Actualizado: 23/07/2018 12:41
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México, Obrador, Presidencia

Mexicanos al grito de… la desesperación

AMLO, en el contexto mexicano, es solo una consecuencia, como lo fue Donald Trump acá más al norte

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El nivel de decepción y desespero de los mexicanos con su clase política se refleja en que hayan votado por un populista simplón y autoritario como lo es Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Algo parecido les sucedió a los venezolanos con Hugo Chávez. Y, como en el caso venezolano, lo peor es que parece no había una alternativa que valiera la pena.

No es el triunfo de MORENA y AMLO un triunfo de la izquierda ni de una ideología: el resultado electoral mexicano es un grito de desesperación.

Y es un grito que, pasada la euforia del triunfo, debe causarle mucha inquietud a Andrés Manuel López Obrador.

AMLO ha pasado la mayor parte de su vida política en la cómoda posición de hipercrítico, víctima del sistema político, víctima de las circunstancias, victima de la oligarquía, víctima de sus correligionarios, arquetipo político de Nosotros, los pobres. Pues pobre de él, porque le llegó su hora.

AMLO tiene unos escasos meses para abandonar su rol de eterno atacante y asumir el papel de mandatario asediado por los próximos a seis años.

Asediado, en primer lugar, por sus verborreicas promesas que se espera, por supuesto, que cumpla. Asediado por la clientela izquierdosista, por la otra izquierda, por sus votantes, simpatizantes, adversarios, y enemigos. Por México en pleno, y eso no es poca cosa.

Asediado, efectivamente, como cada mandatario que lo ha precedido, por una nación multicultural, compleja, tercermundista, petrolera por excelencia, donde las soluciones que funcionan en el sur son ineficaces en el norte; país repartido entre feudales caciques políticos, grupos de poder, ejércitos de narcotraficantes, con el 25 % de los mexicanos emigrados y con el 70 % de la población bajo el límite de pobreza.

Eso, a muy grandes rasgos.

Según sus promesas, AMLO no solo debe subirles el salario a millones de mexicanos —sin que aún se sepa de dónde va a salir ese dinero— sino que debe sacar de la pobreza a otros millones que le escucharon y le tomaron la palabra. Los que votaron por el, pues.

Así mismo, tiene un reto mayor: los partidarios de AMLO y de la izquierda en general le achacan los cientos de miles de muertos por la narcoviolencia a los gobiernos anteriores y afirman que las masacres se detendrán por obra y gracia de López Obrador.

No se han detenido a pensar, unos por falta de raciocinio, otros por pura saña politiquera, que esos muertos no tienen que ver con el gobierno de turno si no con la violencia que se ceba en la sociedad mexicana desde hace décadas —y aquí obvio, por razones evidentes, a la sangrienta Revolución Mexicana.

Un breve examen de los últimos 20 años de la política mexicana —venga esa violencia de los narcos, de paramilitares, de grupos políticos rivales— indica que las matanzas comenzaron con el Gobierno de Felipe Calderón y su guerra contra los narcotraficantes.

Lamentablemente, el resultado de la política de Calderón no fue siquiera la reducción de la actividad delictiva, sino un desequilibrio de poder entre los diferentes carteles de la droga y probablemente una ruptura de un pacto tácito que hasta ese momento hubiera existido entre el Gobierno y los narcos: relativa impunidad a cambio de paz para los civiles.

Pensar que con el arribo de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México los problemas de la violencia y el narcotráfico van a desaparecer es, cuando menos, ingenuo. Quizás disminuya la violencia, ya que no el narcotráfico, si el nuevo gobierno pacta con los narcotraficantes de alguna manera.

De no ser así, veremos cuántos miles de muertos le tocan al Gobierno de AMLO. Y escucharemos entonces que nos dice el canturreo de la izquierdosidad mexicana, esa que AMLO encandiló y atrajo como la luz a las polillas sobre todo en ese bastión de las tribus perredistas y facciones de todo tipo: el DF.

Sin embargo, es necesario mencionar que, si bien AMLO no ha hecho nada diferente a lo que cualquier otro político, populista hasta el tuétano, y ha prometido villas y castillas, los mexicanos a su vez, le hayan dado crédito o no tomaron la decisión correcta.

AMLO, en el contexto mexicano, es solo una consecuencia, como lo fue Donald Trump acá más al norte.

Después de años y años de decepciones políticas con la triada de partidos políticos mayoritarios (PRI, PAN, PRD) los mexicanos decidieron darle una oportunidad al más improbable de los gobernantes: al populista, autoritario, fantasioso, eterno quejoso, quizás hasta algo peligroso para la quebradiza democracia mexicana.

México ha gritado, desesperado. En esa angustia ha elegido el cambio y a la vez, y probablemente a sabiendas, al hombre equivocado. Pero no había otro.

En lo personal, le deseo mucha suerte a mis amigos en el lindo y querido, país que amo profundamente, y suerte también a todos los mexicanos en general. Al cabo AMLO sería un mal que duraría solo seis años, mucho menos que los verdaderos problemas que asolan la sociedad mexicana, y que tampoco este Gobierno va a resolver.


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