Actualizado: 18/10/2017 20:02
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EEUU, Trump, Inmigración

«Making la inmigración great again»

El presidente Donald Trump quiere no solo eliminar la inmigración ilegal, sino reducir y darle una nueva formulación a la legal

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Cien años después de la estampida de irlandeses, italianos y judíos que casi desbordara el melting pot americano, dándole el punto definitivo de sabor y textura a esos Estados Unidos que entraban al siglo XX a paso de ogro, los descendientes de aquellos rendidos, de aquellos pobres, de aquellas hacinadas y anhelantes multitudes de labriegos desclasados, ahora, un siglo después, ya no quieren más inmigrantes.

No es que haya menguado el espacio, ni que las oportunidades se hayan agotado. Es el país, que ya no es el mismo que aquel donde comenzara a fabricarse este tiempo nuestro; tan diferentes, tiempo y país. Pero sobre todo son otras las multitudes, las que han estado llegando a costas, fronteras y aeropuertos en los últimos cuarenta años, a colarse en el caldero en el que se coció la nación americana, caldero que ahora reposa, inútil, sobre un fogón apagado.

Y son, además, los Estados Unidos de Trump.

El candidato presidencial Trump, que escuchó a sus asesores.

Escuchando y aplicando lo aprendido se convirtió Trump en la antítesis del agotado discurso de los demócratas; aceptó ser el vocero de la línea dura de los republicanos, eco de absurdos; los inmigrantes nos quitan los trabajos, dijo, porque eso querían, quieren, escuchar los inmigrantes blancos de tercera o cuarta generación y origen europeo, preferiblemente norte-europeo, como si recoger tomates, limpiar oficinas, sudar en las cocinas de los restaurantes o podar arbustos y cortar yerba fueran los trabajos que van a sacar de las oficinas de la ayuda social a esos blancos, proletarios y desempleados, para colocarlos en la clase prometida, la clase media mullida y de color pastel.

Trump presidente quiere entonces no solo eliminar la inmigración ilegal sino reducir, rediseñar, la legal. Que se base en méritos, dice, reality show “A ver quién entra”; una asamblea de méritos y deméritos donde el televisor, el apartamento de la micro, la visa, se la gana no el que la necesita, sino el que logra vencer más obstáculos.

Así, no más arribazón de rendidos, de pobres, de hacinadas y anhelantes multitudes. Ese es el plan; borren la inscripción, desmonten la Estatua de la Libertad y dejen en su lugar un letrero de gris neón: Ergo, America is great again, motherfuckers.

Y su 35 % de incondicionales aúlla.

En realidad, el asunto tiene nombre y apellidos. De alguna manera se reduce a los inmigrantes de origen hispano. De las minorías, los negros nunca han sido considerados minoría inmigrante, y algunos ni siquiera consideran a los asiáticos minoría —las minorías, por antonomasia, no son exitosas. Vamos, nadie coloca a los asiáticos en la misma oración junto a mexicanos o cubanos. Ni siquiera en el mismo párrafo. Ni siquiera en el mismo texto.

Y entonces, para poner los asuntos al día, anuncia el Presidente la Reforming American Immigration for a Strong Economy (RAISE) Act.

La legislación eliminaría las prioridades inmigratorias que, para que puedan obtener visa y residencia en Estados Unidos, se le brindan actualmente a familiares e hijos adultos de ciudadanos estadounidenses. Limitaría además el número de refugiados aceptados a 50.000 por año, la mitad de los que contemplaba la administración de Obama para 2017.

Como novedad, los beneficiados deben además hablar inglés, tener alguna educación académica, y capacidades que le permitan integrarse activamente a la economía del país.

Es decir, deben ser inmigrantes que vendrán a quitarle los empleos, ya no en teoría, ya no a la América obrera, sino, con toda probabilidad y certeza, a la clase media calificada. Pero en esta, se sabe, no están los votantes por Trump.

Sin embargo, si bien la idea carece de efectividad a la hora de proteger el trabajo de los americanos —otra falacia trumpera a medio cocer—, y a pesar de los matices ahora elitistas, siempre xenófobos y para colmo crueles —invito al más rancio de los trumperos a renunciar a la idea de vivir con sus hijos, padres o hermanos, que ya no obtendrán residencia en Estados Unidos porque no hablan inglés, ni tienen las calificaciones necesarias. Invito, incluso, a los trumperos cubanos, tan entusiastas ellos, a que cooperen con el making off America great again renunciando a vivir con su familia descalificada y monolingüe— sin embargo, decía, la idea no carece —y allá vamos con el término— de mérito.

¿Quién no quisiera los mejores inmigrantes, esos que traen nuevas y mejores ideas, que no vienen a vivir de la beneficencia, que en lugar de enquistarse en guetos y ciudadelas se integran a su entorno, mejorándolo, y que aprenden el idioma, y que asumen, junto con los derechos y beneficios, los deberes de ciudadanos de su nuevo país?

Quizás el RAISE de Trump deba establecer mecanismos legales que obliguen, so pena de enjuiciamiento por perjurio y estafa, a los ciudadanos que traen a sus familiares, a hacerse responsables de estos financieramente y socialmente, y no que los dejen convertirse en una carga económica para el país, a veces de por vida.

Mecanismos que condicionen también la adquisición de los derechos que otorga la residencia a la presentación a un examen de inglés que demuestre al menos comprensión y comunicación básicas. Claro, solo después de haber permanecido un tiempo razonable en el país que le haya permitido aprender la lengua.

Esa es una idea que mantendría lo humanitario de la reunificación familiar, a la vez que garantizaría lo más justo para el Estado y los contribuyentes. Si esos requerimientos fallan, entonces usted no puede asumir a sus familiares, ni sus familiares pueden asumir su nuevo país.

¿Difícil? Por supuesto. ¿Mejor que la idea cruda del RAISE? Piensen en ello.

Y, como si fuera poco, quizás eso nos permita estar en el mismo texto, el mismo párrafo, la misma oración donde se escriban los nombres de las minorías exitosas, esas que son parte importante de una nación.


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