Actualizado: 19/12/2018 14:25
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Terremoto, Sismo, México

México: a un año del sismo, en los sedimentos del polvo…

Recuerdo la amalgama de varillas dobladas. Los remanentes de las columnas dispersadas en la planicie desolada

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Ha pasado un año: pero, la recula del polvo no enceguece la memoria. Camino por los lugares donde la gente volcó su amor para escarbar en los escombros y, entre varillas, cal, piedra, listones de acero, puntales y cemento, descubrir la vida golpeada por las eventualidades de la naturaleza. Septiembre es el mes más cruel. T. S. Eliot se equivocó. No es la primavera, no es abril: las rúbricas del otoño acumulan lilas de horror en las coordenadas de la tierra sacudida. ¿Dios nos mira con misericordia? Parece que sí. Levanta los arneses de las predicciones y enmudece sobre la pausa sublevada del azar.

Evocación y deseo se hacen cómplice en este andar entre cordeles de seguridad cobijados por la lluvia que calma el polvo hasta convertirlo en fango y remover las acompasadas raíces del dolor. Aquí, en Viaducto, todavía el retumbo acumula sombras. Aquí, en Tlalpan, todavía las paredes presentan las huellas del resquiebro. Aquí, en la calle Puebla, el tufo a gas persiste, aunque la plomería está ajustada y los bomberos están atentos a la llamada de emergencia. “Yo huelo el vaho de esa tarde. Lo tengo en los ojos. Nunca me voy a despojar de ese incienso que se extendió por toda la manzana”, explica el portero del edificio de Yucatán y Medellín, en Roma Sur.

Aquí, en la redondez de la avenida Ámsterdam, los muchachos detienen el rumor de sus patines y caminan descalzos por el camellón en la esquina con Laredo donde se derrumbó un edificio. Ámsterdam es una calle anular. Dicen que una condesa tenía un hipódromo en esta vía. Ámsterdam era hace un año un campo donde los muchachos se peleaban por cargar una cubeta de escombro. Gritaban en medio de la oscuridad. Se frotaban las manos. Venteaba el éter. Todo el mundo tenía apagados los celulares. Iban de un lado a otro repartiendo bocaditos de atún y agua y refresco. “Pero, por favor no enciendan cerillos. Podemos volar y ni contarlo”, recuerdo que gritó una mujer casi llorando con un edicto en el pecho que rezaba: “Queremos linternas. Ya tenemos suficiente agua y pan vinvo”. Así decía su rótulo íntimo colocado en el lado del corazón: vinvo.

Camino. Una señora que sale de la casa amurallada que está enfrente de los costados de Escocia y Gabriel Mancera lleva de la mano a una adolescente vestida con uniforme de secundaria. “Hace un año: cada vez que miro hacia ese lugar, donde estaba el edificio, lloro por dentro que es como de verdad lloramos los viejos. Ahí vivía la comadre Esperanza: nunca encontraron su cadáver. El escombro se la tragó. Yo estaba en la cocina y un punzón salió de abajo del piso: lo sentí clarito”, comenta. La jovencita escucha con tenso silencio.

Camino. Hace un año, aquí en Petén casi esquina con División del Norte y Zapata lloré sin recato. Guardé dos piedras tomadas de los escombros en los bolsillos del saco y ayudé a llevar unos libros hasta una camioneta que estaba recogiendo los pocos enseres de la biblioteca del colegio colapsado.

Camino. Ahora hay un largo puente sobre el Viaducto: comienza en el entronque de Monterrey y termina lejos muy lejos para mis ojos cansados. En la lateral, la mole de concreto invadía la acera: hace un año una muchacha gritaba que la dejaran pasar: “Ahí está mi madre, yo vengo de Toluca; por favor, déjenme pasar”, gritaba. Los militares inconmovibles impedían el paso.

Camino. Desando. No tomo fotos por respeto. El flash puede desenredar las sombras: los espectros aún desandan por lo que se llamó la Zona Cero: Ámsterdam, Avenida México, Sonora, Glorieta de Popocatépetl, Álvaro Obregón, Medellín, Puebla y calles colindantes. Hay un cinturón de mudanza y destrucción donde el polvo campea y el columpio de la desesperación dialoga con lo trágico. Unos rescatistas levantaban los brazos con los puños cerrados. Silencio. Una voz germinaba de la entraña de la borra de cal. Los perros olisquean. Se encienden las lámparas. Tensión. Una vida allá abajo da señal. El polvo la cobija. El polvo. El polvo cómplice de la agonía. No el polvo enamorado. Polvo voraz. Polvo verosímil. Hay una Zona que nos seca el aliento: una recua de carcoma todavía perdura y martillea la recordación.

