Actualizado: 20/10/2017 18:43
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EEUU, Teléfonos, Irma

Mi teléfono tonto («foolphone»)

Sobre el uso, abuso y la necesidad de los teléfonos móviles; “inteligentes” o no

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Acepto de antemano que a mí no me gusta hablar por teléfono, y no entiendo como alguien se puede pasar horas hablando con alguna persona a quien no le puede ver la cara; a pesar de ello, por pura comodidad, tengo uno en cada habitación de mi casa. No soy un “luddita”, reconozco que la invención de Graham Bell ha desempeñado un importante papel en la evolución y desarrollo de la sociedad moderna, pero yo aborrezco hablar por teléfono y en especial detesto las llamadas no solicitadas que suman decenas a lo largo del mes.

Pero aún más condeno el actual uso, de manera desenfrenada e incluso abusiva, de los teléfonos celulares. Es casi imposible encontrarse a alguien que, en cualquier lugar, hora y situación, no esté haciendo uso de ese ubicuo artefacto. A veces ves gente caminando como zombi, hablando solos, pero no son esquizofrénicos, andan con un pequeño artilugio colocado en su oreja que le dan cierto aire robótico y hablan con alguien, pero se ven ajenos a todo lo que les rodea.

Estoy convencido que llegará el momento que la humanidad comprenderá el grave error cometido con la universal difusión de esa tenaz y continuamente cambiante tecnología. Los llamados smartphone, esas complejas máquinas que no sólo permiten recibir y producir llamadas telefónicas, sino además un rosario cada vez más infinito de otras funciones: tomar fotos o videos; oír música; hacer búsquedas en Google; como GPS; revisar la cuenta bancaria e incluso depositar digitalmente un cheque recibido; jugar con una interminable gama de juegos; y un largo, demasiado largo, etcétera.

Nada más terrible que ir en tu auto detrás de uno o que avanza zigzagueando o avanza a la velocidad de un galápago, o peor aún que se queda adormecido cuando ya hace más de 30 segundo que la luz del semáforo pasó a verde, o es retrasado mental o está usando su celular mientras conduce, que es casi exactamente lo mismo.

Hay países como España donde semejante conducta puede conllevar a la suspensión de la licencia de conducir por varios meses. En Estados Unidos, los brillantes legisladores aún no se han percatado de este aterrador asunto que ya ha costado miles de vidas.

Y esto sin considerar los dubitativos resultados de las investigaciones realizadas sobre la posible correlación entre el uso de los celulares, con su emisión y recepción de ondas electromagnética, y los tumores cerebrales. Se dice que esas confusas investigaciones han sido solventadas y financiadas por las compañías que venden, fabrican y dan los servicios a esas maquinillas diabólicas.

Pero hay otras investigaciones que indican, sin lugar a dudas, que la inclinación de la cervical que típicamente se adopta para chequear el smartphone genera una fuerza en exceso de 60 libras lo cual puede llevar a hernias discales, nervios comprimidos, y a la larga a una degeneración de la columna vertebral.

Como yo soy incapaz de hacer uso de esas maravillosas funciones ya que mis pulgares no se adaptan a esos mini teclados y repudio el estar utilizando un estilo para resolver mi dilema digito-funcional, entonces poseo desde hace años, no recuerdo cuantos, un Nokia [anuncio no pagado] que me cabe en la palma de la mano, o en el bolsillo de mi camisa, a diferencia de esas monstruosidades actuales que no caben en ningún lado.

Mi celular lo llevo siempre en la guantera de mi auto, nunca lo utilizo, y solo está presente por si algún día, desafortunadamente, tengo que llamar al 911, ojala que nunca lo hubiese necesitado, ahí estaba apagado, tranquilo, impertérrito, ajeno a su innata incapacidad de tomar foto o documentar para los ojos aviesos sobre mis ingenuos recorridos por la ciudad, o de encontrar el restaurante más cercano, es decir está en su habitual tontería sin envidiar a sus inteligentísimos y virtualmente [valga la palabreja] criminales descendientes.

Siempre dije que lo tenía para caso de tsunami, conflicto nuclear, revolución comunista u otra desgracia similar; y de pronto llegó Irma, con vientecitos poco más que plataneros, y la compañía eléctrica a pesar de los 17 mil empleados disponibles no pudo solucionar mi apagón por tres días y la compañía del cable, con otros miles de empleados y subcontratados, necesitó siete días para restablecer mi servicio que incluye el teléfono fijo, la TV y la Internet; en medio de esa debacle fue mi telefonito tonto el que me permitió mantener mis breves contactos con la pequeña parte de la humanidad que me es cercana.

Así que loas a mi celular imbatible en medio de algo menos que los terremotos y demás catástrofes para los cuales lo tenía reservado.


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