba, el policía rentado por el gobierno venezolano, tendrá que mirarse al espejo, no el mágico, sino el de la realidad: ser la próxima víctima o el próximo aliado occidental.

Maduro es la fruta madura, pero no la de John Quincy Adams. Pero Maduro no caerá de la mata por su propia sazón, ni por la proximidad del Norte. Nicolás, el maduro, ha llegado a ese nivel de obcecación con el poder, él, un simple obrero, como se autocalifica, en el cual no puede admitir que su tiempo de desasirse del tronco ya pasó. El Grupo de Lima y la Unión Europea parecen desconocer los frutos comunistas a pesar de haberlos sufrido en sus propias arboledas. Algunos, deberían saberlo bien, hay que tumbarlos, no se caen solos, se pudren en los gajos.

Tampoco ciertos sujetos de la oposición, quienes sí saben de árboles frutales, se dan por enterado; cuando una fruta huele a podrida, es hora de bajarla del árbol a como dé lugar pues contamina el aire, enferma el tronco, infecta la savia. Eso, precisamente, es lo que el Presidente Trump está tratando de hacer comprender con esta directiva. Como dijera John Bolton, el tiempo del diálogo ha terminado, y es hora de pasar a la acción. O sea, ha llegado la hora de deshacerse del fruto podrido, o aislar su tronco enfermo.


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