Actualizado: 22/05/2019 9:03
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Chile, Allende

Muerte de Allende y cuentos cubanos

Quizás el teje y maneje con el fallecimiento del ex mandatario no hubiera durado tanto, si no fuera porque hubo cubanos por el medio, tirando del muerto hacia uno u otro bando

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La Corte Suprema de Chile acaba de confirmar este martes el cierre definitivo del caso sobre la muerte del presidente Salvador Allende. Se ratificó del fallo que la Corte de Apelaciones dictó el 24 de junio de 2013 para convalidar la decisión del juez Mario Carroza: Allende “se quita la vida y no hay intervención de terceros, ya sea para su cometido como para su auxilio.”

Así y todo, la Corte Suprema chilena jamás prevalecerá sobre la Tremenda Corte cubiche, que desde luego tiene dos salas.

La primera plasmó su fallo en el libro Cuba Nostra (París: Ediciones Plon, 2006), del periodista francés Alain Ammar. Juan Vives, ex agente de Castro y dizque sobrino del ex presidente suicida Osvaldo Dorticós, contó que en un bar del Habana Libre, hacia noviembre de 1973, Patricio de la Guardia soltó que Allende había dicho: ¡Hay que rendirse! Y como De la Guardia tenía orden directa de Castro para impedir la rendición o asilo del presidente, “le disparó sin más una ráfaga de ametralladora en la cabeza. Enseguida, puso sobre el cuerpo de Allende un fusil para hacer creer que éste había sido ultimado por los atacantes.” Otro ex agente castrista afrancesado, Dariel Alarcón Ramírez, alias Benigno en la guerrilla boliviana del Che, habría escuchado en otro momento igual confesión.

La segunda largó por boca del propio Fidel Castro, el 28 de septiembre de 1973, este relato épico: “El presidente estaba parapetado, junto a varios de sus compañeros, en una esquina del Salón Rojo. Avanzando hacia el punto de irrupción de los fascistas, recibe un balazo en el estómago que lo hace inclinarse de dolor, pero no cesa de luchar, apoyándose en un sillón continúa disparando contra los fascistas a pocos metros de distancia, hasta que un segundo impacto en el pecho lo derriba y ya moribundo es acribillado a balazos. Al ver caer al presidente, miembros de su guardia personal contraatacan enérgicamente y rechazan de nuevo a los fascistas hasta la escalera principal. Se produce entonces, en medio del combate, un gesto de insólita dignidad: tomando el cuerpo inerte del Presidente lo conducen hasta su gabinete, lo sientan en la silla presidencial, le colocan su banda de Presidente y lo envuelven en una bandera chilena.”

Castro comentó: “Muchos se asombrarán de lo que aquí se acaba de narrar. Y así es, sencillamente asombroso.” Ya sabemos por qué.

El Servicio Médico Legal chileno dictaminó que “la causa de muerte, como es conocida por toda la opinión pública, por la familia y por el juez, [fue una] herida de proyectil [y] la forma de muerte corresponde a suicidio”. Isabel Allende, hija del finado, precisó que esta era también la conclusión de la familia: “Ante las circunstancias extremas que vivió, [Allende] tomó la decisión de quitarse la vida, antes de ser humillado o vivir cualquier otra situación”.

También consta el testimonio excepcional del médico Patricio Guijón, quien escuchó al presidente gritar: ¡Allende no se rinde, milicos de mierda! y vio cómo, sentado, Allende se “voló la cabeza” con un disparo de AK-47.

Quizás el teje y maneje no hubiera durado tanto si no fuera porque hubo cubanos por el medio tirando del muerto hacia uno u otro bando: Allende asesinado o muerto en combate. Y así viene y seguirá ocurriendo con cada muerto digno de agitación y propaganda.


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