Confluyen “El tiempo presente y el tiempo pasado”. Leo a T. S. Eliot. “Qué objeto tiene perturbar el polvo”. Persigo otros ecos: “Ecos de pisadas en la memoria”: Cozumel y Parque España. La vi con el cabello cubierto de migajas de cal hace un año. En la mano izquierda el teléfono celular con el timbre interrumpido. Un anillo de oro en el dedo del medio. Una pulsera de plata y un suéter tejido de algodón. En la mano derecha tenía un amuleto de piedras de Oaxaca. La muerte no tiene designación. La muerte se burló, ese día, de todos los calificativos. No importaron los talismanes. Sólo tenía precio la irresolución y la opacidad. Era una muchacha que esperaba envejecer para ver si era verdad que el pasado tiene otra delineación. Hace un año: aquel presente no encuentra, sin embargo, desenlace. La inesperada muerte telúrica la fletó en un naufragio lacerante.

El viejo calendario se deshoja y marca 33 años. La brújula se detiene y puntea un año: “Tiempo antes y tiempo después / Bajo una luz dudosa”. Dos tiradas de naipes sobre un tablero donde los jugadores no estaban advertidos. Dos embestidas con alfiles escoltados por caballos laterales de galope siniestro. La escala de Richter estampó 8.1 y 7.1, respectivamente. Coincidía la rotación del almanaque: 19 de septiembre de 1985: 19 de septiembre de 2017. “El destino juega a los dados con nuestras vidas”, dice Rafael Pérez Gay en el memorándum Zona Cero. Breve memoria de los sismos 2017 – 1985 que escribió con ansiosa urgencia por esos días. Secuela de “Un símbolo perfeccionado en la muerte”, mientras recorro la ruta en que retumba la cifra funesta, leo los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. “No hay fin, todo se añade. Sólo hay el desmedido / Resultado de días y de horas sin final”.

Está amurallada el área que ocupaba el edificio de Medellín y San Luis Potosí, en la Roma Norte. A unos pasos suena la música afrocubana en las noches del bar Mama Rumba. “Yo no voy ya a ese lugar; quizás soy demasiado misericordioso, pero me pongo a pensar que a unos metros murieron gente ese mediodía aciago y no me dan deseos de bailar”, me dice un cubano practicante de la religión yoruba. “A los muertos hay que respetarlos, compadre. Muchos van a Mama Rumba y no saben que en la otra esquina hay un cementerio”, reafirma.

Recuerdo la amalgama de varillas dobladas. Los remanentes de las columnas dispersadas en la planicie desolada. Era tanto el entusiasmo de la gente que sacar un pedazo de piedra era como encontrar oro. Un kilo de escombro sacado se convertía en la posibilidad de una vida columpiada en la cantata del sol. La trepidación de la tierra quiso oscurecer ese mediodía de aquel martes infausto. Ese martes en que Dios suscribió otro rostro.

“Los momentos envueltos en pasado y futuro”: han pasado 33 años y un año, respectivamente, y este país sigue siendo el mismo que una vez supo cantar sobre la lobreguez y calificar a la patria en la sutileza de sus aguaceros. Ésta es una nación de nobleza precipitada sobre la adversidad. / Cómo olvidar que de momento las calles se llenaron de voluntarios. Nadie llamó a nadie. Nadie convocó a nadie. La sociedad civil se volcaba otra vez en su amorosa civilidad sobre las ruinas del polvo acumulado. Cubetas llenas de escombros. Picos y palas. En las escuelas desplomadas salvar un niño se convertía en gozo y desmesura. Cuerdas que se tendían sobre el abismo de la desgracia para atar la solidaridad y tejer un lienzo de querencia.

Froto las piedras que tomé de los cascotes del colegio de Petén. Pienso en los muertos que no encontraron paz en la vendimia. Me asomo a la ventana que da a la avenida Popocatépetl. Miro el reloj: son la una de la tarde. Escucho el timbre del colegio de primaria de mi cuadra en la colonia Portales. Los niños salen corriendo después de la última lección. Hace un año a esta misma hora una niña de cinco años de edad preguntaba asustada por su mamita, un estrépito de lozas cuarteadas se colaba en el mutismo del pasmo. Amaso las piedras del colegio de Peten: no olvido que minutos después de la desgracia un limpiabotas de la avenida Reforma, frente a la Casa de Bolsa, con el semáforo paralizado en el rojo me dijo: “Demasiada coincidencia. Por la mañana realizamos el simulacro de todos los años. ¿Quién iba a imaginarse todo esto? ¿Por qué Dios mío, por qué?”.

“Si todo tiempo es un presente eterno / Todo tiempo es irredimible”, sigo leyendo a Eliot. No sé, pero sentir el frio húmedo de las piedras del colegio de Peten me tranquiliza “Y convierte a las sombras en belleza fugaz”. A un año, en el sedimento del polvo suspiro en silencio por los muertos de aquel mediodía de un martes en que Dios se refugió en sus patrimonios y nos dejó solos frente a la eternidad de la muerte.


* Los fragmentos que aparecen entre comillas han sido tomados del poema Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot


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