Actualizado: 25/10/2021 18:08
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OTAN, Libia, Revueltas

Media guerra no garantiza media victoria

Es un craso error querer pelear solamente media guerra para obtener media victoria

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Hace veinticinco siglos, el más brillante estratega de todos los tiempos, el chino Sun Tzu, enseñaba que la mejor estrategia posible era la que permitía lograr los objetivos sin tener que combatir, y la peor de todas era poner sitio al enemigo, porque eso conllevaba un estancamiento en una confrontación prolongada en la que se dependía del agotamiento físico, militar, material o moral del rival para lograr los objetivos.

Lo que se está viendo en estos momentos en el conflicto libio no recuerda para nada esas enseñanzas de Sun Tzu: lo que comenzó con una abrumadora superioridad tecnológica y militar de las potencias occidentales contra Muamar el Gadafi, con andanadas de misiles Tomahawk y certeros bombardeos aéreos sobre las tropas del dictador, ha ido dando paso poco a poco a un estancamiento donde no se avista a corto plazo una solución militar.

Con los bombardeos iniciales efectivamente se evitaron millares de muertes seguras si las tropas de Gadafi hubieran ocupado Bengasi y ciudades del este libio, pero la capacidad militar del dictador solamente ha sido “degradada”, lo que se define como pérdidas de hasta un 15 % de recursos, pero no han sido “neutralizadas”, lo que supondría pérdidas de hasta un 30 %, y mucho menos “aniquiladas”, si las pérdidas llegaran a un 50 %.

El dictador libio dispone todavía de un recurso fundamental, su aviación de transporte, lo que le permite mover tropas a lo largo y ancho del país ante la inefectividad de la no-fly zone, pues no siempre aparecen los aviones aliados para aplicarla consecuentemente, y esa aviación, volando hacia el sur, puede obtener armamentos y mercenarios para reforzar sus fuerzas armadas.

Gadafi ha mantenido la ofensiva militar sobre ciudades en manos rebeldes. Llama la atención la relativa facilidad con que sus fuerzas han movido tanques, transportadores blindados, lanzacohetes múltiples, vehículos lanzacohetes antiaéreos y tropas a lo largo de la carretera del Mediterráneo, en ocasiones hasta en pleno día, sin que hayan sido atacadas y destruidas por la aviación o las fuerzas navales aliadas.

Muchos rebeldes libios, por su parte, parecen creer que la guerra es disparar al aire balas trazadoras, tomarse fotografías, moverse alegremente en camionetas civiles, y declarar a los corresponsales extranjeros cualquier cosa que resulte optimista, aunque no sea cierta o bien fundamentada.

Pero sin organización, entrenamiento, disciplina, y carentes de armamento pesado —que por otra parte no sabrían manejar si lo tuvieran— lo más que logran es avanzar cuando las tropas de Gadafi se retiran, para regresar a la desbandada hasta sus puntos de partida al comenzar a caer los “katiushkas” de los contraataques gadafistas.

No se puede pelear una guerra en serio mientras los rebeldes consideren que las fuerzas aliadas solo existen para responder de inmediato a sus improvisadas, desorganizadas e inconsistentes demandas de apoyo aéreo según estén los ánimos del día en Bengasi.

Estados Unidos, por consideraciones fundamentalmente políticas, ha retirado sus buques de guerra de las costas libias, y ya en estos momentos la participación de sus aviones en los bombardeos se ha reducido al mínimo absoluto, aunque mantienen la inteligencia satelital y aérea de gran altura de vuelo en beneficio de las tropas aliadas.

La OTAN, que ha quedado al mando de las operaciones y subordinada a un “consejo político”, está abordando su misión, que por otra parte no aparece claramente definida, casi a regañadientes: sin el aplastante apoyo norteamericano sus posibilidades de éxito se reducen de manera significativa.

Continúan las preocupaciones occidentales sobre las características, ideología, objetivos y personalidad de los líderes rebeldes, su verdadero compromiso con la democracia, “el fantasma de Afganistán” y el temor a apoyar lo que podría convertirse en una nueva —o la misma— organización terrorista al-Qaida en la Cirenaica libia, el eventual ascenso al poder de agrupaciones fundamentalistas musulmanas, y el rechazo árabe a toda intervención occidental.

Se dice que los rebeldes libios vendieron armas químicas de los arsenales de Gadafi a los palestinos de Hamás, y que un comandante militar de los rebeldes estuvo encarcelado seis años en la Base Naval de Guantánamo tras ser capturado en Afganistán como parte de las fuerzas de Osama bin Laden. Casi nada.

Son preocupaciones legítimas que necesitan respuestas convincentes, pero el tiempo no está de parte de Occidente. En la medida que se prolongue el conflicto sin que se logren resultados concretos las presiones políticas serán mayores, y la tácita complicidad árabe y tercermundista con las acciones anti-Gadafi se irá disolviendo poco a poco. El proceso ha comenzado: Turquía explora posibilidades para un alto al fuego entre los rebeldes y las fuerzas de Gadafi.

Occidente está apostando a soluciones diplomáticas, con Inglaterra a la cabeza, basada en su experiencia para lidiar con realidades árabes y afroasiáticas. Gadafi lo sabe, y mueve sus fichas: su jugada más reciente es ofrecer la sucesión a sus hijos, que se comprometerían a una “transición democrática”, garantizando al dictador retiro tranquilo y sin sobresaltos.

Su hijo predilecto, Saif el Islam, ha enviado mensajeros diplomáticos a capitales europeas con esa propuesta. Sería poner al zorro a cuidar el gallinero, pero por descabellado que parezca se aceptaría por muchos a cambio de acabar una guerra sin resultados.

Ninguna guerra conviene a nadie, aunque los “progres” digan que les interesa siempre a los imperialistas. Mejor resolver conflictos negociando que con bombas “inteligentes”, por muy precisas que sean.

Los gobernantes deben analizar concienzudamente todos los factores en juego antes de ordenar el comienzo de una guerra, y si pueden evitarla, mucho mejor.

Pero cuando decidan ir a la guerra debe ser siempre para ganarla y lograr los objetivos que se propusieron al comenzarla.

Es un craso error y colosal inmoralidad querer pelear solamente media guerra para buscar media victoria. Y, además, lo más probable es que, en vez de media victoria, logren una derrota completa.


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