Actualizado: 16/10/2019 8:52
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EE UU-México

Más que caminos trillados

Con una relación estratégica, ambos países se beneficiarían de un proceso de consulta y cooperación.

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Aunque pocos países son tan importantes para Estados Unidos como lo es México, es muy poco probable que atraiga toda la atención del gobierno de Obama.

En 1994, la relación México-EE UU se cimentó con la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte. Ya, a mediados de la década de los años ochenta, el sistema político y económico de México se había encontrado en un callejón sin salida. Los líderes empresariales y políticos encaminaron el país, con lentitud, hacia un modelo diferente: la transición hacia la democracia y la integración económica con EE UU.

El 5 de septiembre de 2001, los presidentes de EE UU y México —en ese momento, George W. Bush y Vicente Fox, respectivamente— se reunieron en Washington DC. Bush declaró entonces: "Estados Unidos no tiene ninguna relación más importante que la relación con México". Después del 9/11, la importancia de México cayó en picada. Un acuerdo global sobre inmigración, por el que México presionaba con vigor, probablemente no se habría alcanzado con rapidez, aunque no hubiesen sucedido los terribles ataques.

El Centro Woodrow Wilson publicó recientemente "Estados Unidos y México: hacia una relación estratégica", un informe revelador y objetivo elaborado por un magnífico grupo de mexicanos y estadounidenses.

¿Por qué una relación estratégica? Ambos países se beneficiarían de un proceso de consulta y cooperación continuo y de alto nivel. Sería tentador decir que México ganaría más que Estados Unidos, pero no hay que sucumbir a esa tentación.

Los intereses mexicanos y estadounidenses están tan entrelazados, que es muy raro no encontrar una agencia gubernamental de Estados Unidos que no tenga tratos con México. Una relación estratégica requeriría una atención permanente por parte de ambos países, así como un compromiso coordinado de todos los actores de los gobiernos en sus áreas de políticas específicas. El objetivo inmediato sería un diálogo más eficaz que encamine soluciones.

El informe exhorta a que se atienda, en forma prioritaria, cuatro áreas claves:

-Cooperación en la seguridad. Los terroristas no han utilizado aún la frontera de más de 3.200 kilómetros para entrar a Estados Unidos y ambos países están interesados en que la situación se mantenga así. Otra preocupación compartida es el auge del crimen organizado transnacional. Una cooperación mayor en labores de inteligencia y de orden público sería mutuamente beneficiosa.

-Integración económica. Desde la firma del TLC-AN, el comercio entre Estados Unidos y México se ha triplicado. México ahora es, en importancia, el tercer socio comercial de Estados Unidos, el segundo destino para sus exportaciones y el proveedor de cerca del 10% de sus importaciones de petróleo. Los mercados laborales se entrelazan cada vez más. Sin embargo, el TLC-AN no ha hecho mucho por estimular la creación de empleos y una distribución del ingreso más equitativa.

-La inmigración. Más de doce millones de mexicanos residen en Estados Unidos, pero cerca de la mitad carece de documentos legales. Casi un tercio de todos los inmigrantes en Estados Unidos son mexicanos; unos 300.000 entran ilegalmente al país cada año. México, aunque reciba más de 20.000 millones de dólares en remesas por año, está perdiendo muchos de sus ciudadanos más emprendedores.

-Control de la frontera. Un microcosmos de los retos que ambas naciones enfrentan son los asuntos relacionados con la frontera: la modernización de la infraestructura, las estrategias de seguridad unilaterales, por parte de Estados Unidos, que socavan la cooperación en materia de orden público y las inquietudes relacionadas con el medio ambiente. Es de interés para las partes desarrollar comunidades fronterizas, cruzando el Río Bravo, que sean portales de seguridad de primer nivel internacional, con conciencia comercial y ecológica. Las comunidades estadounidenses en la frontera figuran entre las más pobres de Estados Unidos, con ingresos un tercio por debajo del promedio nacional.

El TLC-AN es un acuerdo extraordinario. Estados Unidos y Canadá unieron sus fuerzas con México, un país de ingresos medios con una herencia de desarrollo a partir del Estado, una política no democrática y desigualdades más que manifiestas. Aunque lejos de lo que se precisa, México ha progresado significativamente en las últimas dos décadas. No hay duda alguna que los mexicanos son los responsables directos por lograr mayores avances.

La integridad de las instituciones

México no es Canadá y eso lo sabía bien Estados Unidos antes de emprender el ambicioso proyecto de integración económica del TLC-AN. La mayor parte de las tensiones entre Estados Unidos y México, desde el tema de la inmigración hasta el de la inseguridad, emergen de la brecha en la integridad de sus instituciones y de la diferencia de sus niveles de vida. Es por ello que el progreso continuo de México —claro, a un ritmo más intenso— es de interés para Estados Unidos.

El informe del Centro Woodrow Wilson nos dice que la frontera entre Estados Unidos y México debería semejarse, cada vez más, a la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Es cierto que a México le falta mucho para parecerse a Canadá. Sin embargo, si el gobierno de Obama aborda, sin reservas, una relación estratégica, un México más próspero, donde prevalezca el imperio de la ley con más frecuencia que ahora, sería más posible que con la sola continuación de andar por los caminos trillados en las relaciones entre ambas naciones.


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